PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 24.

24 Una revelación

 –¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

No. No me encontraba bien. No me encontraba en ningún lado: –Sí, estoy bien.

  –No lo parece.

Suspiré mirando al suelo del coche.

Había una pelusa.

  –¿Tienes hambre? En casa debo tener algo de comida.

Y un capuchón de bolígrafo.

  –¡Ainara!

  –No, la verdad es que no…

  –Entramos ya en el garaje. Al menos toma algo para tranquilizarte. Ver a Basilio ha debido de trastocarte… Los médicos no lo pintaban nada bien.

En ese momento recibí un mensaje de Adela. Me daba miedo abrirlo, pero lo hice.

Basilio había fallecido.

  –¿Es Adela?

Asentí.

El silencio pareció ser suficiente para que él lo entendiera.

Subimos a su casa desde el garaje. Pronto sacó un par de copas y trató de animar un poco la fiesta, que tenía más pinta de asociación de deprimidos: –¿Y cómo has salido ilesa de la furia del jefe? ¿Lo has dejado afónico? ¡Eso sería genial!

Di vueltas a mi copa. Miraba cómo el vino tintaba el cristal y se bamboleaba  al son de mi muñeca.

Román me dedicó una mirada triste: –¿Ainara?

Levanté la mirada: –¿Sí?

  –¿Todo esto es solo por Basilio?

  –¿Qué “todo esto”? ¡Si ya te he dicho que estoy bien! Estoy genial, lo que pasa es que tengo sueño. De que me termine un par de botellas como el triple de ésta seguro que me encuentro mucho mejor. ¡Como nueva! Entonces seré feliz y me comeré todas las perdices de la cuidad. Como te digo, mi apellido será Yupi y viviré en Felizonia en la calle Supermegachachi.

Román rió con fuerza: –¡Vaya! Basilio era todo un rompecorazones. Tendré que preguntarle a Angelina Jolines si también estaba enamorada de él –y bebió un primer trago de su copa mientras yo ya me servía la segunda.

  –No… No te confundas. Eso era territorio de Adela.

  –¿Ahora somos territorios? Dime que no soy el de Ángela. Me harías un favor. Cualquier día le pondrá a su escoba un motor de cortacésped y moriremos todos.

  –Eres un exagerado.

  –¿Como cuando tuneó el carro de limpieza? Le puso ruedas de moto, lo pintó de rojo sangre metalizado con escobas pintadas en dorado y plateado y sobre todo las cuchillas eléctricas que instaló en la fregona para que no se la moviéramos cuando la dejaba atravesada en las puertas.

  –Eso fue muy surrealista, la verdad.

  –¿Cómo tú con tu cara larga?

Volvió a beber con disimulo, como si la cosa no fuera con él a pesar de que llevaba rato tratando de meter la zancadilla.

  –No… No tengo ganas de hablar.

Román soltó la copa para quitarme una cosa del bolsillo de la chaqueta. Me fue tan inesperado que no reaccioné.

Puso esa cosa en la mesa.

Puso la pajarita mirando hacia mí.

  –¿La recuerdas?

  –Claro, es la pajarita del jef…

  –No. No lo recuerdas.

Me rasqué la nuca en un gesto que no daba dudas de su intención.

  –Recuérdalo mejor.

Era una maldita y vieja pajarita de papel barato. ¿Qué tenía que recordar? ¿Se hizo antes de la guerra?

  –Siempre ha sido tuya.

Arrugué el morro. Eso sí que me había pillado por sorpresa: –¿Mía?

Román asintió– Sí. Verás… Recuerdo cierta excursión de instituto.

Se me heló la sangre: –Recuerdo aquella excursión… ¡Je! Salí de allí queriendo ser agente secreta. ¡Qué ilusa!

Román sonrió: –El caso es que el jefe también pensó lo mismo cuando le diste esta pajarita. Juró que volverías y que harías algo grande por la organización. Y parece que así va a ser.

  –Todo lo ha hecho el jefe. Yo… –en ese instante recordé que no tenía que decir nada, así que cambié el tema– Un momento… ¿Tú dónde estabas allí? ¿De qué sabes todo esto?

Volvió a sonreír: –Era un ayudante que ni pinchaba ni cortaba. ¿Pero sabes qué? Deseaba que tuviera razón.

Me sentí contrariada: –Yo era una cría.

Se encogió de hombros: –Yo también. ¿Qué nos llevamos? ¿Seis años? Quince y veintiuno. Antes podía ser una barrera, pero ahora no. El tiempo lo cambia todo.

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