LA MONEDA, capítulo 4.

LA MONEDA, CAPÍTULO 4.

A la tarde tenía una visita pendiente. Lo tenía cerca de casa y si no iba yo nunca tenía la oportunidad de verlo. Desde que lo habían ascendido ya no tenía tiempo para la vida social. Su empresa era uno de los gigantes que tenía el monopolio de las empresas de energías limpias. A pesar de eso se rumoreaba que andaban escasos de personal y que no contrataban a nuevos trabajadores. Al menos no los suficientes. Creaban tan pocos puestos de trabajo que nadie podía creerse que casi la totalidad de la energía la crearan ellos.

–¡Hola Berat! Te traigo un refresco.

Berat giró la silla sobre sí misma y levantó una mano a modo de saludo.

–Gracias, Andrei –dijo tomando la lata entre sus manos. Como siempre tenía el pelo súper corto e iba en camisa. No sé qué gracia podía hacerle los botones. Supongo que la misma que a mí el buff.

–Sabía que eras tú. Solo tú tienes esa voz tan particular. Me encanta. Si fueras doblador podrías hacer todas las voces tú solo. Serías un buen máster.

Hacía muchísimo tiempo que no veía a Berat jugar al rol. Me senté en el único panel que no tenía ningún botón ni bombillita encendida. El trabajo de Berat era, a mi entender, sencillo. Solo tenía que vigilar que todos los paneles solares estuvieran en buen estado y funcionando a pleno rendimiento, y solo era necesario ver el color de las bombillas, asegurándose de que no se había fundido ninguna.

–Es difícil entrar a trabajar en esta empresa ¿verdad?

–Sí. Es un trabajo muy… difícil de digerir.

Miré el café entre mis manos. Era el mejor café de toda la ciudad: –¿En serio? ¿Es como el servicio de atención al cliente? Yo ya temo volver.

Giró su silla sacada de una competición millonaria de videojuegos y sonrió: –Peor.

–Te pasaré la llamada de alguna persona con ganas de ahorcar al dueño de la empresa y luego hablamos.

–Pasa un día cualquiera en este cubículo y luego hablamos.

–Seguro que cobras más que yo. Seguro que me merece la pena.

Sonrió socarrón, se levantó y me agarró por detrás del cuello. Traté de zafarme de él, pero era imposible. Me despeinó completamente el pelo.

–Mientras no sea el día de traer a los niños al trabajo no cuentes con ello, canija.

–¡Agh! ¡He tirado café! Vas a tener que pagarme el tinte.

Se sentó de nuevo y tomó un gran trago del refresco esperando que le recriminara lo de “canija”. Ya era una broma habitual. Estaba harto.

–¿Cuándo te afeitaste por última vez?

–Esa pregunta es cruel. Sabes que me sale poco pelo.

Vio que estaba más enfurruñado que de costumbre. De hecho tenía unas ganas horribles de irme de allí. Estaba a punto de levantarme y salir por la puerta, pero hacía tiempo que no coincidía con él. Recordé los buenos tiempos, aquellos en los que quizá no teníamos mucho tiempo libre pero siempre se podía sacar algún rato de la chistera de las responsabilidades.

–¿Dónde dejaste los juegos de mesa? –pregunté al no verlos en ningún estante.

–He madurado.

–Y por eso aún abusas del azúcar –dije removiendo el que se había quedado al fondo de mi vaso ya casi vacío. ¡Qué desperdicio!

Si en el orfanato alguien hubiera apostado por cuál de nosotros sería el primero en ser padre todos hubieran votado por Berat. Sin embargo fue Milos, el más soso y seco de todos. Es cierto que se animaba a todas nuestras correrías, sobre todo a las escapadas de Berat a la cocina a por cualquier cosa que creara caries, pero no era él el que daba el primer paso. De hecho no sería el primero en tirar la primera piedra. Él era más de pasársela a los demás. Nadie solía agarrarla y por eso solía ser el que se llevaba los rapapolvos.

–Oye, ¿y Alexandra…?

–No sé por qué se la tenéis jurada.

_No es eso. Verás, el caso es que…

–He vuelto a soñar lo de la nave espacial –dije cambiando de tema. No me apetecía discutir una trivialidad que ya habíamos hablado hasta la saciedad–. Igual que siempre. Éramos nosotros de pequeños entrando en ella. ¿Qué podrá significar?

–No me cambies de tema.

–¿Te imaginas que sea un recuerdo? –dije divertido. O al menos eso intenté.

Berat suspiró con tristeza dándole la vuelta a la lata vacía. Entonces un par bombillitas cambiaron de color.

–Oh, no… Se acabó la pausa.

Se levantó y miró con más detenimiento las posiciones. Luego consultó otro mapa que para mí era indescifrable. Eran un cúmulo de líneas que no tenían ningún sentido. Parecían aviones atravesando el cielo de noche, entrecortando una estela con otra.

–Tengo que ir a reparar ese sector.

Fruncí el ceño. Berat no se encargaba normalmente de arreglar las placas solares. Así se lo dije.

Se puso una chaqueta blanca llena de adornos redondos que parecía pesada.

–Andamos faltos de personal… Otro día nos vemos, ¿vale?

–Mañana es domingo.

–Andamos… mal de personal, ya te dije.

Salí de su despacho y de la filial. Vista desde fuera era una lata con agujeros. Había pocos edificios más feos que ese. Me costaba imaginarme otro. Era como si hubieran cortado con corta fríos las ventanas. Pinchaban solo de verlas. No había palomas que se atrevieran a posarse. Algo de bueno tenía que tener ese diseño, aparte de no darle ninguna envidia a los ciegos.

–Espera… –susurré para mí mirando el edificio desde un enfoque totalmente distinto–. No hay ciegos.

Al menos no conocía ninguno.

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