PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 1

Para qué titular errores, capítulo 1

1 Persecución

Entró en la taberna sin decir nada, sin mirar a ningún sitio, sin vacilar. Lo único que hizo fue dar largas zancadas hasta llegar a la barra llena de surcos pegajosos. Allí miró cauteloso a su alrededor por el filo de su americana, como si alguien fuera a sospechar de él. No había duda de que era un tipo sospechoso, pero no destacaba en absoluto con los tonos oscuros de las paredes del bar y el techo ya amarillo por la nicotina del tabaco ya fumado con rabia. Las mesas estaban llenas con tipos que parecía que solo vivían por y para el póquer o el mus. La niebla que poblaba el lugar se debía a los puros que la gente del garito devoraba sin compasión.

El camarero pronto se le acercó con la consumición que siempre pedía el extraño personaje. Tras dar un gran trago a su vaso de tinto, ya castigado por el brusco lavavajillas, le preguntó al camarero: –¿Ha dejado algo hoy? ¿Algún mensaje?

–No –dijo el camarero–. Creo que lo dejará más tarde.

–¿Cuándo? –se impacientó el tipo de la americana– Tengo que decirle algo importante y tiene que ser ahora.

–Lo siento, pero no puedo ayudarte en este momento.

–Es urgente, necesito su teléfono, su dirección… ¡Lo que sea con tal de localizarle! –El de la americana volvió a mirar a su alrededor para asegurarse de que nadie le oiría, pero se equivocaba– ¿Cuánta pasta por la información?

–Ya te he dicho –contestó el camarero a dos palmos de su interlocutor–, que no lo sé. Si yo supiera algo sabes que te lo diría. Si confío en alguno de todos los que estamos en esta tasca diría tu nombre sin dudarlo un momento. Lo más seguro es que esté metido en algo gordo, pero ya sabes lo misterioso que es. Nadie sabe cuál es su nombre, ni su teléfono. Ni siquiera el número de zapato que se gasta.

–Gracias –contestó irónico.

Se irritaba con facilidad, eso seguro. Por mucho que me dijeran que ese tío era un profesional, yo seguía sin creérmelo.

–Mario… ¿Otra vez te ha cambiado de planes?

–No solo eso. ¡Maldita sea! Tengo que decirle algo muy importante.

Terminó la frase con su ronca voz y salió del bar como vino.

Pagué mi consumición y saqué del bolsillo un aparato que me dejó el jefe gustosamente. Claro, si gustosamente significara que me ahogaría con el cable del cargador como le ocurriera algo a tan grandioso artefacto de bolsillo que tenía más botones que patas una araña.

Al salir del bar luché contra el sol cegador solo un momento y miré de reojo al tipo de la americana, que ya se la había quitado. Lo reconocí al instante: largas zancadas, alto, pelo negro… De los ojos no puedo hablar, pues siempre llevaba algo que me imposibilitaba verlos. Ese algo casi siempre eran gafas de sol.

Encendí el aparatito, eso sí, el jefe fue tan rácano que ni siquiera me había cargado la batería. El “low battery” aparecía continuamente en la pantallita táctil, así que apagué el cacharro al momento. Le seguí los pasos deteniéndome a ver los escaparates, como si buscara algo en particular en cada uno de ellos. Curiosamente, todas las tiendas se habían puesto de acuerdo en vender ropa para niños pequeños. ¿A quién se le había ocurrido poner tiendas para niños al lado de tan desagradable tugurio? Era como para provocar abortos… Eso sí, por más que yo buscara, no encontraba nada de mi talla. Pero esa no era mi misión. Lo que me habían encomendado era más importante que buscar “potitos”. Por suerte, en la calle, a pesar de ser fiestas del lugar, no había mucha gente, por lo que era más sencillo seguir al de la americana. Pero todo era muy bonito. Demasiado. Oí un rumor lejano. No era un coche, ni un grito, ni un ladrido de un perro, ni nada por el estilo. ¡Ojalá hubiera sido eso! Entendí por qué apenas veía gente. ¡Era la charanga! ¡Unas cien personas que bailaban alrededor de una maldita orquesta de calle que se aproximaba hacia donde me encontraba! Si no actuaba rápido ya podía darle por perdido. Por desgracia, el tipo apretó el paso y se adentró de buenas a primeras en la algarabía. Apreté el paso yo también, y me adentré en aquella discoteca rural andante. Me costó lo mío salir, pues la mayoría intentaba agarrarme para bailar una pieza, pero muchos se caían solitos por la cantidad de alcohol que llevaban ya en la sangre, así que pude salir sin tener que bailar, y sin tener que caerme con ninguno de ellos, dicho sea de paso.

Al fin salí, pero como era de suponer, la presa ya se había escapado. Saqué el aparatito y aunque mi amigo “low battery” saliera cada cinco segundos, no lo apagué. Le apreté una combinación de botones hasta que apareció un mapa y en el menú. No sería capaz de recordar qué botón me ayudó a conseguirlo. Creo que poner toda la palma de la mano sobre todos los botones sería más rápido. Ya en el menú “mapas” busqué “chip T104”.

La operación debió de gastar mucha energía porque se apagó. Yo, por supuesto, con rabia, casi tiré aquel genial invento al suelo. Lo único que me detuvo fue la idea de que mi jefe me tirara por la ventana como yo a aquel aparato desde mi mano hasta al suelo.

No pude hacer nada más, así que me volví a la base.

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