LA SERPIENTE DE HIELO, CAPÍTULO 10.

¡La serpiente de hielo al fin!

–Esa… es…

–¿La serpiente de hielo? –preguntó el gato, muy extrañado mientras la rata hacía conexiones neuronales. Desde luego le había pillado fuera de juego y muy perdida. ¿quién se lo iba a esperar?

Pasé justo por su lado mientras ella pensaba en ello, mientras la serpiente de hielo huía con muchísima rapidez. De hecho, cuando me asomé por su madriguera ya a penas se veía algo al final. Un simple destello.

Corrí mientras se alejaba por esa gran madriguera por la que había huido. ¡Ya casi no se veía! Sin casi… no se veía. Por mucho que corriera no la alcanzaría nunca: –¡Oh, no! hemos llegado tarde. –gruñí desesperado.

–¿Tarde? ¿por qué? Si pasará otro ahora.

Le miré extrañado al gato pero a penas me dio tiempo a preguntarle porque un siseo empezó a oírse a lo lejos.

¡Volvía!

¡La serpiente volvía!

Y esta vez estaría yo en medio de su camino y la cazaría.

Sin dos dedos de frente

Me planté orgulloso en medio de su camino, pero mi elegante estampa se vio rota por la rata: –¡Quítate de ahí ahora mismo, perro idiota! ¡Te va a matar!

–¡No! Tengo que cazarla.

Y empecé a gruñir, pero la rata seguía apoyada sobre la acera, mirándome desde arriba, fuera de la madriguera: –¡Te daré todas las latas de comida de perro caducadas que quieras, pero sal de ahí ahora mismo!

Susurré entre dientes que este era el cometido de mi vida, pero mi semblante no paralizó a la serpiente, que a pocas estuvo de tragarme, si no fuera por el gato y la rata, que me empujaron hacia un miserable hueco entre la tripa de la sierpe y el suelo. Entonces lo entendí. Nada más pasar sobre nuestros cuerpos me levanté y la seguí corriendo: –¡No es una serpiente! ¡¡¡Tiene patas!!!

–¿Qué tiene…? ¡Esto es increíble! –La rata cada vez estaba más fuera de quicio. La guinda del pastel la puso el gato: –Oye… ¿Ahora que somos? Porque esto no me suena de nada…

Aquel bicho se me había vuelto a escapar, pero otro, o tal vez el mismo tras darse la vuelta, volvía. No sabía si era mi última oportunidad, así que tenía que ser la definitiva.

Para mi sorpresa, aquel bicho paró poco antes de que llegara a mi altura y corrí hacia él, tratando de morderle, pero la rata se adelantó: –¡No, claro que no es una serpiente! ¡no tiene patas, tiene raíles! ¡¡¡Es un maldito tren de metroooooooo!!!

Yo, como podéis imaginar, estaba demasiado ocupado mordiendo la carrocería (sí, sé lo que es la carrocería, después sabréis por qué). No creo que sea necesario decir que no la abollé ni un poquito, pero me dejé los dientes en el intento, y con más frenesí cuando el tren de metro arrancó, pero se me escapó de las patas.

Jadeé, agotado, dándole vueltas a la cabeza sobre cómo podría llevársela a Otoño si a penas le hacía daño mordiéndola pero la rata fue muy tajante. Me cogió del collar con la pata y me estampó en la cara un enorme cartel con un dibujo: –¡Ésta es tu serpiente!

Miré el cartel. En realidad era una gran pintada en la pared con una de esas serpientes blancas y azules que habíamos visto. La verdad era que se parecía al dibujo de Otoño, sobre todo en el fondo, el lugar. Luego, claro está, la serpiente, o en este caso, tren de metro, cambiaba mucho.

La rata parecía haberse quedado sin aire, tumbada panza arriba en el suelo. El gato, saliendo de la madriguera, también pareció sucumbir. Durante casi media hora estuve mirando aquel cartel oyendo pasar trenes de metro tras de mí.

Algunos de los pasajeros incluso me sacaron fotos.

Ánimo para nada

Se miraron mientras me veían venirme abajo al descubrir la realidad.

La rata pareció auto-tranquilizarse y empezó a hablar con el gato. No sé de qué hablaron pero seguro que hablaban de mí. Ya no tenía nada que hacer allí… pero me había quedado con tan mal cuerpo que no tenía ganas de andar. Toda mi energía había desaparecido y fue entonces cuando me di cuenta de que llevaba mucho tiempo sin llevarme nada a la boca.

–Oye…

–Déjalo rata. No tengo ganas del sermón de siempre. No te preocupes. Sé dónde está la salida. Pronto me iré al pueblo.

–¡Yo quiero ir al pueblo!

La rata lo fulminó con la mirada: –¡Gato!

–¿Qué? ¿vamos a comer?

Su cara inocente hizo que la rata, como muchas otras veces, lo ignorara: –No vengo a soltarte el sermón cachorro. Venimos a echarte una pata. ¿Te acompañamos a la salida de la ciudad? Suponemos que ahora con el ánimo por los suelos… ¡en fin!

No dije nada. Simplemente los seguí con paso lento.

Justo al salir del metro, el gato comentó algo: –¿Y si vamos al sitio de los ninjas?

–Deja, deja. Nunca más vas a ser un ninja en un museo. A pocas rompes el…

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