PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 11.

11 Búsqueda

Al cuarto de hora vimos salir a Mario del edificio. ¿Cómo pudo reconocerlo Basilio? Se le veía indeciso. Seguro que era por el jersey verde. El verde debía de desquiciarlo Solo de pensarlo en un cuadro de un bosque.

Basilio era el colmo de la eficiencia. Con nuestro escueto presupuesto había hecho dos agujeros en el periódico, se había traído en su bandolera unos prismáticos y fijó la vista a la puerta del rascacielos, que estaba lo suficientemente lejos como para poder diferenciarlo.

  –Nos ha debido de reconocer.

  –¿Cómo lo sabes? –pregunté– Está muy lejos como para fijarse en nosotros.

  –Pues parece que se ha fijado. Creo que ha visto el coche de Román.

Román se estiró para ver si su coche seguía aparcado al otro lado de la calle, más cerca del edificio que nosotros.

  –Se va –dijo Basilio como para sí. Luego levantó la voz–. ¡Se va! ¡Se va corriendo!

Román miraba su coche: –Claro, no va a ser en patinete –Basilio ya había emprendido la carrera–. ¿Eh? –Román estaba incrédulo al verlo alejarse y tuvimos que seguirle los pasos.

El periódico se quedó allí.

Por más que corríamos detrás de Mario, no llegábamos a verle en ninguna de las desiertas calles que recorríamos. La verdad es que no sé cómo Basilio, que era el que abría la marcha, podía saber por dónde se encontraba Mario.

Entre jadeos conseguí preguntar: –¿Pero… no ¡uf! no es precisamente a ¡ag! a lo que está…?

Llegamos a la parte vieja del barrio, o por lo menos se le parecía. En un punto, Basilio se paró y miró a su alrededor.

  –¿…jugando?

Basilio no me escuchaba: –Tiene que estar aquí… –dijo angustiado y boqueando– No ha podido alejarse mucho más de aquí.

Román trató de orientarme: –Cuando un objetivo sabe que es perseguido ya no va a ir a reunirse con su superior, así que lo que hacemos es directamente tratar de atraparlo para interrogarlo… antes de que den con él y lo maten sus superiores, claro.

  –El jefe no había dicho nada de esto.

  –Ya, es que lo hacemos automático. Ya nadie se dice nada. Ya pillarás el ritmo –dijo mientras apoyaba su palma en mi hombro.

En ese momento nos sobresaltó un golpe muy fuerte dentro de una de las casas cercanas y los tres nos dirigimos hacia allí.

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