LA SERPIENTE DE HIELO, CAPÍTULO 1

Un pequeño museo

Encontré la puerta abierta, como de costumbre. El profesor no tenía la manía de cerrarla. Me encantaba asaltar ese lugar. Su casa parecía un museo, era impresionante. Tenía de todo, desde cuadros con nudos marineros de su amiga Rosa de los Vientos hasta un gran esqueleto de un animal que se extinguió no hace mucho. Él lo llamaba tigre de Tasmania, y me ha enseñado alguno de sus dibujos sobre cómo piensa que era, pero se parece más a un perro rallado… Más allá se exhibían un grupo de muñecas rusas, una más pequeña que la anterior. “Matrioskas” creo que las llamaba. También, colgadas del techo, varias guitarras de diferentes épocas acumulaban polvo. Eso sí, ordenadas cronológicamente de izquierda a derecha. Eso lo sabía porque me lo dijo. Si no para nada.

Su escritorio, sobre una colorida alfombra persa, estaba ocupado.

Me acerqué y repasé con la pata su colección de plumas de aves, colocadas por orden alfabético. El profesor tenía cosas así. Había cosas que colocaba por numeración y otras en el orden de los colores de arco iris, pero siempre todo al milímetro.

Me sorprendió mirando uno de sus dibujos.

–¿Otra vez aquí Atreyu?

–Puntual, como siempre –Dije con ironía, ya que acudía de vez en cuando sin previo aviso. Cada vez que iba le sorprendía en un trabajo distinto al viejo podenco, y esa no era una excepción. Señalé los bocetos de la mesa: –¿Qué es esto?

Se sentó a mi lado y empezó a recitar con reverencia: –Como sabes, nunca he salido de este pueblo, como tú… pero eso no es cierto del todo.

–¿Cómo? –Pregunté realmente impresionado.

–Una vez salí de este pueblo. De joven fui una vez a la ciudad –Yo no sabía eso. No daba crédito a lo que me decía–. Allí las cosas son muy diferentes. La verdad es que no estuve mucho tiempo, pero hice un gran descubrimiento…

El ataque

Le dejé rememorar sus tiempos jóvenes.

–Allí en la ciudad todo va muy rápido. Yo estaba confuso con todo lo que estaba oliendo, escuchando y viendo… cuando ocurrió.

El profesor se puso en tensión. Esa tensión característica que lo ha convertido en eminencia aquí, en el pueblo. Cada descubrimiento, por pequeño que fuera le hacía sentirse de esa forma, pero nunca perdía la compostura. Sus ojos marrones, sin embargo, despedían preocupación: –Escuché un siseo a lo lejos, pero se acercaba rápidamente. En ese momento yo me había internado en una madriguera de la ciudad.

–¿En la ciudad también tienen topos? –Pregunté extrañado– Me han dicho que allí no hay huertos.

–No era como esas madrigueras. Eran mucho más grandes y la tierra era muy dura y negra, no marrón. Entré a investigar a ver qué animal se encontraba ahí.

–¿Lo encontraste? –Mi agitación subía varios enteros.

–Más bien él me encontró a mí.

Relató en forma de epopeya cómo se quedó mirándole fijamente para que el animal se escapara asustado. Decía que al principio parecía una pequeña lagartija sin patas, pero que creció a una velocidad alarmante. Tal vez era porque corría hacia él con la misma rapidez, pero eso no lo recordaba bien. Lo que relató a la perfección fue el ataque: –Ese animal cian no paró. Empezó a escupir una inmensa oleada de hielo que retumbó por todo el cubil y me cegó. Por suerte, mis oídos seguían alerta y sabían de dónde venía ese rugido del inframundo y corrí todo lo rápido que pude hasta el tragaluz…

–¿Y sobreviviste? –Me miró burlón– ¡Oh! Claro. Sí.

–Por los pelos hijo –Su rostro se calmó, volvió a mostrar se faceta tranquila–. Me dio el tiempo justo de salir sin sufrir daños. Ese reptil que encontré solo lo guardo en mi mente. No he encontrado información sobre él en ninguno de mis libros…

Arrastró las primeras palabras. Estaba realmente abatido. Tal vez fue por esa gran sensación de abandono que noté en la turbación de sus orejas la que me impulsó a hacer lo que hice.

Tenía que encontrar a ese animal y llevárselo. Necesitaba descubrir más cosas sobre él.

Miré sus bocetos. Él lo había bautizado como “La sierpe de hielo”. Entonces tomé una determinación.

La encontraría.

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