LA SERPIENTE DE HIELO, CAPÍTULO 8

El color rojo

La rata pareció tranquilizarse: –Tengo hambre. ¿Nos vamos?

Al hablar de comer noté algo raro en la boca, como… ¿seca? Traté de quitarme ese acre sabor de la boca con unas muecas, llamando la atención del gato, que inocentemente maulló: –¡Ey! ¡hueles a mí!

–Eh… ¿qué? ¿cómo que huelo a ti?

–¿Ves para qué sirve marcar el coche, rata? ¡tengo un perro!

–Sí… –suspiró con cansancio– ¡Para lo que te va a valer ese perro! Más te vale ser dueño de un coche de medio centímetro de alto.

–¡Habrá que elegir otro nuevo! –estaba como un crío en una tienda de juguetes.– ¡Este, este! ¡quiero el rojo!

Miré extrañado: –¿Rojo? pero… ¡si es gris!

La rata paró delante mientras que el gato corrió para hacer lo propio: –¿Gris? –se quedó pensativa un momento hasta que pareció recordar algo repentino– ¡ah, ya entiendo! no me acordaba…

Arrugué el morro: –¿De qué?

–De que los gatos no pueden ver el color rojo. Su mundo pasa de los tonos azules a los amarillos.

–¿Los gatos no ven a color?

–¡Claro que sí, tonto! ¿no lo acabo de decir?

–Dices que no ven…

–Lo aclararé; no veis. Ni los gatos ni los perros veis el color rojo. Los ojos están compuestos, en su capa más interna, por conos y bastones. Los bastones se encargan de captar la cantidad de luz y los conos de captar las variaciones de onda de la luz. Oséase, el color. Vosotros no tenéis conos que capten los tonos rojos, así que… ¡a chincharse!

–¿Y las ratas…?

–¡Ey! Yo soy súper yo, ¿estamos?

–¿Y yo soy súper yo?

Ambos miramos con el mismo ademán cansino al estúpido gato. En el fondo me caía bien. Muy en el fondo. Tan en el fondo que un pozo no llegaría mejor.

La rata se rió un poco por lo bajo. Creo que el coche que teníamos delante era en realidad gris y no rojo.

Bajo tierra

Caminábamos por un parque de la ciudad. Todavía no podía darme por vencido, así que le pregunté a la rata dónde podría estar la serpiente. Cansada, accedió a darme un paseo turístico por la cuidad para que me desencantara y me fuera a casa. Pero algo no me cuadraba: –Otoño me dijo que estaría bajo tierra.

–No te preocupes. Sabremos dónde está cuando miles de personas salgan corriendo y gritando como miserables ratas –la miré de verdad extrañado–. Es una forma de hablar.

Entonces me entró curiosidad: –¿Y no puede rondar por las alcantarillas?

–No.

–No sé… Igual puede que te fueras de las alcantarillas por miedo a encontrarla.

Al reír amargamente enseñó toda su dentadura: –Hay cosas peores, cachorro.

Me subí al borde de la papelera en la que se había metido: –¿Peores que…?

–¿Una espacie de alucinación que ha tenido el viejo del pueblo? Pues sí. ¿Te gusta la cáscara de plátano?

Diciendo esto me tendió un asqueroso trozo de “algo”: –No, la verdad es que no.

El gato la cogió y empezó a examinarla: –Es plátano pasado. Está marrón. Oscuro más que claro. Seguramente lo compraron hace días. Semanas incluso. Puede que se lo haya comido una persona. Hace más de tres días, probablemente. Seguro que se lo ha comido un niño, no tiene la pegatina. Una paloma parece que lo ha picoteado. Una paloma de ciudad…

Señalé al gato y le miré interrogativo a la rata: –Es que de pequeño le leía los libros de Sherlock Holmes.

Sonreí extrañado: -¿Ya los entendería el pobre animal?

Ella encogió sus diminutos hombros. Aproveché para insistir de nuevo: –Tengo que ver las alcantarillas.

–¿Quién te ha hablado de ellas?

–Eran tu casa. Hablas en sueños, ¿lo sabías?

