LA MONEDA, capítulo 2.

LA MONEDA, CAPÍTULO 2.

Era demasiado pronto como para hacer algún tipo de vida social, así que no sabía qué hacer con mi tiempo y paré a mirar las máquinas expendedoras. No había desayunado en condiciones.

Algo me tocó el hombro izquierdo. Miré hacia esa zona, pero no había nadie. En cambio tras el derecho sí que había alguien.

–Hola Alexandra. ¿Qué hay?

–Ganas de ver a la enfermita. ¿Tú qué tal está?

–Hoy la pasan a planta, pero está Milos con ella. No está de muy buen humor, no me ha dejado entrar a verla ni cinco minutos.

Ella miró hacia el pasillo por el que me había visto venir. Después me agarró el buff y lo recolocó: –¿No tienes calor con esto? Deberías cambiar de look.

Sin pararme a pensar bajé la vista. Me gustaba llevar una chaqueta de entretiempo con el buff. ¿Qué había de malo? Ni se pasaba frío ni se pasaba calor. Era todoterreno.

–Bueno, es aburrido estar al lado de una cama con alguien que aún no puede hablar. ¿Vamos a algún sitio? –preguntó de repente.

–No sé… –dije mirando a un médico que pasaba y que miraba con el ceño fruncido. Alexandra era así, decía las cosas sin pensar. Rozaba los cinco años en cuestión de preocupaciones.

–Vayamos a la estación del ultrarrápido. Seguro que allí se nos ocurre algo.

Y me tomó de la mano para salir del hospital. Justo en la entrada había una estación. Era muy oportuna, mucha gente agradecía poder trasladarse hasta la misma puerta del complejo.

Aunque el día estaba mejorando no podía decir que hubiera salido contento del hospital.

Entramos a la estación subterránea y ambos nos quedamos mirando un mapa.

–El ultrarrápido a Grecia sale en unos diez minutos –dije señalando la amalgama de rayitas de colores de las líneas del tren.

–Ya estuve la semana pasada –se quejó ella–. ¿Qué te parece ir a la costa?

Compuse un gesto de fastidio: –Realmente no me apetece…

Alexandra se tapó la boca al reírse: –En la vida te has puesto un traje de baño.

–Sabes que soy de secano… pero mira –dije señalando un punto en el mapa–, hacer parte de la ruta sesenta y seis no me disgustaría. Me apetece caminar.

Alexandra no vio inconvenientes siempre y cuando tomáramos algo fresco por el camino. Era la excusa perfecta para desayunar. Pasamos el teléfono móvil por la pantalla de una máquina expendedora de las muchas que había en la estación y después tecleamos los números de aquello que queríamos. Yo compré un café helado mientras que ella prefirió un sorbete.

Hacía años que habían hecho la línea intraterrestre de trenes ultrarrápidos. Viajar había perdido totalmente la incomodidad y el engorro de estar horas y horas alrededor de gente que había olvidado lo que era una ducha. Yo no era el mejor ejemplo, tenía que admitirlo… pero había gente que se pasaba de la raya.

Y lo mejor de todo era que si se te había olvidado algo en casa podías volver a buscarlo en relativamente poco tiempo. Todo dependía al sitio al que habías viajado.

El trayecto que habíamos elegido era un poco largo, pero teníamos todo el resto del sábado.

Los trenes que se dirigían a otras partes del mundo tenían los colores de la bandera de ese país. A veces encontraba a padres con sus hijos dando lecciones de geografía cada vez que pasaba un tren. Como había muchos era entretenido ver cómo erraban una y otra vez. Lo que más me gustaba de esos trenes no era el interior, puesto que yo soy claustrofóbico. Era que cuando cambiaban de rumbo los paneles exteriores cambiaban de color. Si un tren de otro país venía al nuestro al llegar a nuestra estación venía con nuestra bandera, pero para arrancar de nuevo en sentido contrario cambiaba de color.

Lo peor era cuando estaban reparándolos o limpiándolos en los boxes. Ponían publicidad. Era descaradamente lucrativo.

–¡Ahí viene nuestro tren!

Alexandra siempre se emocionaba por todo. Te alegraba con solo estar a su lado.

Los dos nos montamos. Ese día nadie madrugaba lo suficiente como para necesitar sentarse apretujados, así que Alexandra y yo disfrutamos de cuatro sitios con mesa. Por fortuna la mayoría de los trenes eran espaciosos.

–¡Qué pena…! –dijo de pronto mientras yo miraba el ventanal. No sabía para qué estaban. En realidad no había vistas al otro lado.

–¿Qué ocurre?

Miraba su teléfono móvil con tristeza: –Habrá lluvia a las cinco de la tarde.

–Para entonces ya estaremos de vuelta.

–¿Por qué?

Sonreí. Era la típica pregunta de Alexandra.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s