PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 13.

13 La ambulancia

Tras otro interminable silencio, escuchamos la sirena de la ambulancia. Eché la mano al bolsillo para coger el móvil, pero no lo pude palpar, seguramente se habría desprendido cuando saqué el pié de su prisión minutos antes. Al ver mi intención, Román sacó el suyo: –No tendrás más remedio que usar el mío –lo tenía apagado–. Qué raro…

Lo encendió y me lo pasó tras poner el pin. Justo al ir a llamar al jefe para que supiera que estábamos atrapados, el móvil se apagó.

  –¡Maldita sea! La batería…

Tras decir esto, Román recuperó su móvil y se lo guardó. Ni corta ni perezosa, empecé a gritar. Lo último que yo quería era que ese espacio se convirtiera en mi tumba. Pronto empezamos a oír cómo apartaban piedras desde arriba, lo que nos animó para empezar a apartar piedras. Tras media hora fatigosa, conseguimos volver a ver la luz, aunque fuera la de la farola más cercana. Dos enfermeros fueron los que habían hecho de mineros. Los bomberos estaban ocupados preparando el calendario del año siguiente aunque a este aún le quedaran unos meses. No podían dejarlo para más tarde.

Lo primero que preguntamos era qué tal estaba Basilio, pero una ambulancia ya se lo había llevado al hospital. No parecía tener buena pinta. Tenía varios traumatismos. Basilio estaba muy grave y en estado de coma. Habían traído otra ambulancia para nosotros, pero tras dar algún repaso a nuestras heridas, se fueron solos al hospital de nuevo.

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