LA MONEDA, capítulo 9.

LA MONEDA, CAPÍTULO 9.

Estaba nervioso. No hacía más que dar vueltas en la puerta de la cafetería. Hasta había llamado la atención de un policía que me pidió el teléfono móvil. Mientras lo registraba su perro estaba sentado obedientemente al lado. Había conocido gente que se había hecho policía solamente para poder tener uno, aunque a veces se pegaban años trabajando sin oler un solo pelo de esos animales adiestrados. Como mucho podías optar a un conejo, y no siempre el ayuntamiento te deba permiso. Nunca había intentado tener mascotas más allá del típico pez de colores. No sabía en qué se basaban para dar los permisos, la verdad.

Seguía carcomiéndome hasta que llegó Alexandra tan inocente como siempre y entramos. Yo pedí un café, ella dijo que pronto sería la hora de cenar y que prefería esperar.

–Ya… perdón por quedar tan tarde contigo hoy. Es que he ido al orfanato.

–¿Y qué?

Apreté las manos alrededor de la taza de café. El tiempo esa noche estaba refrescando más de lo esperado. Seguramente llovería.

–No está tu expediente.

–Salimos hace más de quince años. Han podido pasar muchas cosas desde entonces.

Miré la espuma del café apartarse al paso de la cuchara: –No parece que te intrigue.

–Todo lo que necesito está en mi móvil. Además, si nosotros nos colábamos en todas las partes prohibidas del edificio ¿no lo harán los críos de ahora? Piénsalo… Cualquier Alexandra habrá hecho una trastada, la habrán puesto en su expediente y habrá roto el que no era.

Como explicación era plausible. Igual le estaba dando más vueltas de las necesarias.

Saqué distraídamente mi moneda del bolsillo de la chaqueta.

–¿Otra vez con eso?

–Nancy tiene una igual.

Intenté hacer una cabriola como la que hacían los magos para hacerme el interesante ante Alexandra pero no me salió bien y se me cayó. Salió rodando hasta otra mesa. Ya me había levantado cuando un niño ya la tenía en sus manos. Como se acercaba a nuestra mesa me volví a sentar y sonreí ante el pequeño: –¡Muchas gracias!

El niño me dio la moneda: –¿Qué es eso, señor?

–Una moneda.

–¿Y para qué sirve?

–Antiguamente se usaba para comprar. ¡Hace muchísimo tiempo!

–¡Qué guay! ¿Me la da?

–¡No!

No sé por qué reaccioné de forma tan impulsiva. Durante un segundo lo vi todo negro. Me froté los ojos y los abrí de par en par para asegurarme de que estaban bien. Para entonces el niño ya se había ido.

–¿Estás bien? –.preguntó Alexandra.

Inmediatamente miré alrededor. No estaba tranquilo si no controlaba todo lo que había a mi alrededor. Sobre todo en sitios públicos, y mis ojos se encontraron con alguien en particular. Dejé de mirarlo rápidamente.

–El mundo era una mierda ¡pero era emocionante! Inundaciones, guerras, asesinatos…

Conocíamos esa voz… Era el hombre borracho del restaurante de la ruta sesenta y seis.

–¿Qué hará él aquí? –preguntó Alexandra molesta.

El borracho parecía soñador, mirando al techo con una sonrisa para cambiar enseguida a un ademán mucho más huraño: –No como ahora, que todo está controladito, todo se mide al milímetro. Estoy cansado de que no exista nada que no se haya programado.

No podía dejar de prestar atención aquel hombre borracho.

–¿Me estás escuchando, Andrei?

–¿Mmm?

Alexandra quedó decepcionada.

–¡Ni una triste ola de calor! ¡Ni un tsunami! –el niño lo miró– seguro que tú ni siquiera sabes qué es eso, pequeñajo.

–Es el mismo hombre del otro día –dije como si aquello añadiera más información.

