PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 29.

29 El tipo de tipo que era Don Juan Francisco Germán

Román caminaba con desfachatez con las manos entrecruzadas a la espalda por el último piso con los rayos que filtraba el sol por los sucios y rotos ventanales, traslúcidos por años y años de olvido creando un aura sucia. El suelo metálico lo ubicaba en el centro. Un ciego en aquella fábrica no se sentiría perdido sobre adónde iba el personal. Solo las cajas que había en zonas aleatorias serían difíciles de ubicar para alguien así.

Confiaba en sí mismo, sin esconderse, sin armas a la vista. Solo en medio de una estancia abandonada y sin más vida que él, aunque sabía que no estaba solo. Faltaban dos al menos, dos personas a las que tenía que encontrar.

Imperturbable soledad… Los segundos contaban poco a poco un desenlace inminente. Era el día. Era el momento. Ya tenía ganas de que llegara. En cuanto me enteré que Juan Francisco me encasquetaba a la novata de turno sabía que su historia llegaba a su fin.

La veterana y ridícula organización de espías siempre me había estrechado el cerco de forma peligrosa aun siendo yo parte de ella, y todos los demás les tomaban por tontos alegando que sus sistemas eran rudimentarios (y lo eran) y que una banda organizada es precisamente organizada porque hay muchos que la organizan. Es probable que muchas funcionen así, pero en este caso esa suposición me ayudó muchísimo hasta llegar a mi para nada despreciable ochenta y cinco por ciento. No es que la organización fuera inútil, no dedicaba el día en crear un algoritmo sobre cómo debe abrirse una caja de rosquillas, simplemente es que en la línea de importancia estaba justito detrás de las boy scouts de ocho años. No contaban con ellos ni para ayudar a pasar a una viejecita una carretera desierta.

  –Román…

Escuché gruñir tras de mí.

Sonreí de forma socarrona: –Vaya jefe, le estaba buscando. ¿Puedo escaquearme hoy del trabajo? Tengo mucha droga que supervisar y un prostíbulo en el que meter miedo.

Me giré lentamente y pude ver a mi adversario a muchos metros entre una gran cascada de polvo. Aunque solo vislumbrara su silueta de viejo sabía que empuñaba un arma con las dos manos justo delante de él, con los brazos estirados sintiendo el calor de la sangre y el frío del metal.

Aún así yo no estaba inquieto. Estaba muy tranquilo, como aquél que sabe qué le depara un futuro brillante e inalterable escrito por un destino infalible. De hecho a quien le deparaba un futuro muy breve era a él. No llegaría a cumplir los sesenta y tres dentro de casi dos meses.

  –Cabrón…

  –Eso no es nuevo –sonreí de forma zorruna–. ¿Hace cuánto lo sospechaba? Nunca pensé que se arriesgaría tanto como para jugarse su as –saqué la pajarita de papel, moteada en rojo parduzco–. ¿Recuerdas esto Juan Francisco Germán? Qué bonito recuerdo, ¿verdad? Ahora tiene una historia mucho más triste y más bonita… un hombre que manda a su niña preferida a por un malo que le da muerte. ¡De película!

Trató de que no se le notara la emoción: –Hijo de puta…

  –Cuidadito con lo que dice, todo puede ser usado en su contra –Román sujetó la pajarita delante de aquel hombre–. ¿Qué tipo de tipo crees que eres, Juan Francisco Germán? ¿Un hombre que lucha a brazo partido contra la ilegalidad, en serio? ¿Cuánta gente le guarda el secretito?

Enseñó los dientes como un perro rabioso, haciendo que sus arrugas se vieran a kilómetros de distancia.

  –Es una pena que yo no ofreciera esos servicios cuando usted los usó…

  –Eres un cabronazo.

  –Es posible, Juan Francisco Germán, es posible. Al menos no tengo hijas ilegítimas y las dejo en orfanatos.

  –Tú mataste a Basilio.

Sonreí por el cambio de tema tan drástico. Eso me daba una pista inequívoca de que no estábamos solos. Y si mencionaba a Basilio no había duda alguna.

 –Pero por supuesto. ¿Qué duda cabe? ¿Crees que dejaría vivir a tal elemento? ¡Por favor! ¿En qué mundo vives? ¡Y antes hubiera caído si me lo hubieras encasquetado en vez de a tu niña! De hecho dile a tu secretaria que me molesta que me apunten por la espalda. Es incómodo.

Juan Francisco emitió una pequeña sonrisa con un pequeño deje de orgullo: –¿De verdad crees que lo haré?

Miré hacia atrás de soslayo y sonreí.

Sí.

Lo haría.

Por supuesto.

  –¿Sabe la señorita Adela a qué se dedicaba la madre de Ainara?

Su cara se congestionó.

  –¿Y sabe la noche que pasó usted en sus brazos?

Volvió a tener cara de pocos amigos.

  –¿También recuerda ella por casualidad que cuando usted habla de hijos siempre se olvida de…?

  –Adela –dijo al fin–. Baja el arma.

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