LA SERPIENTE DE HIELO, CAPÍTULO 4

El camino a la ciudad

No supe cuánto tiempo estuve escuchando la campanilla de mi cuello hasta que por fin, tras atravesar montes y campos de sembrado empecé a ver a lo lejos unas columnas enormes. Eran pisos de no más de ocho plantas, pero para alguien que nunca había visto una casa de más de dos esas eran unas torretas enormes.

Me acordé de los castillos medievales de lo que el profesor me había hablado. Me estremecí. ¡Igual también había dragones!

Después vi que no, que allí no había dragones… pero sí algo que era peor.

La primera impresión

Mi entrada en la ciudad fue angustiosa.

Vi coches. Muchos coches. Yo ya había montado en el de mi amo. Pero dudaba de si todos eran coches. ¡Todos eran distintos! Aunque olían parecido… Ya los había olido antes, pero en el pueblo había cuatro contados. En la ciudad no paraban un momento. Corrían de un lado a otro. Del otro al uno. Gruñían, aullaban ¡bruuuum!

El suelo era muy extraño. Las piedras estaban completamente pegadas al suelo, y otras a las que llamaban “pivotes” brillaban con la luz. También había una especie de corral… ¡Pero en el suelo! Abajo se veían pozos muy hondos.

Los árboles… Había muchos diferentes. Unos eran normales, otros eran grises con un fruto transparente en lo más alto y sin hojas. ¿Cómo harían la fotosíntesis? Otros tenían ramas negras muy largas, también sin hojas, que se metían, como enredaderas en unas montañas raras. Eran como… ¿Cómo puedo describirlas? La entrada era como la puerta de mi caseta, pero tenía muchas madrigueras a lo alto. ¿Quién viviría allí? Era imposible subir. Luego ya vi que por dentro había “acesnores”, o algo así, pero por aquel entonces no tenía ni idea.

La garganta se me secaba… ¡Tal vez ya estaba tras el rastro de la serpiente! pero casi todo el ambiente olía igual; a humo.

También había otros olores nuevos que nunca había olido. Aunque… eran como artificiales. Unos salían de unas barritas blancas que mordían los humanos. Me hacían estornudar.

Otros salían de esas madrigueras raras, hechas de piedra, cristal y metal. Cada una tenía un olor diferente y extraño. En unas el olor era dulce, afrutado. En otras guaridas era ese olor a nuevo. También había de los que olían a carne y otros a yodo. Luego supe que eso eran tiendas. Era donde cazaban lo que necesitaban las personas. Debe de ser cómodo tener a tu presa en un habitáculo cerrado, pero lo veo un poco injusto. Para la presa, quiero decir.

Tal era mi conmoción que, confundido, pisé el camino negro y se hizo el caos. Solo después supe que pisar ese sendero era jugar una partida con la muerte a cara o cruz.

El accidente

No puedo describir lo que pasó en escasos cinco segundos con total precisión, ya que yo estaba totalmente confundido. No había tono gris.

Si antes los coches hacían ruido ahora se habían vuelto locos. Se organizó una gran estampida… ¡Dirigida a mí! Se sucedieron pitidos muy agudos que destrozarían el tímpano al más sordo y golpes de chapa. Metales que chirriaban. Creo que fue mi instinto lo que me salvó, ya que salté sobre el morro de uno de los coches que se apiñaron a mi alrededor. Me quedé sobre él, petrificado. Me fallaban las patas, creo que temblaba. El corazón lo tenía en la garganta, pero no pude correr. Ni siquiera cuando varios humanos salieron de sus coches, voceando.

La ansiedad del momento me hizo jadear. Estar rodeado de tantas cosas poco amistosas me angustiaba. ¡Cuánto necesitaba a mi dueño en ese momento! ¡Necesitaba que me echaran una pata!

En ese momento no supe muy bien qué fue… algo tiró suavemente de mi cuello y por fin pude moverme. Con la mente ausente, pero al menos ya me estaba yendo de aquel quebradero de cabeza.

Cuando quedé a un lado del gentío una voz firme me dijo que corriera. Eso hice, sin saber quién era el que me lo había ordenado. Ya lejos de allí pude saber quién sujetaba la cuerda que, sin darme cuanta, había rodeado mi cuello.

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