PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 17.

17 Al trabajo de nuevo

  –Así que viste a Mario salir de la casa… ¡Adela!

Adela acudió al momento al despacho del jefe: –¿Se le ofrece algo?

  –Sí, pregúntales a todos los agentes si han visto a Mario a partir de las nueve de ayer.

  –¿A todos? –dijo con un deje sarcástico.

  –Sí, a todos. ¿Es que le tengo que comprar un sonotone o qué? Y rapidito, que estos tienen que ir a buscarle. –Adela se fue en el acto, ¡pobrecilla si alguno de los agentes no cogía el móvil! El jefe se encaró con nosotros: –El jefe de Mario está ampliando su territorio. Ahora es él el que se encarga casi del ochenta y cinco por ciento del contrabando de esta cuidad. ¡Y no solo contrabando de drogas! También de órganos, armas y de muchas otras cosas. ¡Se pasa el CITES por el bigote!

  –¿El CITES qué es?

  –Dinos algo que no sepamos –repliqué.

  –Ainara –sonrió Román–, estate atenta. Ahora sabemos que tiene bigote.

El jefe lo miró: –Muy gracioso Román.

  –¿A que sí?

  –¡NO!

Román no contestó nada más. El grito del jefe había sido claro y abrumador. Hasta me daba miedo explicarle a Román que el CITES era un certificado para la tenencia de animales exóticos. Sin él probablemente podrías tener un elefante en la sala de estar.

Adela entró en esos momentos al despacho: –Jefe, perdone que le moleste pero…

  –¿Qué pasa ahora? –preguntó de mal talante.

  –Felipe le ha visto hace un par de horas en el parque.

  –¿¡Y porqué no lo has dicho antes!?

  –¡Porque me lo has pedido ahora!

Tanto el jefe como nosotros nos sorprendimos de que Adela le levantara la voz.

  –¿A ti qué te pasa?

  –Nada que te importe.

Y se fue tan ancha. Me alegró que por fin Adela se atreviera a levantar la voz y enseñarle al jefe que ella también valía para gritar.

  –Es normal, jefe –dijo Román–. Es que la tienes estresada a la pobre y además con el querido entre la vida y la muerte…

Iba a comentar algo cuando el jefe nos dijo que fuéramos a ver a Felipe. ¿Ese bueno para nada había visto algo? ¿En serio?

Nada más salir, Román me comentó: –¡Cómo están los ánimos!

Sí, era cierto. El jefe parecía que quería controlar la ira que sentía contra el comentario de Román mirando intensamente una pajarita de papel que tenía sobre la mesa.

–Esa pajarita tiene gran peligro –dije.

–¿Con el cariño que le tiene? Podríamos sobornarle con el papelito ese. Lo tiene ahí desde que tengo memoria. Ese papel fue blanco en una época.

No quise preguntar porqué. Preferí pensar en el trabajo y centrarme en cómo descubriríamos a Mario. Y centrarme en mi medio de transporte, claro. Sabes a lo que me refiero.

Llegamos enseguida. ¡Quién pudiera tener un sofá de esos en casa! Creo que me estoy repitiendo…

Llegamos al parque en poco tiempo. Al menos a mí se me hizo corto.

Nos encontramos con Felipe, un tipo al que habían contratado nadie sabe por qué. Decían que era el hermano secreto del jefe en plan chascarrillo, porque no era cierto.

–¡Hombre, Felipe! ¿Tú vigilando a Mario? ¿Desde cuándo haces horas extras?

Cogió la lata de cerveza y se la terminó de un trago: –Ya ves, uno que tiene que ganarse la vida duramente.

  –¿Y Mario? ¿Dónde está? –Pregunté.

Quería terminar aquello cuanto antes.

  –¿Mario? ¿Qué Mario?

Román trató de recordarle que estaba en ese banco bebiendo cerveza caliente por una razón concreta: –Un malo con gafas de sol. ¿Te suena?

  –¡Ah, sí! Recibí el boletín. Pues está… por ahí, creo. Lo vi hace unas horas.

Este era Fermín, un tipo que se valía de una cerveza en lata como única munición para todo. Ya nunca se le daba el horario de noche por el riesgo de juntar el trabajo y la juerga. Una vez interceptó un alijo importante de costo y la mejor forma de deshacerse de la mercancía que pensó fue invitársela a todos los yonkis del parque de los caídos.

  –¡Hey, Ainara! Me miras como si hubiera hecho algo malo.

  –Hombre, lo del otro día con los explosivos de Román y después perder al único enlace que tenemos para encontrar al mayor…

  –Mi deber era otro. No me pagan por hacer vuestro trabajo.

Puse los brazos en jarra: –¿Y se puede saber cuál era tu trabajo?

Su mirada resultó confusa y puso su mano derecha bajo su mentón mal afeitado: –¡Hostia! Pues no lo recuerdo. Bueno… sea lo que sea, debo de estar haciéndolo, ¿no? Digo, ¡somos espías! Solo miramos, vemos a la gente pasar y… ¡Yo qué sé! En una organización secreta se guardan secretos, ¿no? Puede que mi misión esté envuelta en ese secretismo que…

Dejé de escuchar hacía rato. Seguro que en un plano aéreo de la ciudad aparecía él y su inseparable lata de cerveza en ese mismo banco. No aguanto a los borrachos, y menos a los borrachos filósofos.

Me fui. Si de verdad Mario había estado en el parque, seguramente ya habría cerrado algún pacto con cualquier intermediario y se había largado.

  –¡Ainara! –me llamó Román. Pero no le hice caso.

Antes de perderlos de vista escuché a Felipe decir algo así como “tu novia se ha enfadado contigo” y de verdad no tenía ganas de escuchar cómo seguía la conversación sin sentido porque con Felipe siempre iban por ahí los tiros.

Seguí mirando el parque, las basuras, los bancos… era probable que Mario hubiera dejado algo por allí. Poco probable… pero menos daba una piedra.

Volví con un canto en los dientes, para satisfacción de Fermín, que vaciaba otra lata con avidez. No sé dónde las guardaba, pero siempre tenía alguna a mano.

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