PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 25.

25 El umbral

  –Quince y veintiuno… –repetí.

Román sonrió suavemente con los ojos cerrados. Hacía ya tiempo de aquello: –Diez años… –se tornó triste– Y te han sentado de pena.

  –Yo no valgo para ser una súper agente.

  –Claro, y por eso dices que todo lo ha hecho el jefe cuando él se ha quedado en el despacho calentando la silla –no sabía hasta qué punto sabía él del tema–. Seguro que hasta le has creído eso de que no le cuentes a nadie lo de los teléfonos y que nos lo diría mañana.

  –¿C-Cómo?

  –Si hubieras ido a otra organización hubieras sido mucho más. No te hubieras encasillado en lo que te predestinaron.

Me sentí traicionada, ¿por qué no negarlo?: –¿Qué te ha dicho el jefe?

  –Todo.

  –¿Lo de la fábrica también? –asintió– ¿Todo lo de Mario os lo ha dicho?

  –Bueno… no te sientes tan mal, ahora mismo sin Básil no tiene muchos agentes decentes en activo.

Recordé a Felipe en aquel momento y sí, su lata valía más que él.

Acabamos la velada hablando del tema que tanto quería rehuir de la quedada con Mario a la tarde siguiente y rehusando a que Román sacara el coche del garaje de nuevo para llevarme a ninguna parte.

Insistió de forma encantadora, pero necesitaba andar para encontrar mi lugar en todo el asunto de Mario… y de mi vida.

Román se despidió de mí con un beso en el umbral del piso.

No sabía decir si era por la botella de vino que me trinqué yo sola en ese rato o que necesitaba que alguien me dijera que yo podía con aquello, pero soñaría con que aquel momento se repitiera muchas noches tras haber ocurrido.

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