LA SERPIENTE DE HIELO, CAPÍTULO 7

El resbalón

Me agarré con fuerza con mis fauces al asiento trasero del coche mientras colgaba por la ventanilla rota en precario equilibrio. ¡No podía soltarme! Tenía que alcanzar el cuello de la serpiente para conseguir atarla.

Sí. Lo sé. Es estúpido. ¿Atar a una serpiente por el cuello? ¡era yo el que estaba para atar! Pero mi concentración solo fijó eso en mi mente y hasta que no lo consiguiera no pararía en mi empeño, así que me encaramé dentro del coche mientras este se elevaba más y más, dejando al suelo a más y más metros de mis patas. Por suerte el cristal delantero había desaparecido y podía acceder por él al techo del coche, donde se encontraban las fauces heladas de la sierpe. Salté sobre ella, pero no recordé que era de hielo y resbalé precipitadamente, de forma casi cómica.

Pensé que mi caída sería una larga agonía, pero pronto alcancé el suelo. Caí sobre un asiento de coche. Este se movía bajo mis patas. ¿Cómo era posible? ¡no había coche! En ese momento algo hizo retumbar todo mi cuerpo. ¡Por un miserable metro me había librado de ser aplastado! La serpiente había escupido el coche por el que la había alcanzado justo delante de mí. Un frío intenso cruzó mi espalda al pensar que, otra vez, un coche había estado tan cerca de haberme arrancado de la existencia terrenal.

Salté del asiento móvil y me dispuse a salir de allí. Tenía que alcanzar una de esas pilas de coches para, desde lo alto, volver a intentar amarrar a mi escurridiza amiga.

La rata me esperaba hecha un manojo de nervios. No paraba de blasfemar pero solo hice caso a una cosa que dijo el inocente gato: –¿Se te ha perdido la campaña?

La campanilla. Mi campanilla.

Me toqué el cuello al instante. ¡No estaba! giré sobre mis pasos y corrí, ya cansado de tantas emociones, hasta donde el coche se había precipitado. ¡No podía estar en otra parte! Miré con el corazón en una pata cómo una cosa enorme y metálica caía una y otra vez sobre el suelo que se movía, reduciendo a sellos todos los trastos que alcanzaba.

No creo necesario repetir que la rata gritó un “no” desgarrado. Y… ¿por qué no ladrarlo? estaba muy enfadada.

Esta vez no me movía mi instinto. Me movía mi lealtad. Parecerá una tontería, pero para mí la campanilla que tengo siempre al cuello no es solo para que mi dueño me localice al salir de caza. Mi campanilla es mi dueño. Por eso no podía dejar que quedara reducida a papel de film metálico. Es como cuando un arriesgado aventurero traspasa una puerta corredera de un zulo secreto y arriesga a pasar la mano al otro lado para recoger su sombrero, ¿me explico?

Corrí hacia la prensa, pero llegué tarde. Para cuando alcancé mi coche ya no era más que un palmo de chapa. En ese momento noté un fuerte dolor dentro de mí. Algo que…

–Serás idiota… –me giré indignado por su comentario y vi que la rata sujetaba algo– toma, perro repelente.

Lo tiró casi con asco delante de mi hocico.

Seguía exhausto. Lo suficiente como para no recoger mi campanilla del suelo: –Perdona… pero es que me la dio mi dueño.

–¡No quiero saber nada ni de ti ni de tu dueño, maldito lunático! Si quieres que te siga ayudando será a marcharte de la ciudad ahora mismo.

–¡Tengo que caz…!

La rata se llevó las patas a la cabeza: –¡No es la serpiente! –me miró muy, muy enfadada– lo dije solo para que no te fueras. ¡Para rato te hubiera dicho nada si hubiera sabido que te ibas a encaramar a esa maldita y estúpida grúa!

Silencio.

El gato parecía ausente y yo miraba al suelo, desilusionado. ¿No era la serpiente? Elevé el morro y vi a esa máquina funcionar. Llevaba los coches de un lado a otro. Lenta, pero impasiblemente. ¿Cómo no me había dado cuenta de ello?

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