LA MONEDA: capítulo 1.

LA MONEDA, CAPÍTULO 1.

De normal apagaba los datos del teléfono por la noche para evitar exactamente lo que me pasó. Me mandaron un mensaje que me despertó demasiado pronto para tratarse del fin de semana. Y no fue solo uno… tras ese se sucedió una cascada de pitidos cargantes.

Me desperecé, me levanté de la cama, me puse la ropa de arriba y fui al salón. Era, por definición, un piso de solteros al uso. Desordenado y pequeño, con un vago tirado en el sofá.–¿Los has visto, Andrei? ¿A que son buenísimos? –dijo levantando solo la cabeza para asegurarse de que era yo.–¿Qué te he dicho de mandar memes cuando vuelves de empalmada? –pregunté sirviéndome un zumo. Me gustaba tener zumo porque Ben nunca tocaba nada que hubiera salido de un árbol. Aunque tal vez de algún determinado tipo de arbusto…–De normal no te despierto. Los sueles ver mil años después.

Dejé el brick sobre la encimera. Solo había un par de tragos, para mi decepcionado paladar.

Tomé un pantalón del suelo. Ignoraba si era mío o de Ben porque era un pantalón vaquero completamente normal, pero al menos estaba razonablemente limpio: –Sí, es que espero noticias de Laila.–Milos no te va a decir nada, ya lo sabes.–No debería tenerme celos –dije mientras me anudaba las deportivas.

Ben entornó los ojos. Siempre lo hacía cuando se sacaba el tema.–Laila y yo solo somos buenos amigos. El peligro lo tienes tú.

Y le lancé una manzana que soltó como si estuviera ardiendo. No tuvo tiempo de recriminarme porque salí de casa tomando las llaves rápidamente.

El día aún estaba en su primer estadio, a punto de comenzar la primera parte del partido. Como buen jugador que se preciara me fui al banquillo del ultrarrápido que recorría todo el mundo por el subsuelo, camino al hospital.–Laila… –susurré mirando la negrura al otro lado del cristal.

Nos habíamos juntado para el cumpleaños de Nancy. Le habíamos regalado un tatuaje para la parte de su tobillo que aún estaba sin tatuar (ese espacio era realmente pequeño, así que barato) y Laila empezó a tener problemas para mantenerse de pie. No podía hablar, no podía caminar sola y no podía sonreír. Al rato de llegar al hospital nos confirmaron que había tenido un ictus y aunque habíamos actuado muy rápido no había garantías de que se recuperara. Al menos por aquél entonces.

Llegué al hospital y esperé a que diera la hora de las visitas leyendo los carteles sobre los ictus. Ya los habíamos leído muchas veces. Yo mismo podría hacer una copia de memoria de todo el texto. Ni en clase de lengua me aprendí mejor ningún poema.–Oh, Andrei…Me giré: –Hola Milos.–Os avisaré si mejora. No hace falta que vengas todos los días.

Milos llevaba lustros sin afeitarse y los días de vacaciones que había cogido para hacerse cargo de Laila y de su hija en común empezaban a acabarse. Se notaba que le había dado muchas vueltas a las peores jugadas que le tenía preparada la vida.–No vine ayer –contesté–. Además, deberías descansar.

Se sentó en las sillas ancladas de plástico. Más bien se dejó caer haciéndolas chirriar.–Entiendo que quieras hacerte cargo tú solo –continué–, pero no puedes. Déjanos ayudarte. No eres el único que solo te tienes a ti mismo de familia.

Se pasó la mano por el flequillo de pelo grasiento y canoso. Todos teníamos algo en común, y era que de pequeños nos habíamos encontrado solos. En el pasado no éramos más que un puñado de críos, pero ya sabíamos lo que era no tener familia, por eso nos hicimos una entre nosotros en el orfanato. Por eso quería ayudarlo.–¿Dónde está Fivit?

Me miró con ojos cansados. No respondió porque apareció una enfermera y nos dijo que ya podíamos pasar y que si el médico daba el visto bueno ese mismo día Laila abandonaría la UCI y tendría una habitación en planta. Eso era muy buena noticia.

Iba a pasar tras Milos cuando su mano empujó mi pecho.–No quiero que entres –dijo serio.–¿Qué? ¿Por qué?–No tengo que darte explicaciones. Quiero que te vayas.–Pero…Y me cerró la puerta en las narices. Desde ahí no veía nada más que sombras al otro lado del cristal traslúcido, y solo porque había algunos puntos de luz más destacables que otros.–¿De verdad estará celoso? –me pregunté a mí mismo, abandonando aquella zona del hospital.

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