LA SERPIENTE DE HIELO, CAPÍTULO 6

El zoo

Sí, estaba cabreado. Era una tontería, lo sé, pero por si fuera poco aguantar a ese gato saltando de árbol en árbol con un alarido incesante, para colmo a mí me tocaba ser…

–¡Vamos Chita! ¡Que te quedas abajo!

La rata fue quien contestó: –Este Chita no puede trepar. Tú sigue.

La gente miraba al gato con interés pero confundida. ¿Se estaba muriendo o se había bebido toda una cooperativa de tinto?

–¿No podía ser yo tú?

La rata se bamboleó provocativa: –Solo puede haber una señorita perdida en la selva… Bueno, aquí lo tenemos. El zoo. El hogar de los bichos raros. Pase y vea los cincuenta metros cuadrados de los que dispone el elefante, o la jaula de doscientos centímetros de altura de la jirafa.

Si lo que decía era cierto era muy triste ser animal de zoológico.

–Hoy es lunes. No habrá mucha gente.

–¿Lunes? –Pregunté confundido.

–Sí. Lunes, martes, miércoles…

–Ah… –Asentí sin entender y nos adentramos en el zoo. Pero antes la rata le llamó al gato para decirle que Tarzán iba de cacería y que tenía que estar calladito. ¡Por fin mis oídos descansaron!

Dinero

El zoo era muy bonito, pero toda esa riqueza se veía ridiculizada por el tamaño de las instalaciones. Creo que los únicos que disponían de sitio suficiente eran los que estaban en la zona de la granja.

Cada vez que se acercaban personas vestidas de verde nos escondíamos. La rata decía que eran los guardas y no nos convenía en absoluto que nos vieran.

No sé si lo dijo para que el gato tuviera más cuidado, pero comentó que si nos pillaban nos meterían en alguna jaula. Yo no quería vivir en una de esas jaulas ni aunque tuviera el tamaño que les habían dado a los cocodrilos. El problema era que para una celda grande que había, estaba llena de animales.

–Dicen que este zoo gana un dinerillo extra.

La rata me sacó de mis cavilaciones de un plumazo: –¿Dinerillo extra?

–Sí. Crían cocodrilos, tigres y otros animales para luego vender su piel. Por eso hay algunas que tienen tantos animales. ¡Es hora de llamar al matadero!

Eso de usar la piel lo entendía, pero…: –¿Si no es molestia me podrías decir qué es “dinerillo”?

Me miró a la cara con gesto cansado: –Dinero.

Dinerillo, dinero… Me daba igual, seguía (y sigo) sin entenderlo.

–El dinero lo usan los humanos para comprar cosas.

–¿Comprar? –eso no lo entendía.

–Como un trueque.

–¡Ah, sí! –ahora empezaba a comprender algo– Cambiar una cosa por otra.

–¡Sí! –parecía aliviada.

–Como cuando cambias un hueso por un juguete.

–Eh… –se empezaba a preocupar de nuevo.

–¿Dinero puede ser un hueso?

–¡No! ¡no puede ser un hueso! ¡un hueso es basura! –parecía que había colmado el vaso. ¿qué culpa tenía yo de no entenderlo?

El gato trató de reconfortarme diciendo que la rata solía hacerle eso, que no me preocupara.

La rata se rehízo enseguida: –¿Qué usan contigo para cazar? ¿qué te dan a cambio?

–Nada, yo quiero mucho a mi dueño.

La rata abrió mucho los ojos: –Hijo, eres tooonto. Más que el gato.

El gato ni se inmutó. Estaba acechando a una mariposa. Claro… Ahora era Tarzán.

–Bueno… Una vez me dio un hueso de jamón entero y lo vomité. ¡Fue fantástico!

Mejor no describir la cara de la rata cuando dije eso, porque era todo un poema.

Noche

Estuvimos buscando la serpiente de hielo por todo el zoo, pero aunque encontramos varias, ninguna se parecía a lo que Otoño me comentó. La rata me decía continuamente que podían ser crías y no adultos. Estoy seguro de que lo que quería era que me fuera de allí ipso facto, pero no lo haría hasta que no consiguiera atrapar a la sierpe.

