PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 22.

22 La pajarita

Tomé aire delante de la puerta del despacho del jefe después de que Adela me hubiera dado una docena de vasos de agua de plástico con sus respectivos vasos porque de lo que me requeteaban los dientes terminaba comiéndome los bordes y rompiendo el culo.

Abrí la puerta despacio dejando sonar el chirrido de las bisagras de la puerta en forma de disculpa. Cuando me digné a mirar al jefe estaba sentado en su silla con las manos entrecruzadas dejando un apoyo para su frente cansada. Levantó la cabeza y me hizo un gesto para que me sentara, todo ello sin un ápice de enfado.

  –Yo…

Hizo otro gesto para que me callara y volvió a entrecruzar las manos.

Tras un corto silencio se decidió a hablarme: –Ainara… Lo tenemos.

  –¿Lo tenemos? ¿Qué tenemos?

  –El método que usaba Mario para comunicarse con su jefe.

  –¿Qué?

Entonces me miró y sacó un teléfono. El teléfono que encontré en el parque. Esa birria de teléfono. Entonces se explicó: –Son teléfonos sin registrar, de prepago sin internet. Nadie sabe nada de quien tiene este teléfono, ni siquiera su operador. Ilocalizables. Se mandaban por correo ordinario. Nada sospechoso.

  –Eso no puede ser. Todo teléfono…

  –Están a nombre de fallecidos.

Me quedé mirando al hombre que tenía delante: –¿Cómo que están?

  –Todos. Todos los teléfonos que has ido recogiendo en las rondas y has llevado a objetos perdidos tienen algún que otro número en común. Si no tenemos a gran parte de la banda de Mario la tenemos toda.

  –Pero… Si están a nombre de fallecidos…

Pareció perder la paciencia: –¡Tenemos datos en los putos ordenadores!

Volví a callar al momento.

  –Es complicado que lo entiendas. Ainara… ¿Sabes qué significa esto?

Yo tenía una mano agarrándome la otra. No quería aventurarme.

  –Estamos muy cerca. Hemos llamado al teléfono que creemos que es de Mario y hemos quedado con él en un sitio apartado muy de su estilo; en una fábrica abandonada. Ainara… Hemos quedado mañana. Y ha aceptado.

Su mirada era seria y penetrante. No sabía bien qué quería decirme con todo eso, pero era algo muy importante.

Y no me estaba enterando.

¡Y no me estaba pispando de nada, maldita sea!

El jefe se masajeó la frente, cansado: –Ainara, casi lo tenemos. Por fin nuestra organización podría llegar a ser lo que fue, conseguir unos fondos para…

  –¿Eso es lo más importante?

  –Ainara… –y tomó el origami que siempre tenía sobre la mesa, envejecido por el tiempo– Ainara… En cuanto cojamos a ese cabrón aparecerá otro. Las armas, las drogas, las mujeres… mueven mucho dinero. Solo haremos una pequeña tregua. Eso lo tienes que tener presente. Por supuesto que levantar esto no es lo más importante, pero es lo máximo que vamos a conseguir. Solo quiero preguntarte si quieres formar parte de esta misión.

  –¿Qué?

  –Será peligroso.

  –Pero… Eso no es algo que tenga que decidir, ¿no?

  –Sí… Deberías, porque tú, aunque tal vez por ti hayamos conseguido estrechar el cerco creo que sigues pensando que eres una simple cuidadora de objetos perdidos. Decidas lo que decidas quiero que esto sea privado, yo hablaré con los demás mañana. ¿Estamos?

Tras esto el jefe empezó hablar sobre estrategias posibles para asaltar la fábrica, pero no tenía la cabeza en ese momento.

Estaba lejos de allí.

Pensaba en “eres una simple cuidadora de objetos perdidos”.

Una cosa es que lo pienses y otra cosa es que te lo digan.

Dolía mucho más la segunda, sin duda.

Lo curioso del tema es que cuando te lo dicen lo niegas inmediatamente aunque en el fondo sepas que es verdad.

El jefe dio por terminada la charla de una forma curiosa: –Mañana es el día. Quiero que decidas si actuarás o no.

Y puso la pajarita entre mis manos.

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