Bastardos, capítulo 5.

Era la una de la madrugada.

Llegaba una furgoneta llena de cachorros. Odiaba cuando llegaban esas furgonetas así que podía decirse que odiaba mi trabajo porque venía una por semana. Lo que me removió las tripas era que en esta ocasión la furgoneta era la misma pero el número de perros se había multiplicado debido a la época navideña. Esta vez el inversor también había venido.

Le dediqué una mirada inquisitiva:

—Pedimos cincuenta perros, ¿no?

—Hemos cambiado de proveedor —Y subió a por una jaula de conejos en la que había a ojo unos veinte perritos—. Son más baratos. Aquí los venden prácticamente por kilo.

Pronto entendería qué significaba comprarlos por kilo. Si hasta entonces habíamos gastado, por ejemplo, una media de sesenta euros por perro, en este caso podían comprarse diez perros por sesenta euros y en el mismo espacio de transporte. Por supuesto llegaron muchos muertos, aplastados, deshidratados, enfermos…

—Toma.

En mis manos aparecieron acreditaciones.

—Quiero que lo ordenes todo y los clasifiques ¿vale? Y los papeles de los fallecidos los usas para los nuestros. Así ahorramos en las vacunas.

—Los cachorros necesitan sus vacunas —insistí—. Nos las venden muy baratas a granel.

Me atravesó con la mirada:

—Increpas mucho últimamente…

—Soy veterinario. Es mi trabajo.

—Pues es posible que pronto no necesitemos un veterinario.

Y cargó con dos jaulas llenas de carne de cañón al interior de la nave.

LA MONEDA, capítulo final.

Me iban a dar el alta. Habían determinado que no era un loco peligroso. Loca. Aún no sabía exactamente qué tenía, pero con un seguimiento todo iría mucho mejor.

Eso sí, me negaba en rotundo a ponerme un vestido. Eso eran cosas de Nancy. De hecho le hice a Ben traerme una chaqueta y un buff.

Los dejé doblados sobre la cama y salí al jardín del hospital. Se llamaba jardín porque tenía césped.

Me senté en uno de los bancos rojos que había por una solera de cemento que había para pasear. Algunas sillas de ruedas campaban por allá. Algún que otro nieto quería correr con ellas y los padres y abuelos les dejaban. Total… no tenían fuerza suficiente para mover todo ese metal y todo ese convaleciente.

Noté una presencia a mi lado. Por un segundo pensé que era Alexandra, pero me equivoqué. Milos se sentó a mi lado.

–Andrei… –entrecruzó las manos y las estrechó entre ellas, nervioso– siento mucho lo que te hice.

Me apreté la tripa. Aún me dolía horrores. Menos mal que me había saltado quince años de esa tortura china. No me creía capaz de acostumbrarme a tener un rastrillo arrastrando sus púas por dentro de mi estómago unos cinco días al mes.

–No pasa nada –sonreí forzada– ¿cómo no me he dado cuenta todos estos años?

–Nosotros tampoco hicimos nada para ayudarte.

Miré al chico de semblante cansado. Entonces lo entendí. No estaba enfadado conmigo, sino consigo mismo por no haberme ayudado antes.

Miré el cielo por el que surcaba un avión falso: –Ahora que lo sé no puedo dejar de pensar en la gente de ahí fuera.

Milos enterró la mirada en el asfalto: –Yo no quiero que Fivit sepa nunca nada. Prefiero que no sepa que está en una jaula de oro.

–Pero eso no sería justo –dije, aludiendo a mi propia ignorancia.

–¿Qué no sería justo?

Un olor a sándwich inundó el lugar. No podía ser otra que Nancy.

–Este loco –dijo Milos sonriendo y señalándome–. Me da que algún día cogerá la maleta y saldrá ahí fuera.

–Exactamente –dije con convicción.

–No puedes hacer eso –escuché a Berat tras de mí–. Lo has visto. Sabes que ahí fuera todo está muerto.

–Me niego a creer eso –y saqué mi moneda. Hice que bailara entre mis dedos–. No es posible que este pedazo de intento de metal haya decidido quién vive y quién muere.

–Así fue –dijo Ben sentándose a mi otro lado–. Eso es exactamente lo que pasó.

–Aún hay alguien ahí fuera. Estoy seguro.

Todos se miraron entre ellos. Nancy me despeinó con fuerza: –¡Prefería el trastorno de antes!

Entonces alguien nos dio una gran sorpresa. Estaba haciendo eses y no atinaba muy bien, pero Laila, ante la atenta mirada de una enfermera, estaba andando “sola” en una silla de ruedas. Milos fue corriendo hacia ella y se arrodilló, muy contento por la mejoría tan grande que había hecho.

