PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 2

2 El jefe, la secretaria y Román

–¿Se puede saber dónde está el café? ¡Ya llevo esperando cinco minutos!

¡Jo! No me gustaría ser su secretaria. Si por un café se pone así, no quiero ni pensar cómo reaccionará cuando le diga…

–Aquí está su café –dijo Adela, la secretaria, mientras entraba en la estancia–. Perdone las molestias.

–¡Es que lo único que me dais es molestias!

–No se repetirá, se lo aseguro.

Y se fue. En ese momento me hubiera cambiado por ella.

Si estuviera en su lugar me hubiera despedido hace dos años, que es el tiempo que Adela llevaba trabajando aquí.

En esa habitación estábamos yo y un compañero sentados en frente del jefe. Era el típico jefe al uso. Si buscabas en el diccionario “jefe” no lo encontrarías. Tendrías que buscar “Juan Francisco Germán” y entonces te salía la definición. Era un antiguo agente condecorado que se puso al frente cuando el anterior se jubiló. Desde entonces su barriga no había dejado de crecer.

Mi compañero retomó la conversación: –Yo pienso que hace muy bien su trabajo. Debería tratarla mejor.

–Tiene que hacer su trabajo como se le pida, ¡y no con retraso! Cambiando de tema, ¿qué tal Ainara?

Román me dedicó una mirada con sus ojos verdes, más compasiva que la del jefe.

–¿Qué tal? Pues… –dudé, no sabía si decirle la verdad– Mal.

–Suponía que no funcionaría, demasiado difícil para ti…

No lo evité. Le tuve que contestar: –Le hubiera seguido hasta su guarida si usted se hubiera dignado a cargar el cacharro éste –coloqué el aparato con delicadeza en la mesa. Tanta tecnología y a nadie se le había ocurrido cargarlo antes de salir–. Ya tiene el chip puesto en la gabardina, así que su reliquia es la que ha fallado.

Mi compañero lo cogió interesado con sus habilidosas manos. Se rascó un poco el pelo moreno al ver el gran número de botones que tenía el GPS localizador. Más tarde me enteré de que era táctil. Al ser táctil… ¿qué hacían ahí los jodidos botones?

–¡Este es un adelanto en la informática impresionante!

–Sí, del siglo diecinueve.

–Tranquila –me dijo Román–. No todos tienen el mismo sentido de lo que es un adelanto tecnológico. Además… ¿No querrás que te despida?

Sí, como veis un jefe al uso. Solo entendía la tecnología que había en sus tiempos de activo y compraba toda la basura que las demás organizaciones no querían.

–¿Con lo mal que ando de agentes? Por desgracia no puedo despedir a ninguno.

–Creo que bajo el puente del sargento caído hay un par de indigentes. Tal vez si…

El jefe no se hizo de rogar y taladró a Román con la mirada. Si las miradas mataran… ¡Huy si mataran!

–Bueno –continuó Román cambiando totalmente de tema–, si es verdad que nuestro objetivo tiene ya puesto el chip, solo tenemos que cargar… esto.

El jefe le miró como un asesino en serie a su próxima víctima. Román tendría que aprender a pronunciar “esto” de otra forma. El jefe prácticamente le dedicaba la misma mirada, no había cambiado mucho. Bueno, tal vez ahora estaba más rojo, pero eso ya era parte de la cara, no de los ojos. Aunque alguna vena del ojo…

Sin contestar, sacó un cable de su bolsillo y llamó a gritos a Adela. La secretaria, que parecía que no se había recuperado del susto anterior, llegó ipso facto. El jefe le arrancó a Román de la mano el aparato y se lo tendió a la secretaria, que se lo llevó. El cable también.

–¿No tienes un timbre en la mesa para llamarla, don Juan Francisco Germán?

El tono irónico de Román le ganó una bajada de sueldo sucesiva para los próximos veinte años, pero de momento el jefe se centró en el tema de interés.

–He pensado que los dos podríais uniros en esta misión. Adela es novata en misiones como esta y ese Mario es peligroso, aunque solo lo queramos para descubrir a su verdadero superior.

–¿Y para eso la has mandado sola la primera vez? ¿Recuerdas de tus años mozos qué es la anticipación?

El jefe frunció el ceño: –Centrémonos en el tema, ¿quieres?

–Vale. Entonces… ¿me equivoco si digo que ni siquiera Mario le conoce? –Preguntó Román.

–De eso hablaba en la taberna –comenté–. Puede que el tabernero sepa más que el propio Mario.

–Eso es una tapadera –el jefe estaba seguro de lo que decía… pero nosotros no–. ¿Cómo es posible que la mano derecha del mayor traficante de éste país no puede conocer a su superior? Es el mayor fallo de ese tipo, por no decir el único.

Román volvió a sonreír como solo él sabía: –Alguien debería aprender de él, ¿no cree?

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