PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 27.

27 Fábrica de impresoras

Ya era la hora. Mario estaba ahí dentro y nadie sabía nada de Román, ni siquiera de su coche. ¡Buen momento para escaquearte! Si no estaba él y contra todo pronóstico yo era la más cualificada, pero era una chica. Mario no esperaba a una mujer. La idea era hacernos pasar por el jefe de la mafia. Noa fue elegido por el jefe para inspeccionar la segunda planta conmigo de apoyo mientras que nuestra súper chacha apoyaba a Felipe en la primera planta, ya que disponía de permiso de armas para una escopeta que usaba para cazar ratas en sus ratos libres. ¿Qué por qué inspeccionar las dos plantas? Porque nuestro jefe ya andaba mayor y la memoria le fallaba a la hora de recordar tonterías como en qué planta había quedado con Mario. Lo de las ratas ya no sé. A Ángela no le dejábamos hablar mucho de su vida privada.

Sí, era un jefe competente, que andaba por el piso bajo con Adela por si las cosas se ponían feas y no había duda de que así sería, y más si nos lo encontrábamos nosotros, porque Noa sin apoyo canino era todo un flan. Era el único ejemplo que se me ocurría al verlo temblar. También pensé en gelatina, pero él no era transparente.

Subió indeciso por las escaleras metálicas conmigo a varios pasos detrás. Cuando llegó al pasillo de la segunda planta preguntó: –A, Ainara… ¿Qué gesto… hay que, hay que hacer si está despejado?

Resoplé fastidiada. Era una pena que yo tuviera más boletos en la lista de recibir un tiro estando Felipe vaciando una lata por ahí cerca.

  –Pon la mano en la espalda y ya.

  –¿Y si hay alguien?

Su voz hacía retumbar los suelos metálicos como una cantinela funeraria. Chillé entre dientes: –Sigue, que te puede oír.

Había muchas cajas apiladas a un lado del interminable pasillo. No era difícil imaginar que estarían llenas de impresoras desfasadas o porexpán.

A cada paso que daba Noa por las oxidadas placas metálicas chirridos dudosos retumbaban por el vacío. No iba a ser para nada un encuentro sorpresa y Mario no se lo creería, menos con tal indecisión sonora. Quité el seguro de mi arma. Era una necesidad de mi salud mental para mantener una salud general.

Llegó a la última puerta del pasillo de oficinas y agarró la manilla temblando. Aunque esto no fue tan rápido. Realmente se secó el sudor con la manga izquierda, se secó las manos en las perneras del pantalón, trató de coger la manilla pero se arrepintió, se secó de nuevo el sudor con la manga derecha y agarró la manilla a la tercera vez que trató de abrir la puerta. Esto tampoco sería del todo correcto, pero me pongo nerviosa solo de pensar en todos los ademanes estúpidos que hizo y necesitaría dos hojas para explicarlos.

Lo siguiente en comparación pasó muy rápido. Nada más pasar al umbral oí un ruido metálico. Para ser concretos, el suelo se rompió ante los pies de Noa, que cayó por el afilado agujero. Salté a la puerta con el arma a punto y me dio tiempo a ver en el piso de abajo a Noa sobre los brazos de Felipe justo antes de que desaparecieran de nuevo cuando se rompió el suelo del primer piso hacia un oscuro abismo. Empecé a hacerme una idea de por qué ya no se trabajaba allí.

Miré al frente tras tan aparatosa entrada y allí estaba Román con un hombre a sus pies en un charco de sangre. Mantuve el arma en alto: –¿Qué ha pasado Román? ¡Lo necesitábamos vivo! ¿Ha sido en defensa propia?

Puso una sonrisa de suficiencia: –Sí, exactamente así.

Sacó una granada de mano del bolsillo y ante mi estupefacción le quitó la anilla y la lanzó al agujero: –¡¿Román?!

Traté de cogerla, pero se me escapó entre las manos: –¡Cuidado ahí abajo!

Escuché un gatillo acariciado a medio metro por encima de mí: –Quita de ahí. Puedes quemarte la cara.

Me levanté poco a poco asimilando lo que estaba pasando y esperando una fugaz y abrasadora llamarada en ocho segundos que mandara a la mierda todo nuestro cutre trabajo, que aunque tuviera lagunas de siete segundos por todas partes se le había cogido cariño a los seis segundos por la única ventaja de representar la única oportunidad de contar cinco y salvarnos el culo. El cuatro llegó seguido del tres. Román sonreía al dibujar su boca un dos silencioso. El uno parecía cercano… tan cercano que lo conté como cinco veces, pero no llegaba. Román enfocaba sus ojos hacia abajo y hacia mí cada vez a más velocidad.

Ambos estábamos inmóviles esperando un trágico desenlace para aquellos que estaban ahí abajo. Un desenlace que se alargó tanto que no llegó.

  –Román… ¿Qué significa esto?