–¿Tres, dos, uno? –preguntó Ben en mi oído.

–Por supuesto –contesté.

Y a los tres segundos Berat sacó una tarta, otra enfermera le dio a Nancy a la pequeña Fivit y empezamos a cantar en alto para Milos. Estábamos seguros de que se había olvidado de su propio cumpleaños. Y ni nos lo agradeció. Trató de esconderse para no llamar la atención, pero con nosotros era imposible.

Y todos rieron, pero yo no podía evitar pensar en cómo hubiera sido aquella celebración si hubiéramos estado fuera. Tenía la convicción de que si nosotros estábamos vivos en cavernas “bonitas” bajo tierra, sin duda aquél hombre de la capa que decidió darnos las monedas no fue a costa de su propia vida.

Miré de nuevo los hermosos paneles que emulaban un cielo increíblemente limpio.

Había una razón.

Y yo la descubriría.

A costa de mi propia vida, si era necesario.

Bastardos, capítulo 4.

Al volver de la asociación de rescate del setter inglés a casi dos horas en coche me sentí liberado. De hecho hasta me tomé el lujo de jugar un poco con la consola. Pronto llegó uno de mis compañeros de piso y se unió a la partida. Yo no era muy bueno en los juegos de carreras pero aún y todo era entretenido perder cuatro veces seguidas. Seguía siendo un buen día.

—Pues estoy pensando en comprarle un perro a mi novia —al menos hasta ese momento—. Tú eres veterinario. ¿Qué me recomiendas?

Me dejé vencer sobre el respaldo del sofá:

—Hablar con ella.

—Pero entonces no será una sorpresa. ¡Quiero que sea una gran sorpresa!

Paré el juego con el botón de “start” y lo miré:

—Se nota que no sabes qué es un perro. Tienes que hablar con ella. Al fin y al cabo los dos tendréis que cuidarlo.

—He pensado en uno pequeño. No sé… ¿Un terrier?

—Juguetones, saltarines, deportistas…

—¿Y uno pequeño de lanas?

—Dedicarle tiempo, cepillar, bañar, secar a conciencia los días de lluvia y si es blanco cuidar los lagrimales para que no se oxiden…

—Un chihuahua. ¿Tienes algo en contra de los chihuahuas?

Me sorprendí:

—No estoy diciendo nada malo de los otros. ¿Acaso lo parecía?

—Pues sí.

Solté el mando y lo dejé sobre la mesa. Estaba tan harto de todo lo que vivía a diario que llegar a casa y volver al fango me resultaba devastador. Mi compañero de piso no debía pagar por ello.

Traté de serenarme y me puse serio pero conciliador:

—Mira Rafael… Todos los perros necesitan unos cuidados básicos, principalmente salir todos los días.

—¿Salir? —preguntó contrariado.

—Si no deberías pensar en un gato.

—No es lo mismo… De todos modos lo sacaremos, por supuesto.

Asentí satisfecho:

—¿Ya has hablado con algún criador?

—¡Sí! He visto perritos por internet.

Las alarmas de mi cabeza se encendieron. Vi las llamas del infierno:

—¿Por internet?

Sacó su móvil del bolsillo:

—Mira qué bonito es este —Y me enseñó un beagle—. ¿Crecerá mucho?

—Es mediano.

—¿Cómo de mediano?

—Entre diez y veinte kilos.

Torció un gesto. Sin duda a diez kilos ya lo consideraba grande.

—Siempre puedes adoptar —comenté.

—Pero no te dicen cómo van a ser exactamente de adultos. Quiero un cachorrito para hacerlo a nosotros.

Como vi que no lo sacaría de esa línea le hablé como mejor pude:

—Cuando veas algún perro que te guste, por favor, pregúntale a quien los vende muchas cosas sobre los perros, ¿vale?

—¿Cómo qué?

Me encogí de hombros:

—Ve a verlos para empezar. Pregunta por los padres, por cómo los crían, que te enseñen fotos de cómo han ido creciendo… Solo así te asegurarás de que todos los perros de ese criador tienen buena vida.

—Hombre, si alguien cría perros será porque le gustan.

Me debatí entre hablarle o no sobre las fábricas de cachorros:

—¿Me dejas poner YouTube? Quiero enseñarte una cosa.

Y me di cuenta de una cosa…

Comparado con los vídeos que veíamos de organizaciones de rescate la calidad de vida en nuestra nave podría llegar a calificarse de benevolente.