LA SERPIENTE DE HIELO, CAPÍTULO 2

La serpiente

–¿Por qué la llama “sierpe de hielo”, profesor?

–Porque tiene ese brillo en la piel, es alargado como las serpientes y sus ojos son negros… como el azabache, pero hay algo raro en ellos. Muy raro.

–¿De hielo solo por su aspecto?

–¿No lo recuerdas? Me atacó con miles y miles de esquirlas de hielo para congelarme. Su boca era ambarina. Irradiaba una luz engañosa, preparando su ataque mortal.

Me quedé pensando. ¿De verdad tendría el valor para ir a la ciudad, donde nunca había estado, y traer al pueblo un animal con esas características? Al principio me dije que sí. Yo era uno de los mejores cazadores que habían pisado el pueblo… Pero un cazador de pluma, no de serpientes mutantes gigantes.

–Lo más extraño es su olor.

–¿Su olor? –Eso era interesante. Lo necesitaría para seguir su rastro.

–Es como un olor a nuevo pero mucho más fuerte. Se te queda incrustado en la garganta y es incómodo respirar… Se hace áspero.

Ese olor me sonaba: –¿Como el tubo de escape de un coche?

–Más fuerte y desagradable y cuanto más estornudas más seca se te queda la tráquea.

–Vaya… será una proeza…

–¿Eh? –El profesor me miró como queriendo leer mi mente– ¿No estarás… no pensarás…? ¡No me digas que…!

–Voy a traértela.

–¿Estás loco? –Ladró realmente preocupado– ¡Será más de diez mil veces mayor que tú! Es imposible hacerle frente.

Faraón

Me fui a casa tras conversar con el profesor, quien no aprobó mi idea. Quería saber qué opinaba Faraón. Era más joven que yo, pero me ganaba descaradamente en estatura. Claro, es un mastín… ¡Nos supera a todos!

Ya sabía qué me iba a ladrar, pero, sinceramente, me importaba un hueso. Solo quería saber qué pensaba mi compañero de chenil.

–A ver si lo he entendido… vas a ir a la ciudad a cazar una serpiente de hielo.

–Sí.

–¿Te has fumado del pienso?

–Es una serpiente como unas mil veces tú.

–¿Qué te has puesto en el agua? ¿Hierba gatera?

–El profesor me la ha descrito.

–Te ha dado una tableta de chocolate. ¿Me equivoco?

–Sé que puedo encontrarla.

El mastín seguía sin creerme: –Ya se habrá derretido.

Le cambié de tema: –Tú naciste en la ciudad… ¿Nunca viste esa serpiente?

–¿Una serpiente cien veces yo? Deja que piense… ¡Ahhh! ¡por eso a los cachorros no se les deja salir de casa! No es el periodo vacunal. ¡Es una estrategia para que no nos devoren!

–Te lo pregunto en serio.

–¿Y acaso no te ladro en serio? –Mi ademán le aclaró mi respuesta– ¿Y el viejo podenco loco ese te ha dicho que está en la ciudad? ¡si no sabe lo que es un semáforo!

Yo… tampoco sabía lo que era un “sefamoro”: –No le faltes al respeto. El profesor estuvo allí y la vio. Y si él dice que la vio es que la vio.

–Exista o no –Empezó a darme el típico sermón de hermano mayor–, un simple setter que no caza más que pollos…

–Soy un Espaniel Bretón. Y no cazo pollos. Cazo becada.

–Pues eso; pollos.

–La becada es muy diferente.

–Becada, patos, canarios, pollos… ¡Qué más da! Pues eso, que un perro no puede cazar una serpiente que pese un quintal. Y menos si no existe.

–Voy a ir Faraón. Quiero serle de ayuda al profesor.

–A ese podenco le serás más de ayuda si no te devoran.

Le miré duramente. No había pensado en que podía acabar mis días en el estómago de una serpiente, pero no era momento de echarme atrás.

–Oye, ya le has ayudado mucho a Otoño. Creo que entenderá que no vayas a por esa especie de alucinación.

Faraón no me creyó ni un ladrido, pero al día siguiente miró conforme mi marcha desde la puerta del terreno que él debía guardar.

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