El mendigo y la niña, 1047 palabras.

Salió del contenedor refunfuñando, y no por haberse manchado la ropa. Su prenda perfectamente podría haber empeorado la calidad de lo que la gente había tirado ahí.

Al pisar el suelo fue consciente de que una niña lo estaba mirando como si fuera un escaparate y aún no supiera qué vendía esa tienda.

—¿Por qué te han tirado a la basura? —preguntó la pequeña.

Por respuesta el hombre harapiento vio lo que cargaba la niña en sus manos. Era una cesta de goma llena de botellas de vidrio vacías.

—Dame eso.

La niña retrocedió y sonrió: —¿Cuál es la palabra mágica?

—¡Dame esas botellas! —espetó.

—No. Las tienes que pedir por favor.

Él dio un respingo y parpadeó confuso.

—¿Por favor?

La pequeña se adelantó hacia él y le dejó ver las botellas de licores casi vacías. Tomó la que estaba más accesible y chupó la boquilla con avidez.

—Tienes mucha sed… —dijo la pequeña oliendo otra botella y arrugando la nariz ante el desagradable olor. El hombre al que habían tirado a la basura se la quitó de las manos y empezó a beber lo poco que quedaba.

La pequeña empezó a descargar la cesta, esta vez dejando las botellas fuera del contenedor y se marchó.

Al día siguiente, por puro azar, el hombre volvió a pasar a la misma hora por esos contenedores. La niña apareció con la cesta de botellas.

El hombre, confuso, vio adónde se dirigía la pequeña tras descargar tan codiciado alijo. Había un pequeño bar en la acera de enfrente. A través de la ventana vio cómo la niña hablaba con dos ancianos que jugaban al dominó sentados en una de las mesas del bar.

Un día después trató de probar suerte y fue al mismo sitio y a la misma hora. La niña, puntual, apareció con la cesta de botellas. Esta vez algunas tenían algo más que un culín.

—He visto que no funcionan las fuentes —dijo dándole una de anís que tenía al menos un dedo de altura de líquido.

—Gracias.

—¡De nada!

La niña sonrió abiertamente y empezó a dejar las botellas en la acera.

—Oye… ¿Cómo te llamas? —preguntó él.

No sentía curiosidad real por la niña. Simplemente se sentía agradecido por un gesto que hacía mucho tiempo que nadie tenía. Tratarlo como alguien, no como algo.

Sin darse cuenta ambos empezaron a hablar. De nada importante. De la clase de matemáticas, de los juegos del recreo, del dibujo que hizo después de la tarea…

—¿Vas al trabajo, como mis papás? —preguntó un día la niña al darle una de las botellas.

—No, pequeña. No tengo trabajo.

—¿Te ha tocado la lotería?

—¿La lotería?

—Papá dice que a los que le han tocado la lotería no trabajan.

El hombre desaliñado sonrió y negó con la cabeza, haciendo bailar el licor de una botella.

—Sí pequeña… algo así.

Los días fueron pasando. Cada día a la misma hora se encontraban y compartían una escueta conversación.

Sin darse cuenta, el alcohol ya no era lo más importante de las seis de la tarde. Era volver a ver a la niña y preguntarle qué tal había ido el día, pero todo cambió. La gente del barrio había visto cómo a menudo la niña y el hombre abandonado compartían botellas vacías. Hubo a dos personas a las que ese momento de la tarde se convirtió en lo más temido del día.

Esa tarde aquel hombre no se encontró con una niña, sino con el padre, que le levantó de las solapas de la raída camisa amarillenta y lo estampó contra el contenedor.

El mendigo forcejeó sin entender qué estaba pasando hasta que escuchó la voz crispada de su contendiente.

—No quiero que te acerques a mi hija nunca más.

Dejó de luchar al entender qué estaba pasando. Se llevó la mano a la nuca, donde se había golpeado más fuerte contra el contenedor.

—¿Entendiste? Soy camarero. Soy el confesionario de todo el mundo. Sé quién eres, viejo borracho. Sé qué hiciste. No la vuelvas a esperar, no le hables, no quiero que te acerques a ella.

Asintió, placando un poco la ira del padre, quien le soltó bruscamente empujándolo de nuevo. Perdió el pie y acabó tirado en el suelo. De nuevo la vida le había puesto en su sitio.

Tuvo la tentación de volver al contenedor. Hizo y deshizo el camino varias veces. Terminó llegando tarde gracias a su indecisión.

No había botellas en el suelo. Al día siguiente supo por qué. Escondido tras una esquina dos calles más allá pudo ver que era el padre el que sacaba las botellas al contenedor frente al bar.

Fueron pasando los días, inexorables, y fue perdiendo las ganas de pasar por esa calle, que había perdido por completo la razón de ser. Se preguntó a sí mismo por qué de repente le había empezado a dar miedo pasar por ese punto, si esa calle estaba en el barrio en el que vivía. Si no pasaba a las seis no habría ningún problema. Trató de convencerse a sí mismo de que no pasaba nada, de que podía volver a cruzar esa calle como ya lo había hecho antes miles de veces.

Juntó el valor para hacerlo y pasó casi de puntillas mientras las farolas empezaban a encenderse. Al pasar junto al contenedor no pudo evitar mirar hacia el suelo, donde la niña dejaba las botellas para él.

Había una.

Tenía el color extraño de la plastilina cuando mezclas todos los colores y queda algo horrible, pero con ese toque alcohólico que no le defraudaba en el estómago.

Se agachó para recogerla. Eran como tres dedos de altura de alcohol.

Le dio un trago a la fuerte bebida y reconoció en su chef ese inequívoco infantilismo propio del destino de los refrescos en la merienda del cumpleaños de un niño.

Alzó la vista y miró al bar. La niña jugaba al dominó con un anciano, al lado de su copa de vino.

Él pensó que no era tan distinto de ese anciano.

La pequeña le había dado el valor para salir de su jaula emocional.

No iba a dejar que el esfuerzo de una niña por conocerlo cayera en saco roto. No quería perder su amistad. No quería dejar de tener ilusión por algo.

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