Anocheció. Esperamos a que la gente se fuera y entonces la rata asaltó una cafetería. Abrió la nevera y nos pasó un montón de salchichas. Ella se comió el pan. Entonces me entró una duda. Que el gato estuviera solo era obvio. Pero ¿y ella?

Pareció leerme la mente mientras masticaba su pan: –Adelante. Pregunta.

–¿Eh? No, no. Yo…

–Ardes en deseos. No te preocupes. Estoy llena, no voy a morderte.

–Me extraña que… que estés sola con este gato. No sé si me explico. ¿Cuáles han sido las circunstancias que te han llevado a no estar con tu clan?

El gato me miró con un inmenso interrogante dibujado en el hocico. ¿Sería porque no entendía la palabra “clan”?

La rata por su parte saboreó lentamente el último bocado de la cena antes de contestar: –Digamos que las alcantarillas no eran mi fuerte.

Se adivinaba un atisbo de tristeza en sus bigotes: –No creo que sea eso.

Me sonrió de soslayo: –No eres tan corto como pensaba. Pero ahora no es momento. Tenemos que irnos a casa a descansar.

Para rato hubiera imaginado dónde vivían. Olfateé con detenimiento el suelo, amedrentado. Tenía la impresión de que en cualquier momento todos los coches que se apilaban por allí acelerarían y me dejarían más tieso que un sello.

La rata captó al momento mi agitación. ¡Como para no estar asustado! solo unas horas me separaban de haber acabado en las fauces de un coche. Aunque estos eran diferentes. Tenían un algo…

–¡Bienvenido a casa! –Exclamó el gato– ¡Estás en el desguace de coches!

Era la primera vez que le escuchaba decir algo coherente: –Ah…

–No te asustes. Estos ya no se moverán más.

Mis orejas gachas y mi cola entre las patas (la poca cola que tengo) revelaban mi condición al momento. Me costó conciliar el sueño en uno de los asientos traseros de un viejo y frío coche. De hecho fue dormirme y despertarme. La rata y el gato tenían prisa por irse.

El porqué era el problema.

Instinto

El gato, que durmió sobre mi panza, saltó de repente. El frío que noté acto seguido me desveló y vi a la rata haciéndome gestos acelerados. Salimos enseguida del coche, en el momento justo para verlo volar sobre nuestros hocicos: –¡Sabe volar!

–¡Jo! ¡ya había marcado ese coche! –Maulló disgustado el gato.

–¡No me lo recuerdes! –Le reprochó la rata, tapándose el morro con una pata.

Yo estaba ausente. Seguro que temblaba, seguro. ¿Cómo no temblar? Temblaba como un descosido, como si la temperatura hubiera bajado cuarenta grados de sopetón. Temblaba de puro miedo. Las imágenes del accidente se sucedían en mi cabeza. El claxon resonaba una y otra vez. Sin pensar, sin saber qué mandaba dentro de mí, empecé a correr como nunca antes me había visto correr tras una perdiz.

–¡Perro, quieto!

¿Quieto? ¡ja! ¡quieto decía la tía! ¡Como para quedarme quieto estaba! Tenía que salir de allí antes de que algún coche me alcanzara y tenía que irme ya.

–¡Es la serpiente de hielo!

¿Qué? Paré al acto. Me giré y entre los primeros destellos de la madrugada lo vi. ¡Era enorme! Pero no era como yo había pensado. Era mucho más flaca. ¡Igual era por el recorte que le ofrecía el sol!

Cambié radicalmente. La rata lo notó enseguida. Olfateé el áspero aire y noté que la garganta se me secaba.

Olor a nuevo.

Era ella.

Estaba ante mi presa.

Desde luego, cuando estaba de caza yo era un perro totalmente distinto. Mis modales se iban al traste si de ello dependía alcanzar a mi presa. Pierdo la noción del miedo y del tiempo, me sumerjo en un estado de concentración tan afinado por generaciones y generaciones de cazadores que pierdo la conciencia del riesgo.

Mis patas volaron hacia el coche que se elevaba lentamente y lo alcancé de un salto.

–¡No, para! –gritaba la rata– ¡Vuelve aquí, maldito cachorro! –se giró hacia el gato– Em… ¿Sabrías ser Superman?

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