PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 10.

10 El agente Basilio

  –O sea, que no habéis pillado a Mario y además no tiene el chip puesto…

  –Felipe ha dicho que el chip ha sido modificado con explosivos. No sé cómo lo ha hecho Mario, la verdad.

  –Nos esperaba… –el jefe parecía consternado.

–Eso parece –corroboró Román–. Hemos perdido todo lo que concernía a la  investigación de campo. ¿Me dejas salir antes por cansancio acumulado? Tal vez así rinda mejor mañ…

–¡Vergüenza, eso es lo que no tienes! ¡Habrase visto! ¡Es que no valéis para nada! ¿No ves que tenías que haber entrado tú en vez de Ainara? ¡Era obvio que a ella le conocía! ¡Y es que encima ni siquiera lo agarraste al salir del bar! Es que eres…

La frase se quedó en el aire por el sonido de un móvil. ¡Otro hecho de oro para ser exactos! El del jefe. Sacó el teléfono del bolsillo, si se puede llamar teléfono, porque daba la impresión de que hasta tenía cafetería, y nos dijo que era Basilio, otro agente. Yo por mi parte, además de quitarme cristalitos de la ropa, empezaba a pensar que los demás pensaban que yo no me sabía camuflar. Realmente, yo sabía que ellos no sabían apreciar lo bien que yo lo hacía.

  –¿Qué tripa se te ha roto Basilio?

La cara del jefe mostró una gran sonrisa mientras Basilio le comunicaba algo que parecía ser importante. La verdad es que era muy difícil verle sonreír. Tenía que haberle contado un buen chiste, o por lo menos, una noticia buenísima.

  –Enseguida van para allá. Y por lo que más quieras, mantenlo vigilado –el jefe apagó el móvil–. Basilio ha encontrado a Mario, le he comunicado que iríais inmediatamente.

  –¡O no! –se quejó Román– Solo falta un cuarto de hora para terminar el horario e irme a casa…

  –¿Encima te quejas? ¡O esto o me las apaño para despedirte!

  –Creo que te voy a pedir la baja por depresión pre-laboral… –Román estaba realmente consternado.

  –Y yo creo que con tus escapadas tengo suficiente para mandarte a la calle sin finiquito –Román no comentó nada más–. Tenéis que ir a esta dirección.

Diciendo esto, nos alargó un papel que había escrito en ese momento con letras atropelladas pero claras.

  –A un cuarto de hora… En cuanto lleguemos ya nos toca libre.

  –No me toques los cojones Román ¿eh? No lo hagas.

  –Dios me libre –susurró.

El jefe bufó y suspiró con resignación: –Esto no va a salir bien…

  –¿Entonces para qué nos molestamos en…?

  –¡IDOS AHORA MISMO! –así se despidió de nosotros empujándonos por la puerta del pequeño despacho.

El jefe miró a su secretaria y echó chispas: –¿¡Qué haces con el abrigo puesto!? ¿No pensarás marcharte?

 –Yo… ¡No! No me voy, lo que pasa es que hace mucho frío. A la mínima corriente ya sabes que me constipo. ¡Achís! ¡Huy! Ya empezamos…

Ese “achís” había sido pésimo y el jefe no tardó en cerrar los puños de la rabia. ¡Menos mal que salimos de la oficina antes de que le gritara! Aún en el ascensor se le oía.

Llegamos justo a las ocho, que era nuestra hora de salida y vimos a Basilio apoyado en una farola con el periódico: –Buenas tardes.

  –¿Qué? –bromeó Román– ¿Jodiendo al personal?

  –¿Eh?

  –Tu horario acaba de empezar, ¿no?

  –No. ¿Por qué lo dices?

  –Ya tendría que estar en mi casa, pero no te preocupes por eso. ¿Dónde está Mario?

Basilio nos señaló un rascacielos con la mirada. Yo no evité preguntar: –¿Cómo iba vestido?

  –No le reconocerías –comentó Basilio–. Verle con deportivas en vez de con zapatos ya es sorprendente. Llevaba un jersey verde y vaqueros. Y claro, gafas de sol, ¡cómo no!

  –¿Verde?

Sí que estaría irreconocible, sí.

Román se tornó pensativo: –Dime que iba borracho.

Basilio contestó serio. No solía pillar las bromas, como siempre: –No.

  –Tendremos que buscar el piso, ¿no?

  –Está de pasada, ahí no hay viviendas. Es un edificio de oficinas, como el nuestro. Lo mejor será esperar a que salga.

  –Igual está tratando con su jefe ahí.

Basilio me miró con cariño: –Sabes cómo son los malos, chiquita. Siempre se guardan las espaldas. Está ahí por otra razón…. ¿cuál? no lo sé, porque ahí no hay irregularidades de ningún tipo. O eso he constatado…

Tan puntilloso como solía ser: –¿Entonces para qué estamos aquí vigilando?

  –El jefe, ya sabes –se encogió de hombros–. Le gusta lo tradicional. Ni siquiera sabe que es de lo más fácil rastrear un smartphone desde cualquier ordenador.

–Bien, que se dé prisita, que me quiero ir a casa –esto lo dijo Román, por supuesto.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s