LA SERPIENTE DE HIELO, CAPÍTULO 9.

Un gato… no tan tonto.

Cuando ya toda mi vida había pasado ante mis ojos, un tirón muy fuerte casi me sesgó el cuello. Creo que fue el instinto de supervivencia, no sé, pero conseguí asirme al lugar en el que mi collar se enganchó y subí.

¡Aire! no sabía muy bien qué ocurría pero tuve suficientes fuerzas como para colarme por aquel agujero y subir a un sitio húmedo pero no inundado. Luego vi que el suelo no era húmedo, que lo estaba mojando yo.

Oí tras de mí sonoros estornudos, y es que la rata se había agarrado a mi cola. ¿Cómo lo habría conseguido?

Tanto ella como yo miramos al frente. El gato, tirado delante de nosotros, había abierto una alcantarilla.

La alcantarilla que nos había salvado a todos.

Una vida dura

Yo no era el único que boqueaba angustiado tras aquello. La rata también estaba medio asfixiada pero no lo suficiente como para no recriminarme: –¿Ves cómo tenía razón? ¿ves cómo teníamos que irnos? –Sus regañinas eran estoicas. Parecía imposible que alguien hablara con tanta claridad con tan poco aire en los pulmones.

Estornudé sonoramente, echando más agua por la boca. El gato era el que más tranquilo parecía. Claro… si yo también estuviera inconsciente… ¡ojalá estuviera inconsciente!

–Pero… ¿qué ha pasado? –pregunté cuando pude respirar medianamente bien.

–¿Que qué ha pasado, perro idiota? ¡que mucha gente ha tirado de la cadena al mismo tiempo! –mi mirada de “no entiendo nada” debió enfurecerla… ¡si supiera qué tenía que ver una cosa con la otra no haría tantas preguntas!– en mi vida he estado tantas veces expuesta a la muerte. ¡Y todo por ti, estúpido can!

–Yo… –No tenía nada que agregar.

–Si aún tienes un poco de cabeza te irás a tu pueblo y no volverás aquí jamás. ¿Estamos?

Asentí lentamente, mirando al gato. ¿Cómo reaccionaría al despertar?

La rata pareció quedarse anonadada. ¿De verdad era cierto que al fin le haría caso? Contra todo pronóstico, abatida, se sentó a mi lado: –Esto no es para ti. Créeme, haces bien marchándote.

–No sé…

–No encontrarás esa serpiente, Atreyu. No porque lo diga yo… sino por lo que he vivido. Conozco muy bien la cuidad, todos sus recovecos, todos los antros… Y nunca la he visto.

–Yo… tenía la ilusión de ayudar a Otoño de verdad. De darle una gran alegría y hacer que estuviera orgulloso de mí.

Aguardó un momento en silencio. Uno tan solo: –¿Sabes qué tienes que hacer para que Otoño esté orgulloso de ti? Estar orgulloso de ti mismo. Si tú no te quieres nadie te querrá –la miré muy hondo. Tanto que supe leer en sus ojos sus penurias–. No puedes depender tanto de nadie. No digo que no sea bueno, sino que todo el mundo tiene derecho a equivocarse. Incluso Otoño –¿de verdad Otoño podría equivocarse con algo tan importante?–. Cuando quieres mucho a alguien y lo respetas a veces te crees todo lo que te dice a pies juntillas, ¡aunque sea el mayor disparate del mundo! pero hay que darse cuenta de que todos podemos errar en lo que pensamos y en lo que decimos.

Suspiré apesadumbrado, dándole algo de razón.

Hasta entonces solo yo creí en una tontería, en algo tan irreal pero tan extraordinario que… sí, estaba perdiendo la fe. Estaba empezando a encajar el golpe.

Esa serpiente de hielo era cada vez más fantasma en mi cabeza, menos real.

–Fal… falta el metro, ¿no?

Tanto la rata como yo lo miramos. El gato parecía como saliendo de un sueño, algo mareado, pero sabía que lo siguiente pactado era el tren…

La rata suspiró: –Sí, solo falta el tren.

Se levantó y nos hizo un gesto con la cabeza. Ambos le seguimos como corderitos. Aunque el gato como un corderito cojo.

El sobresalto del metro

Nadie supo cómo carajo había conseguido abrir la tapa de la alcantarilla. Eso es algo que creo que desconoceremos siempre ya que cuando le preguntábamos nos saltaba con algo tipo Sherlock Holmes o Jack Sparrow. ¡Cuánto daño ha hecho el cine y la litaratura!

Fue la rata quien se lo intentó sonsacar porque yo estaba demasiado deprimido como para hacer preguntas. Miraba el suelo mientras lo pisaba, negro y frío.

Una serpiente de hielo… ¡qué estúpido sonaba ahora!

Estornudé un par de veces. El ambiente estaba algo cargado, como si un tubo de escape casi me diera en los morros.

La rata dijo algo sobre la ventilación del lugar, como que se había estropeado, pero eso poco me llamaba la atención ahora. ¿Con qué cara volvería yo al pueblo? No tenía nada nuevo que enseñarle a Otoño porque había ido en busca de una mala pesadilla.

Elevé la vista un poco y todo me pareció moverse con mucha rapidez. Muy confuso. ¿Qué hacía toda esa gente ahí?

Abrí mucho los ojos y rasqué el suelo con las dos patas con frenesí. La rata se giró (la veía bien porque la gente había hecho un gran círculo a su alrededor): –¿Qué haces? ¿pretendes excavar la brea? –sonrió lasciva– Esto es lo que colma el… –vio mi cara mientras la elevaba poco a poco escuchando ligero siseo que se transformó en un sonido de ultratumba tal y como describió Otoño. La rata se giró y miró hacia mi misma dirección y pareció entender justo lo que yo estaba pensando en ese momento y con cara de horror trató de acercarse a mí.

Pero yo ya no estaba.

Volvía a ser presa de mi fuerte instinto cazador.

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