Sabía más o menos qué significaba, que yo había sido una gilipollas que no había tenido ovarios para ver que él era el hombre que buscábamos, pero a veces necesitamos que nos lo corroboren. No era el mejor momento, cierto. Ni la mejor persona a la que preguntar, cierto, pero era el único momento que tendría para aclararlo, un momento que como respuesta trajo una granada que volvió a aparecer entre los dos de forma mágica e ingrávida al lado de una escoba despuntillada.

Era nuestra hora. Bueno… vuelvo a mentir; nuestro desenlace aún tenía que esperar, pero el de la granada de mano fue en ese preciso instante inundando de metralla todo destrozando las paredes metálicas a jirones y que irónicamente dejó la puerta menos abollada de lo que estaba. Ambos tuvimos la agilidad justa para apartarnos rápidamente sin sufrir cortes. Me tiré sobre las cajas de cartón esperando plegarlas con mi cuerpo, pero fue al contrario. Me di de lleno en las tripas con el contenido. ¿Cómo podían estar las malditas y asquerosas cajas llenas de impresoras? Con la mano en mis intestinos me acordé de los muertos de los repartidores que dejaron olvidada la mercancía y recorrí el pasillo como buenamente me dejaba el dolor hasta que me detuvo un disparo sobre mi cabeza, pero no lo suficiente como para evitar parapetarme tras otras de las cajas que yo sinceramente esperaba que estuvieran llenas hasta los topes de diamante o hierro forjado, porque si solamente tenían aire podía darme por agujereada como un colador.

  –¡Ven, Ainara! Tenemos que llamar a una ambulancia, Mario puede estar aún vivo.

  –¡No soy gilipollas!

  –Bueno… Hasta ahora lo habías sido.

Mi cerebro poco a poco empezaba a hacer conexiones neuronales no sin antes mentar a su madre, y al recordar el coche de Román el proceso fue mucho más rápido. Deseaba que los demás subieran lo más rápido posible y me ayudaran a reducirle, porque me era imposible. Aún pensaba que había algo bueno en él. Me aferraba a esa estúpida convicción.

Oí un paso: –¡Para!

  –¿Desea algo más la fiambre?

Y escuché cómo acariciaba el arma. Parecía una locura afirmarlo, pero mis oídos se habían puesto las pilas.

  –¡No des un paso más o dispararé!

Escuché una risa burlona: –Me gustan las apuestas, la banca siempre gana.

Esta vez no podía dejarla ganar, no si mi vida dependía de ello. Abrí rápidamente una caja pequeña de cartón desgastado y descolorido. Deseaba que fuera un AK–47 o mayor, pero me topé con algo mucho más rudimentario… y del tamaño de la caja.

En ese momento escuché un portazo y un disparo, ¡era el momento! Salí de mi escondite y apenas le di tiempo a Román para que se girara hacia mí y para cuando lo hizo apreté el bote plástico que me había brindado la caja abandonada que estaba llena de tinta rosa.

El color no era lo más importante, pero hubiera quedado mucho mejor el negro o así, hay que admitirlo…

Noa abrió la puerta justo para ver cómo hacía una patada barredora a Román con la que cayó de bruces. Corrió hacia él para inmovilizarlo, pero a Noa se le daba tan bien inmovilizar a la gente como a mí caer con elegancia y levantarme de un salto, o sea, de pena.

Román se levantó al momento y aunque apenas enfocaba le dio un puñetazo certero a Noa y lo cogió como si fuera un pelele, lo levantó sin casi esfuerzo y lo catapultó contra la ventana que se rompió en mil pedazos.

Todo eso pasó mientras me levantaba, pero al menos hice algo bien, cogí el arma de Román, al que tenía delante, mirándome mientras lo encañonaba: –Tienes dos armas vaquera –e hizo bailar un cristal que recogió del suelo– ¿Con cuál vas a disparar? –miró con interés una de las puntas imperfectas sin prestarme atención– ¿Puedo sugerirte algo?

Empecé a retroceder mientras él se acercaba. Mi cerebro me gritaba que disparara de una maldita vez. ¡Lo tenía todo a mi favor! Pero mi corazón era estúpido. ¿Necesitaba más pruebas de que Román no era un ángel? ¿En serio?

  –Dejemos esto aquí. Baja las armas. ¿Eres capaz de disparar a alguien desarmado? ¿De verdad?

Gruñí entre dientes. Él tenía razón, no podía, pero no era del todo cierto. Le indiqué con mi barbilla el vidrio: –¿Y eso qué es?

  –Una pistola de última generación –lo puso a la altura de su cara–. ¡Bang!

No sé por qué retrocedía ante aquella broma.

  –Oye, lleguemos a un acuerdo…

  –No tengo nada que acordar contíii…

Tropecé un poco, ya había llegado a las escaleras. Ahí abajo vi a Ángela bajo la oscuridad del pasamano con un gesto de silencio durante medio segundo, suficiente como para notar a Román arremeter contra mí, empujándome escaleras abajo con el cristal rasgándome la ropa a la altura del hígado. En el medio segundo siguiente él tenía las dos pistolas, en ese medio segundo supe que como Noa, mi misión había acabado.

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