–Sí –Alexandra puso un mohín decepcionado–, y está más borracho.

La familia, que aún no había pedido nada, se cambió de mesa, de punta a punta del establecimiento.

Mi deje seguía siendo aburrido. Hasta dejé de darle vueltas al café: –Nancy ha dicho que casi no hay mayores que nosotros.

–¿Y?

–Que… tiene razón. ¿Por qué tiene razón? ¿Y este hombre por qué tiene razón?

El hombre vació lo que le quedaba de cerveza de un trago: –¡Hecho de menos el canibalismo tras un accidente de avión!

–Solo son tonterías de borracho. ¿Acaso eso te parece real?

No podía dejar de vigilarlo. Nancy tenía razón, éramos los mayores… pero no más que ese hombre. Me levanté.

–¿Adónde vas? Si te sientas con él me iré de aquí. ¡Qué vergüenza!

Ignoré su amenaza y pedí una cerveza para aquel extraño hombre y me senté con él. Quería buscar a alguien mayor. Él era mayor.

Se sorprendió vagamente y saludó como la otra vez: –Hola, guapa.

–No soy una mujer.

–Quítate esa braga del cuello. Quiero ver tu nuez.

Su aliento era desagradable. No pude evitar poner una mueca. Aquello le dio pistas.

–¿Soy el primer mendigo que ves? –preguntó cogiendo la cerveza sin vacilar.

Fruncí el ceño. Eso era… bastante exacto.

–Lo soy porque quiero –aclaró–. Al fin y al cabo es una “profesión” extinguida ¿no crees?

–¿Como los bomberos?

–¿Alguien escucha mis desvelos? –dijo sonriendo con dientes torcidos.

En ese momento esa pregunta se me antojó dicha por alguien plenamente consciente de lo que decía.

Miré de nuevo mi café entre las manos y desvié la mirada a las vetas de la madera de la mesa: –Están construyendo Tailandia.

–¡Shhh! Cuidado, que hay niños escuchando.

Ya sabía. Había visto cómo se habían cambiado de sitio. Justo detrás de mí estaba la familia de cuatro miembros. No me gustaba estar de espaldas a la puerta en caso de necesitar huir, pero la razón por la que seguramente hubiera que huir la tenía justo delante. Había tomado la determinación de aguantar lo máximo posible ante él.

–¿Sabes que los mendigos vemos muchas cosas? –continuó– Más que todos vosotros, con vuestros móviles. Yo también tuve uno. Último modelo. Me encantaban las teorías conspiranoicas de los cachorros adolescentes… ninguna se acercaba a la realidad de este mundo.

–La realidad de este mundo… –susurré.

–Ninguno de ellos se atrevería a acompañarme a ver la prueba irrefutable, pero tú eres distinta… tú ya tienes la edad para que los nietos te pregunten por el pasado, ¿verdad?

No sabía qué era lo que peor me sentaba de toda esa retahíla de palabras creadas para herir. Que se seguía refiriendo a mí como mujer, que me estuviera llamando viejo o que me estuviera llamando demasiado viejo. ¡Milos era el único que había sido padre de todos mis amigos!

–La señorita se enfadó con su edad… –dijo como lastimado.

PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO FINAL.

33 Funcionó

Llegaba tarde. ¿Cómo podía llegar tarde, como siempre? ¡Y más hoy! ¡Hoy que Noa se dejaba caer por aquí! Corría por la calle como una loca esa tarde de lluvia con la chaqueta a medio atar para llegar al bar cuanto antes. Entré rápidamente y cerré a mis espaldas. Enseguida traté de saludar, pero me inundaron miradas atónitas de aquellos que no querían volver a ver tal atroz espectro que ahora debía ser mi persona.

Me tapé la boca y con una risa nerviosa de lo más ridícula dije “perdón”. Salí de nuevo y al siguiente sí, me terminé de atar la chaqueta y entré más tranquila.

