PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 26.

26 No va a funcionar…

Pasé por el ring de Noa y me sorprendí al verlo reír a carcajadas. Nunca lo había visto reír.

  –¡Deberías hacer eso más a menudo!

Noa me miró al momento. Todo su aspecto divertido desapareció. Cambió a una mueca irónica: –¿Crees que los humanos se lo merecen?

  –Yo… ¿Por qué no? Creo que sí.

Cerró los ojos y negó con la cabeza. Enseguida cambió de ademán: –El jefe nos ha convocado a todos. ¿Habéis conseguido hacer algo grande con el caso de Mario?

Todo volvió a mi cabeza otra vez. Se me había olvidado todo por completo: –Pues… Parece ser…

¿Noa no sabía nada del tema?

Aparecimos religiosamente todos en la reunión, pero Román no parecía ser religioso. Y claro, Felipe llevó un sexteto de cerveza barata. El jefe ni se inmutó con tal comportamiento. De hecho Noa se llevó un perro y lo sentó en una de las sillas, tal vez para hacer bulto. Adela también estaba allí, y Ángela no se había olvidado de sus trapos y limpiaba su parte de la mesa. Desde luego era una situación extravagante… Entre el perro que tenía a mi izquierda y la silla del revés a mi derecha en una mesa de veinte invitados la reunión dejaba mucho que desear: –Em… Pensaba que trabajábamos bastantes más.

  –¡Usa un maldito babero, guarro!

Ángela era toda una guerrera, pero Felipe necesitaba mucho más para no manchar la mesa con sus cervezas: –Tráeme un cuchillo y un tenedor para beberme la cerveza y entonces hablamos de lo que colocan tus productos de limpieza.

Adela suspiró: –Esos dos hacen el ruido de cincuenta, seguro que por eso parecíamos muchos más.

El jefe esperaba con las manos entrecruzadas a que la discusión parara. Acabó en el momento en el que Ángela partió un palo de fregona en la cabeza de Felipe.

  –Tenemos algo muy importante entre manos, hemos quedado con Mario en la fábrica de impresoras de las afueras.

  –¿La que quieren convertir en vertedero? –preguntó Noa.

  –Exacto. Tenemos unas horas y esta vez no tiene que salir nada mal.

Levanté levemente la mano: –¿Y Román?

  –Él está allí vigilando.

Noa ladeó la cabeza.

Felipe se sintió ofendido: –¡Hey! Las vigilancias se me dan mejor a mí.

  –A ti lo único que se te da bien es beber –dijo Ángela con suficiencia.

Adela cayó en la cuenta: –Ángela… ¿Qué pinta en todo esto?

  –Hoy va a ser una agente más.

  –No tiene licencia de armas.

  –Sabe manejar la fregona.

  –Pero las normas de la contratación del grupo de limpieza estatifican que…

El jefe perdió la paciencia: –¡Hoy no, ¿vale?! Hoy es un día importante, hoy vamos a levantar esto y necesito de todos ¿estamos? ¡POR DIOS! ¡Dejaos de tonterías de mierda y escuchadme de una maldita vez! No tenemos el mejor equipo, no tenemos los mejores agentes…

  –¡Eh! –Felipe se dio por aludido.

  –¡Pero podemos con esto! Nuestro dispositivo…

  –Cuenta con una chacha homicida –dijo Noa apesadumbrado–. Deberíamos llamar a la guardia civil para que nos den apoy…

  –Para que se lleven el mérito, ¿no? ¡Ainoa, por favor!

  –¡Ja, ja, ja! ¿Ainoa? –Felipe era feliz en su simpleza.

  –Mi hija se llama igual. Es un nombre precioso –comentó una Ángela feliz. Dudaba que existiera la felicidad en su vida… y un marido. Sentí lástima por él. Seguro que en su casa estaba terminantemente prohibido pisar el suelo bajo ninguna circunstancia.

Poco después me enteré de que estaba muerto.

Tenía sentido.

  –¡Por favor! Es nuestra última oportunidad para crecer, para volver a ser lo que fuimos. Tendremos veinte agentes por cada perro de Noa.

  –¿Cien agentes?

  –No. ¡Dos mil! Tenemos que centrarnos para que todo –se giró hacia Felipe– no falle de nuevo.

  –Yo no dejé esa lata allí aquella vez.

Adela parecía que recordaba el dato: –Una cerveza vacía llena de explosivos. ¿Dónde encaja eso?

  –¿Cómo osáis a pensar que yo sería capaz de llenar una preciosa lata de cerveza de explosivos? ¡Por el amor del cielo! ¡Es más horrible que poner una bomba en un colegio! ¡Mira que mooona! –y acarició su última lata.

Todos nos quedamos mirando la escena en la que abrazaba ese pedazo de inanimado metal y por mi cabeza apareció la grotesca imagen de un posible hijo de Felipe hecho con latas de cerveza importada al que llevaba a jugar al fútbol los fines de semana.

El jefe se tapó la cara con las dos manos en un gesto desesperado: –No va a funcionar…

Adela sintió pena por él: –Venga, muchachos, por favor. Después de esto tendréis tres días de fiesta, como si muriera un rey –todos la miraron con interés–, así que prestar atención.

Señaló al jefe de forma cordial, creando un puente a la atención, aunque fuera por unas breves vacaciones. El jefe pareció animarse. Asintió sonriendo y relató el plan como si dispusiera de unos súper agentes que no tenía.

Ellos lo notaron y se le quedaron mirando.

  –Para ese plan necesitamos al menos diez humanos –comentó Noa.

  –Conductos de ventilación –sentenció Felipe bebiendo su última cerveza–. ¿Quieres que me meta por los conductos de ventilación? ¿Con mi tripa cervecera? ¡Si salí de cuentas hace cinco años! –y se levantó la camiseta para corroborarlo en una imagen surrealista de unos michelines que lo abarrotaban tooodo. Cuando se dice todo es TODO.

Noa se tapaba la vista con una mano mientras el perro sentía curiosidad por la manteca: –Los conductos deben estar en muy mal estado, se caerían.

Adela miraba al centro de la mesa tratando de distraerse: –La derecha sería rodear el edificio cuando Mario esté bien dentro. Pero no somos suficientes.

  –Yo mientras no tenga que limpiar esa fábrica vieja… Y si hay que hacerlo tendré que cobrarlo –Ángela miraba por ella, lo que estaba muy bien…

El jefe gruñó entre dientes ante la evidencia, así que me puse firme ante tal disparate: –Mire jefe, dispone de una limpiadora, una encargada objetos perdidos y de retratos robots, de una secretaria, de un adiestrador de perros, de un agente que ahora está en el punto de encuentro y de… –miré a Felipe y me estremecí– y de…

Felipe hizo un gesto con la mano como para que siguiera la frase, pero no pude.

  –Artificiero. Desactivo bombas y todas esas cosas.

  –¿En serio? –Ángela estaba muy sorprendida– ¿Esta COSA se encarga de los fuegos artificiales?

  –No, en realidad soy el que dobla los arcoíris, ¡no te jode! Atornillo cuernos a los caballos en mis tiempos libres para que sean unicornios.

  –Esto no va a funcionar… –sentenció el jefe de nuevo.

Hasta el perro pareció negar con la cabeza.

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