LA SERPIENTE DE HIELO, CAPÍTULO FINAL.

Abrió mucho los ojos y paró en seco. Parecía haber caído en algo repentinamente.

Ambos me miraron: –Tenemos algo que enseñarte.

Aquel fatídico día

La escasa luz que entraba en aquel lugar lo hacía más tenebroso si pudiera.

–Otoño vino hace unos siete años, ¿verdad?

Asentí apesadumbrado, así que la rata continuó: –Mira esta maqueta.

Me apoyé sobre aquella vitrina y vi un tren de metro en una imagen parada pero llena de movimiento. Era uno de esos metros que habíamos visto, pero saltaban chispas por todas partes mientras algunos vagones salían del raíl. No entendía muy bien aquello, pero la rata leyó una insignia dorada: hacía siete años un vagón de metro falló y salió de su carril, provocando un mar de chispas por el rozar de su carrocería al perder pié, en un accidente en el que murieron varias personas.

No me costó trabajo ver allí a Otoño, confundido, saliendo a toda pastilla de allí sin mirar atrás.

No había duda.

Él estuvo presente en ese accidente en el que lo confundió absolutamente todo. Pero no era de extrañar… yo confundí una grúa con una serpiente de hielo, todo nos era nuevo y no entendíamos cómo iban las cosas por allí.

Sin saber por qué, me alegré. Mis orejas recuperaron su sitio original y me alegré. Un temblor recorrió mi espalda y me sentí bien. Mi misión había terminado.

O… ¿quizás no?

–¡Mirad!

Nos acercamos donde el gato estaba, mirando una foto enorme. Eran los restos que habían quedado del tren que hacía siete años avivaron la imaginación de alguien que siempre se basaba en lo científico, pero con tanto miedo a volver, que nunca dijo nada precisamente por esto, por errar en lo que vio y sintió en aquel fatídico día.

La rata se acercó a mí y me dio un panfleto: –Toma, llévale esto a Otoño.

Sonreí nuevamente y tomé entre mis patas aquel papel en el que venía todo lo que habíamos visto en la exposición con gran lujo de detalles. Lo enrollé y lo enlacé con mi campanita.

–Supongo que ya no haces nada aquí.

–No, supongo que no –suspiré apenado–. Pero vosotros tampoco.

–¡Tranquilo! Nos apañaremos. Hemos vivido siempre en esta jungla, ¿verdad?

El gato la miró y asintió.

Una nueva vida

Llegamos a la salida de la cuidad. La luz me impedía ver las estrellas que en el campo volverían a acompañarme.

–Espero no volver a verte nunca cachorro. Así sabré que estás bien.

Me giré para verles por última vez y vi un gato triste y una rata que guardaba la compostura por los bigotes. Fue entonces cuando me di cuanta de que todo no podía acabar así. No había encontrado una serpiente de hielo real pero había sacado mucho más: dos nuevos amigos y entre los tres habíamos resuelto un gran misterio: –Pues… a mí sí que me gustaría volver a veros.

–¿Y volver a liarla parda? ¡pasamos! Nos gusta nuestra cabeza sobre nuestros hombros, gracias.

–¿Y qué me diríais si os dijera que… mi caseta es grande?

El gato levantó las orejas de inmediato, pero la rata pareció reticente: –¿Y compartir mis pulgas contigo? ¡no! ¡ni se te ocurra!

El gato empezó a brincar: –¡Yo quiero una caseta! ¡quiero marcarla! ¡con un comedero! ¡con comida siempre!

–¡Gato! Deja de hacer el idiota y ven aquí.

Yo sonreí: –Mamá rata, creo que tu niño gato ha decidido.

Ella sonrió vacilona: –Pues papá perro… ¡todo tuyo!

Puse una cara de poema, estoy seguro. ¡Menos mal que la rata hizo un último giro!

–Parece que los cachorritos han elegido… ¡Bueno! siempre quise ser una desdentada rata de pueblo. Eso sí, con derecho a una buena biblioteca. Las costumbres de una rata de biblioteca son difíciles de cambiar. Dile a ese amigo tuyo que su santuario ahora tendrá que ser para dos.

Sonreí, estoy seguro que ladré de la emoción de llevarme a mis dos nuevos amigos a mi pueblo, donde ya no tendrían que preocuparse de las penurias de la cuidad (aunque quizás la rata seguiría sufriendo un pequeño vacío humano a su alrededor).

Aso sí, yo me ocuparía personalmente de que nunca más les faltara ni cobijo ni comida… Ni un amigo brasas.

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