PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 23.

23 En el hospital

Salí del despacho sin sangre en el cuerpo y extrañada, agarrando la pajarita con cuidado.

Adela paró de recoger todo: –No he oído gritos, así que pensé que estabas bien. ¿Algo interesante?

Sacudí la cabeza: –No… No mucho. Oye, ¿Qué tal Basilio?

  –Voy a ir a verlo ahora.

  –Te acompaño.

No lo pensé. En serio, no lo pensé. Quería hablar con alguien, lo necesitaba. Me sentí egoísta al ofrecerme a ver a una persona malherida solo por mi estúpida autoestima.

Diez segundos antes de que tocara el reloj Adela había apagado el ordenador, había cogido las llaves, se había puesto el abrigo y esperaba de pie, con la mano en el pomo, mirando con ansia aquel círculo animado y al llegar el segundero a la hora en punto salió rápidamente sin esperar nada por parte del jefe.

Su paso era muy rápido. De normal lo era, pero en el pasillo que le separaba del fin de turno era casi un gamo que solo se tranquilizó cuando tocó con sus tacones las baldosas de la calle, donde se relajó.

  –El autobús del hospital está a solo dos manzanas en esa dirección –Dijo señalando al norte.

  –¡Señoritas!

Adela miró al coche aparcado en doble fila: –Hola Román.

  –¿A dónde vais?

  –Al hospital a ver a Basilio.

Abrió la puerta del coche sin decir nada más. Adela y yo nos miramos. Ella en principio rechazó la invitación, pero a mí me costaba más. Seguramente porque ya lo había probado y decidí en ese momento que ella tenía que probarlo también.

Cuando llegamos a Román le fue imposible encontrar un sitio para entrar él también, así que solo entramos nosotras a la UCI. La verdad, fue chocante verlo en coma en aquella cama de hospital. Solo el tiempo decidirá si se levantará de nuevo algún día.

Estaba cubierto de algodones y vías en brazos ya amoratados. La cabeza la tenía vendada y olía a medicamentos de forma asfixiante. No quería admitirlo, pero no le daba una buena jugada de cartas a Basilio contra la muerte. No tenía ni las tres piezas para jugar al tres en raya.

Adela le acariciaba paulatinamente la poca frente que le dejaba la apretada venda con un sentimiento muy fuerte.  

  –Lo acababan de llamar –dijo ella–. Lo habían llamado para un cargo importante… pero se negó.

Yo miraba la escena como si no fuera conmigo. Parecía mentira que solo el día anterior hubiéremos salido a escape tras Mario hacia aquella casa marginal y maltrecha. Pensé en mí misma en aquella fábrica que todavía no conocía en la que al día siguiente acudiría y sentí miedo.

Necesité decirle a Adela todo lo que había hablado del jefe, pero no pude dejar de escuchar lo que Basilio le había contado días antes, que había renunciado al trabajo de su vida porque implicaba viajar lejos y ambos pronto iban a tener una bonita vida en común.

Me sentí peor todavía, si cabía, al sorprenderme tratando de sacar mi tema a relucir. Cuando me di cuenta simplemente seguí escuchando hasta que Adela se desahogó en mis brazos hasta notar cómo sus lágrimas llegaban a mis hombros.

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