PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 12.

12 Casa en ruinas

Román derribó la puerta con pistola en mano, de hecho, los tres empuñábamos una (las tres eran iguales, para alegría mía). Román nos dio las indicaciones.

  –Básil, tú y yo nos encargaremos del piso de arriba, y Ainara, encárgate de la parte de abajo.

Básil lo miró intensamente y aceptó con inquietud.

  –Ten cuidado Ainara.

Asentí y los dos obedecimos.

Yo mantuve en todo momento la puerta de la salida vigilada. Me acerqué a la primera puerta de la casa. La pobre estaba que se caía. Faltaban muchos ladrillos y el techo ya se estaba agrietando de forma escandalosa.

Abrí la primera de las tres puertas y me encontré con la cocina. Volví la mirada hacia la salida, que no había sufrido variación alguna y miré de nuevo la destartalada cocina. Parecía que no la habían usado en años y es que todo estaba lleno de polvo y telarañas. La verdad era que el rellano estaba mejor cuidado. Aunque no era una maravilla, al menos, era habitable. Tras asegurarme de que no estaba Mario allí y de que una paloma miraba curiosa, me acerqué a la segunda puerta y la abrí. Esta habitación era el salón. Justo después de introducirme en él, vi a Mario salir de la última habitación. Nada más verle me dispuse a seguirle pero un gran estruendo me empujó desde atrás y me tiró al suelo. ¡Había colocado una bomba en el piso de arriba el desgraciado! Seguramente había puesto un temporizador y él contaba los segundos desde su escondite para salir corriendo en el momento idóneo.

Intenté levantarme, pero un bloque del techo cedió y me aprisionó el pie, así que me quedé inmovilizada. En ese momento pensé en Román y en Basilio. ¡Ellos ahí arriba y yo aquí sin poder ayudarlos! Lo único que pude hacer fue coger mi ladrillo y llamar a emergencias para que viniera la ambulancia. Cuando terminé la llamada me sorprendí al ver que Román bajaba por las escaleras. Me alegré cosa mala, era lo mejor que podía pasar por ahora. Bajaba con Basilio a cuestas, aunque con la polvareda me era difícil verlos bien, pero solo estaban ellos en el edificio, así que no era Santa Claus con el saco de regalos.

Les vi salir y casi inmediatamente, Román volvió a entrar a buscarme e intentó mover el bloque sin ningún resultado. Yo intentaba poner de mi parte, pero a penas tenía fuerza en una postura tan incómoda. Los dos sentimos un nuevo temblor. El techo podría derrumbarse de un momento a otro, así que Román se dirigió al salón y sacó de allí una mesa de malas maneras y la colocó encima de mí. Volvió a intentar quitar el bloque. No pudo levantarlo mucho, pero estirando pude sacar mi pie. Yo estaba a punto de levantarme para salir de la casa cuando Román se zambulló en el pequeño espacio que ofrecía la mesa. Acto seguido, todo empezó a caerse. Un gran estruendo se apoderó de todo. Ignoro cuánto tiempo estuvimos petrificados debajo de la que parecía una débil mesa, pero cuando el sonido cesó, me sorprendí al verme abrazada a Román. Los dos miramos el improvisado tejado y los alrededores, que estaban cubiertos por piedras. Solo se había salvado el trecho de suelo que cobijaba la mesa.

  –Gracias –dije tras un largo silencio.

Román seguía mirando la mesa.

  –¿Te encuentras bien?

  –Sí. Gracias de nuevo.

  –¿Crees que el jefe me hubiera permitido que le pasara algo a su novata preferida? –comentó sonriendo.

  –No soy su preferida –dije enarcando las cejas.

  –Por supueeesto que no –levanté un dedo para darle una serie de razones por las que eso no era cierto pero justo miró mi tobillo y sonrió– ¿Desde cuándo una chica lleva botas de monte?

  –Es mi uniforme extraoficial cuando no voy camuflada. Además, me han salvado de acabar con el tobillo hecho cisco, que conste –me puse seria y miré a mi compañero–. ¿Y Basilio? ¿Se encuentra bien? He visto que le bajabas a cuestas.

Román bajó la mirada: –No sé si saldrá de esta.

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