LA SERPIENTE DE HIELO, CAPÍTULO 5

El gato y la rata

–Entonces… ¿No conocéis a Otoño?

La rata negó divertida: –No chaval.

Por el contrario el gato pareció reaccionar: –¡Yo sí, yo sí! –tanto yo como la rata nos giramos– Viene cuando acaba la primavera.

–Esto no puede acabar bien… –susurró la rata, acercándose al oído del gato– Otoño, al que el perro se refiere, no es una estación.

–Ya lo sé.

–Ah, ¿Sí?

–¡Claro! Aquí no hay ninguna estación que se llame así. La de trenes, por ejemplo se llama…

La rata no quiso continuar con una conversación tan estúpida y se me encaró: –¿Y tú en qué estabas pensando? ¿¡No ves que podías haberla diñado en la carretera!?

–¿Diñado?

–¡Muerto!

Me sentí culpable de su enfado. Cualquiera que me hubiera visto en ese momento siendo regañado por una ratilla de doscientos gramos… Pero había una razón de peso. En nada había aporreado las puertas del cielo y todas mis creencias y mis objetivos se los había llevado el viento. Estaba solo. No me quedaba nada.

–Cachorro, tú no eres de aquí, ¿verdad?

–Me llamo Atreyu.

–Por la campanilla que llevas al cuello diría que eres un cazador de becada.

Me quedé atónito. En el pueblo siempre se burlaban de mi campanilla y ahora… ¿una rata de ciudad conocía la historia detrás de mi collar?

Iba a honrarla con el amplio significado de mi insignia cuando me dijo: –Por muy bueno que seas cazando, escucha, en una ciudad no haces nada. Lo que te acaba de ocurrir es lo que menos tiene que preocuparte. Vete a casa y sigue trotando por los montes.

Titubeé, pero mi decisión era clara: –Perdona pero no me voy a ir.

–No seas ignorante.

–Lamento no estar de acuerdo con usted. Tengo que coger a esa serpiente.

La rata se tiró de los bigotes con desesperación: –Tienes un segundo para desaparecer de mi vista, cachorro.

¿Una rata canija me estaba echando de la ciudad? Y lo más importante: –No… No puedo hacerlo en un segundo.

–¡Claro que no puedes hacerlo en un segundo!

No encontró sino mi cara de pasmo. Tenía que admitirlo, estaba liado.

–Perro, pareces tonto. Ya sé que un segundo es la duración de 9.192.631.770 periodos de la radiación correspondiente a la transición entre dos niveles hiper–finos del estado básico del átomo de cesio133. ¡Desaparecer en un segundo es una forma de hablar!

Si antes estaba liado es que ahora no encontraba mi propio rabo. El gato lo simplificó todo de forma radical: –Perdónale, es que es una rata de biblioteca.

Ya veía que él ni siquiera intentaba buscarle un significado a las palabras cuando se complicaba la frase. Con él había que usar frases simples; artículo, sujeto, verbo y algún complemento…

Tenía que encontrarla

–No puedo irme. Si Otoño me ha dicho que aquí hay una serpiente de hielo es que aquí hay una serpiente de hielo. ¡Estoy seguro!

–¿Y por qué no vienes en invierno? –mi mirada estaba vacía. Era cierto que en eso no había caído. ¿y si…?

La rata, a dos patas, se apoyó en el antebrazo del gato, pensativa: –¿De verdad crees en ello? ¿Confías en ese perro tanto como para arriesgar tu vida?

Esta vez no dudé y moví mi cola. Ella me entendió: –Supongo que ese animal no existirá, que será un sobrenombre de alguna especie, pero de momento… ¡Gato!

–¡A sus órdenes mi capitana!

–Deja eso. ¡Ahora serás tarzán!

¿¡Tarzán!?

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