LA MONEDA, capítulo 3.

LA MONEDA, CAPÍTULO 3.

Llegamos a la zona menos impresionante de la ruta, aunque no tanto como las zonas de cultivos que se alargaban kilómetros a ambos lados de Amarillo. ¡Quién me hubiera dicho que sería de interés turístico recorrer una carretera en medio del desierto de Estados Unidos!

–¡La tierra parece de fuego! –exclamó Alexandra ante la arena roja–. Tenemos que hacerla a pie.

–¿Más de tres mil kilómetros?

–Traeremos una tienda de campaña.

–Y mucha agua… –dije sonriendo sin confianza.

–También traeremos una máquina de hacer agua.

Me llevé la mano al mentón, pensativo. Se habían puesto muy de moda esas máquinas desde que se habían hecho portátiles. Podías ponerlas en medio del desierto y aún así encontrarían la humedad del ambiente, la recogerían, y te servirían cubitos de hielo. Decían que funcionaban como los aires acondicionados pero para mí era totalmente incomprensible.

–¡Corre, vamos!

La seguí hasta el aparcamiento de patinetes eléctricos. Había uno cada pocos kilómetros. Era cierto que era más mítico hacerlo en motocicleta… Lo cierto era que apenas se veían coches y motos. La gasolina se había erradicado, básicamente porque ya no había.

–Solo queda uno –dije extrañado, mirando el reloj del móvil. Igual aún no habían abastecido la línea de patinetes–. No podemos coger un patinete los dos juntos.

Tenía la esperanza de disuadirla así, pero era una tarea imposible.

–No deberías leer las instrucciones de todo –contestó saltando sobre el patinete que no se partió de puro milagro. Miré a ambos lados pero las pocas personas que teníamos cerca, como de costumbre, estaban inmersas en sus teléfonos móviles.

Pasé mi teléfono por el lector del patinete y monté delante de ella. Tomé impulso y, para mi sorpresa, el patinete funcionó sin contratiempos.

Recorrimos gran parte de la ruta, que seguramente no era ni por asomo una décima parte de ella, y menos con Alexandra bajando cada poco para ver todo lo que le regalaba el paisaje a corta distancia. Hasta encontró un par de alacranes que se quedaron extrañados ante su presencia y muchos perros de fincas cercanas al empezar a llegar a Amarillo.

A primera hora de la tarde volvimos a nuestra propia ciudad, pero no antes de parar en uno de sus típicos restaurantes de carretera que tenían como tamaño pequeño en su menú una hamburguesa del tamaño de una rueda de camión, pero pesando el doble. Hole in the wall no se andaba con chiquitas. Alexandra no tenía consciencia del tamaño de su estómago y eso fue lo que pidió. Yo por mi parte no tenía mucha hambre.

Como siempre Alexandra me dejó elegir mesa. Sabía que me gustaba tener tanto la barra como la puerta vigiladas en todo momento. Me decidí por una mesa que estaba casi bajo la televisión. De ahí se veía todo. Sería más reconfortante si no estuviera todo plagado de adornos.

Pronto nos sirvieron su comida. Se frotó las manos ante el plato que ocupaba toda la mesa y lo empujó hacia mí.

–¿No te la vas a comer? –pregunté señalándole la hamburguesa de dos pisos. En todos los restaurantes de la ruta se comía a lo grande.

–La he pedido para ti. Estoy segura de que hace mucho que no comes como debes.

–Ya te dije que no tengo hambre.

Me sentó mal aquella jugada. Se me cansó la mandíbula solo de imaginarme comer semejante despropósito.

Entonces el camarero se acercó a una mesa cercana en la que estaba un hombre durmiendo sujetando un enorme vaso de cerveza. Se quitó la capucha y dejó ver un pelo cano, largo y sucio. Le dijeron que o pedía algo o tenía que marcharse. Por supuesto él pidió otra cerveza, y no precisamente pequeña.

Llevaba una larga túnica raída. Y las botas estaban a punto de hablar por las suelas despegadas.

–Parece un forajido –dijo Alexandra susurrando.

–Y también está más flaco que yo. Corté la mitad de la hamburguesa y pedí un plato al camarero. Frunció el ceño, pero me hizo caso.

–¿No pensarás en dársela a esa cosa?

Me encogí de hombros. No me la podía comer ni en una semana.

Me acerqué a su mesa y el hombre levantó la vista. Aún no le habían traído su cerveza. Sus ojos azules y vidriosos daban a entender que eso era lo que menos necesitaba.

–Toma. Yo no me la puedo comer entera.

Su ademán no cambió en absoluto. Parecía una figura de cera derritiéndose. Con cara de escarnio me di la vuelta para volver a mi sitio.

–Gracias, preciosa.

Alexandra rió, pero yo no me lo tomé tan bien. Iba a contestarle, pero un camarero puso su mano sobre mi hombro: –No se lo tome a mal, mire cómo está.

El camarero llevaba una bandeja solo para la cerveza. Asentí y me senté para empezar a comer el kilo de patatas fritas que tenía mi comida de acompañamiento.

Alexandra me empezó a hablar pero yo estaba en otro sitio. Me daba rabia que me confundieran. Era cierto que no era marcadamente masculino, pero de ahí a confundirme del todo…

–El mundo es una mierda –dijo el borracho entre dientes con la voz cascada.

Alexandra paró de hablar en ese momento, profundamente molesta, como si le hubiera cortado.

–Casi no hay viejos –continuó el hombre–, ni mosquitos, ni atentados. ¿Qué clase de mundo es este en el que la peor noticia del momento es que ese delantero se ha hecho un esquince?

Alexandra trató de llamar mi atención: –¿Andrei?

–Ni siquiera existen ya los bomberos. No quedó ni un triste pirómano aquí dentro…

No entendía por qué ese hombre me tenía pendiente. Cada palabra que salía de él me resultaba interesante. Me sorprendía que no gritara. Era como un gruñido sostenido en el tiempo, pero se escuchaba a la perfección cada cosa que decía.

–Ni siquiera me dejan tener un puto perro. Solo los policías pueden tener perros. ¡Qué asco!

–Vámonos de aquí, Andrei –insistió Alexandra.

–S… Sí.

Levanté la mano para pagar. Los camareros se disculparon por el incidente y me prepararon lo que sobraba para llevar. El patinete iba más despacio gracias a eso. Por suerte la estación del ultrarrápido estaba cerca.

Nos lo pasamos muy bien, pero aquél final hizo que todo pareciera desastroso.

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