–Ni de palo –Zanjó con un cucurucho raído de helado.

Sentada en el borde de la papelera empezó a comérselo sin agregar nada más.

–¿Y dónde están las alcantarillas?

El gato contestó con celeridad: –Aquí.

Lo miré para dirigirme hacia allí, pero miraba al suelo. Pobre… qué cortito era… ¡tendría que encontrarla yo! Empecé a caminar.

–¡Perro! –Me giré al escuchar a la rata, esperanzado. Encontré una rata que se masajeaba la frente con la punta de un cucurucho de galleta del que goteaba “algo” supuestamente comestible– Lo único que aquí hay bajo tierra son las alcantarillas y los túneles del metro. ¿Me prometes que tras enseñártelos te irás para tu pueblo y que me podré olvidar de ti?

Ya sabéis la respuesta… ¿no?

Las alcantarillas

Levantó con la ayuda del gato una tapa que justo tenía debajo. Creía que no pero por una vez el gato había sido más inteligente que yo. Y eso era muy triste.

Entramos.

Ella caminaba rápidamente sobre sus patas traseras sobre el suelo humedecido. El gato parecía agitado: –¿Tú vivías aquí?

Ella por respuesta espetó que camináramos más rápido. No buscaba otra cosa que otra tapa por la que salir de allí. Yo, por el contrario, recogía todo lo que sucedía a mi alrededor. Los olores, colores, sensaciones… Lo primero; Otoño no me habló de la humedad. Lo segundo; no olía a humo. Lo tercero; el suelo no era negro… Totalmente, claro. Lo cuarto… podría hacer una larga lista… y todo me llevaba al mismo sitio: eso no se parecía a lo que me relató Otoño.

Estaba buscando en el lugar equivocado. Me sentía mal por insistir tanto para luego no haber sacado nada de provecho de aquel lugar… aunque eso no era del todo correcto. Cuando veía que ninguno de mis dos acompañantes me miraba aprovechaba. ¡Un perfume como ese no lo encontraría en ninguna parte! Nunca me había revolcado en un charco tan estupendo como en los que encontré allí. ¡Mi dueño estaría orgulloso de olerme, seguro!

Laguna

La rata apoyó las cuatro patas y enderezó las orejas todo lo que le permitían: –Tenemos que irnos.

–¿Tan pronto? –Yo estaba decepcionado, aunque realmente nuestra excursión ya no sería más provechosa.

–Sí, tan pronto. ¿No oyes eso? –Agudicé el oído pero la mayoría de los ruidos me parecían conocidos y novedosos al mismo tiempo. No me delataban nada raro– nos vamos.

–No he encontrado…

–¿Suelo negro? ¿olor a nuevo? ¿la serpiente de hielo? ¡aquí no está tu alucinación! aquí está…

Paró en seco y miró con recelo el techo de la madriguera. Giró sobre sí misma y caminó con rapidez, sin llegar a ser una carrera, mirando al techo continuamente.

–¡Mira, fuegos artificiales!

Al gato debían de haberle afectado los vapores del agua sucia pero en realidad eso parecía cuando yo también miré hacia arriba: –Pero… ¿eso del techo no es agua?

–¿Agua? –La rata parecía temerosa– oh, oh…

En el techo parecían dibujarse garabatos blancos, amarillos, marrones, goteras iluminadas que caían sobre nuestros hocicos… ¿qué significaría aquello?

Parece que fui el único que se quedó pensativo mirando el techo desquebrajado de la alcantarilla. Cuando bajé la mirada mis patas empezaban a mojarse y un trueno retumbó tras de mí: –¿¡Qué pasa!?

Pero tanto el gato como la rata ya me habían sacado una ventaja descomunal y corrían muy por delante de mí.

Corrí como tras una becada pero si les alcancé no fue porque pararan para abrir una salida en el techo, sino porque el agua me empujó con fuerza. Tanta que empecé a dar vueltas bajo aquel torrente. Traté de agarrarme, de parar de dar vueltas, de hacer algo, cualquier cosa, pero no veía nada, no podía respirar. Lo único cierto era que el agua tocaba el techo y que mis días acabarían allí.

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