PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 4

4 Prisas

Salí de la base. Era un edificio corriente de oficinas viejas. Hacía tiempo esta base central era la más grande y siempre iba de la mano con grandes empresas. Se encargaba incluso de la seguridad del país y ayudaba al gobierno de forma directa, pero ahora estaba muy retrasada en comparación con todas las demás. Ya no era una base central. Ni central. Solo era una base. Cerraron todas las sucursales, pero era normal… Una fábrica de gambichuelas era más moderna y competitiva en términos de seguridad y espionaje y dime a mí cómo se puede espiar con unas gambichuelas. De hecho… ¿Qué son las gambichuelas? ¿Eso aún existe? Ah, que se comen… Pues sí que existen aún, vamos, digo yo.

Caminé hasta el bar en el que había quedado con Román. Era más agradable que el que me había hecho visitar Mario a pesar de que las moscas dieran el tostón. Deben de llamarse moscas porque al final mosquean de lo lindo… En verano eso era pan de cada día. Me coloqué en la zona de no fumadores y esperé durante un rato, pues había llegado antes de tiempo. Pedí un descafeinado y para cuando me lo trajeron, Román ya estaba a mi lado: –Pídelo con hielo, nos vamos ahora mismo.

–¡Que prisas chico!

–Cuanto antes terminemos esto, mejor.

–Cuanto antes terminemos esto antes nos endilgarán otra basura.

–Cierto, pero hay basuras y basuras.

Pedí un vaso de plástico para el café, pagué y seguí a Román, que ya había salido del local. Me pidió el aparato al alcanzarle, lo encendió, y mientras lo manoseaba, empezó a hablar conmigo: –Tú sin café no te quedas, ¿eh?

–Pues no. Para mí es lo mejor del día.

–Hay cosas mucho mejores que esa porquería, créeme.

–¿Por el mismo precio? –sonrió con suficiencia– Sí, supongo que recibir las facturas, o aguantar al jefe, hablar con la suegra…

El aparato pitó, cortando totalmente mi imaginación, sobre todo porque no tenía suegra.

–Ya está. Mario localizado –miré a Román tras sorber un poco del café–. Está bastante lejos de aquí. Ven, en mi coche llegaremos pronto.

Cuando me dijo eso pensaba que iba a ser un coche de segunda mano, frío, rallado, traqueteante y desmarañado, del típico color blanco o gris para ahorrar un dinero al comprar. Pero me equivoqué de cabo a rabo.

–¿¡Un deportivo!? ¿Cómo puedes tener un deportivo?

Román se apoyó en su coche negro: –No te engañes, con este coche he endeudado hasta a mis nietos, si es que algún día llego a tenerlos –Se tornó pensativo–. Si los animales pueden tener herencias… ¿podrán tener también deudas?

Nos montamos los dos, yo en el asiento del copiloto. Eso no eran asientos, eran tronos reales. Envidié al tipo que conducía el coche durante un rato. Poder sentarse en esos sillones en vez de acomodarse en los taburetes del autobús…. ¡Que morro! A eso en mi pueblo se le llama suerte. Casi hasta me asusté cuando mi compañero me dijo que habíamos llegado. Yo ya casi estaba dormida. ¡Por Dios, que coche!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s