PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 7.

7 La gran duda

En el coche… perdón, en mansión con ruedas, nos encaminamos a la base. Román paró justo en la puerta y una vez más, tuvo que despertarme. Cuando iba a salir, él me detuvo: –Parece que te encuentras bien en estos asientos, ¿no?

  –¿Solo bien? –me espabilé al momento– ¡Esto es mejor que mi cama!

Él sonrió: –Veo que casi te olvidas del jefe.

Puse cara tristona: –Casi.

Él miró el edificio: –Te voy a llevar a casa.

  –¿Y el trabajo?

  –¿Qué trabajo?

Las escapadas de Román eran míticas, y yo no iba a empezar ahora: –No creo que sea buena idea… Aún tenemos una hora de…

–De nada –dijo Román tajante–. Mañana pasamos y le decimos al cascarrabias lo que ha ocurrido pero alargando el horario y ya está. Fin de la historia.

Dudé enormemente. Nunca me había escaqueado del trabajo por muchas veces que lo había pensado hacer. En el momento que yo veía idóneo, siempre me rajaba.

  –Bueno, ¿qué dices?

Me fijé en el retrovisor por hacer algo y me miré a mí misma. Si me iba con Román, me lamentaría y si me quedaba, también.

En el momento en el que iba a aceptar, mi ladrillo sonó. Lo cogí lo más rápido que pude y vi que quien llamaba era el jefe (sí, impresionante pero cierto, en mi móvil ponía el nombre de quien me llamaba, pero poco más). Cuando iba a descolgar, Román me quitó el teléfono.

  –¡Dámelo ahora mismo!

  –¿Qué es esto?

  –¿Nunca has visto un Alcatel?

  –Años luz.

  –¡Dámelo!

  –¿Y qué le dirás al jefe? ¿Qué estamos en la puerta esperándole para cenar? Seguro que no pagaría ni la cuenta de un burger.

–Tengo que decirle que voy a llegar de un momento a otro.

Román me miró con fastidio: –Yo que solo quería que estuvieras tranquila… Es que Solo te preocupas del jefe y de lo que dirá.

Vale, parece frustrante, pero era cierto. En mi trabajo para mí el jefe era el punto de referencia. Un GRAN punto de referencia, al único que tenía que hacer caso. Para mí era una responsabilidad obedecerle.

Román me devolvió mi teléfono de kilo, que ya había dejado de sonar, y bajó del coche. Si yo había decidido aparecer, él también tenía que dar la cara. No me iba a presentar y decir que Román se había ido a tomar algo por ahí. Yo también bajé y Román cerró con las llaves el coche. Los dos subimos al despacho en silencio, sin mediar palabra. Seguramente estaba disgustado, pero no pude aclararlo, porque ni siquiera le miré.

Lo conocía desde que empecé a trabajar allí y siempre me había caído bien aunque hubiera oído hablar de sus escapadas. Siempre se mostraba amigable ante los demás y junto a Basilio era uno de los mejores agentes de la organización y no tenía reparo en sacarle de quicio al jefe.

En su justa medida, claro.

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