  –¡Siempre llegas tarde Ainara!

Crucé los brazos fingiendo enfado: –Si me saludáis así la próxima vez no vuelvo.

Noa se acercó y me abrazó. Realmente era yo quien tenía que haberlo hecho, pero a Felipe había que pararle los pies, aunque dentro de la barra no podía moverse mucho si no quería dejar desprotegida su cervecería.

Aquí estaba con su inseparable lata de cerveza y por fin no desentonaba. De hecho tenía el techo forrado de diferentes latas de cerveza, cuadros hechos con latas varias, mesas con tema cervecero, barriles de cerveza y era el único que servía cervezas importadas de todo el mundo e incluso algo a lo que llamaba hidromiel. ¡A saber qué era eso! Eso sí, era el único que lo vendía. También tenía productos de merchandising de cerveza, como llaveros y mecheros. No era una afición, era un estilo de vida que rayaba la obsesión. Era su estilo de vida. Y era feliz.

  –¿Qué tal te va todo Ainara? –Me preguntó Noa, que estaba radiante. Nunca lo había visto tan feliz sin la presencia de un cánido a su lado y es que se había echado al monte y había abierto una guardería canina. En el monte vivía él con un grupo de perros y un ganadero borde con el que había congeniado. Era un ermitaño rodeado de perros sin gente a la que aguantar y con la que quedar bien. Era un paraíso para un antisocial como él, y lo demostraba cada vez que venía a la ciudad con unas ganas locas de vernos, cosa que no pasaba cuando trabajaba aquí. Para él una reunión de cinco amigos ya era una macrofiesta.

  –Me va bien –dije sonriendo–, ya sabes, la gente me odia, pero como suelo llegar tarde a poner multas pues tengo un pase.

  –Agradezco que cuando veas mi coche lo pases por alto –dijo Adela desde la mesa–. No deberías hacerlo.

  –Lo sé, lo sé… La próxima vez te pondré la madre de todas las multas.

Me miró suspicaz. Sabía de sobra que ahora era la secretaria del mejor abogado de la zona, así que yo no tenía mucho que ganar… Aunque la multa fuera de cuatro euros ella conseguiría con una firma quitársela de encima.

  –Y ahí estaré yo para reventar el parquímetro –Felipe siempre tan pesetero.

Un hombre se levantó de la mesa de la esquina. Era una persona sonriente y tranquila. Para cualquiera que lo hubiera conocido meses atrás nadie diría que era el mismo. El jefe nos saludó.

  –Tenía que terminar la partida –se encogió de hombros.

  –¿Has ganado esos treinta céntimos? –sonrió Felipe.

  –Llevo meses sin ganar. Voy a diez céntimos por día. Va a ser mi ruina.

Noa ladeó la cabeza: –¿Está bien eso de la jubilación anticipada?

Pensó un poco y asintió: –Siempre que dejas a todos viviendo su jubilación sí.

Felipe levantó una lata de cerveza: –Ojalá no llegue nunca, no me gustaría estar todo el día con mi mujer en casa –pensó en algo y dijo inquieto–, podría desaparecer la humanidad.

Adela enarcó una ceja: –¿Al final os casasteis en serio? Digo… porque Ángela tenía una hija.

  –¡Y yo tenía un hijo! ¿Es que nadie habla de él nunca?

Sonreí recordando un niño hecho con latas de cerveza que solo había existido en mi imaginación.

  –El otro día tramité una multa para él. Creo que iba a doscientos treinta por hora en la zona hospitalaria sacando una botella de cerveza por la ventana. –dije socarrona.

  –No me merengues la cerveza, por favor… Que el chaval tiene quince años y el coche es de Ángela…

Noa estaba sorprendido: –¿De verdad Ángela y tú…?

…Y un paso por detrás, como siempre.

El jefe cruzó los brazos sobre su pecho y asintió satisfecho.

Funcionó.