LA MONEDA, capítulo 5.

LA MONEDA, CAPÍTULO 5.

Fue una noche movidita. A veces tenía problemas de sueño. El médico lo había achacado a que mi trabajo como operador telefónico era muy estresante, y no le faltaba razón siempre que te tomaras como algo personal las rabietas de los clientes. Siempre tenía presente que se enfadaban con la empresa, no conmigo, y era triste decirlo, pero en ese sentido me había convertido en una máquina. Soltaba parrafadas pregrabadas en mi cerebro y me colgaban tan de continuo entre insultos que ignoraba cuándo lo habían hecho.

No podía ser aquello lo que me daba problemas para dormir, sin embargo no había otra razón.

Y muchas de las noches que dormía del tirón tenía un sueño. Era extraño, como sacado de una película de ciencia ficción. A veces variaba, pero siempre se basaba en lo mismo. Éramos todos nosotros de niños en una especie de aeropuerto, pero de paredes metálicas y algo más lúgubre. No había más que un mostrador para embarcar y ninguna tienda. Ni siquiera de suvenires. El sueño siempre terminaba irremediablemente con todos nosotros pasando por una puerta acorazada y me despertaba con la sensación de que abandonábamos el mundo e íbamos a otro planeta, aunque nunca llegaba a ver esa parte.

Los sueños son así de irreverentes.

De pequeño el sueño me daba respeto, pero con el tiempo sentía cada vez más curiosidad e investigaba los recónditos lugares de aquél lugar subterráneo, que a veces tenía guardas de seguridad y entre todos los esquivábamos y conseguíamos llegar siempre a esa puerta, a la nave espacial. Se convirtió en un juego. Me acabé acostumbrando tanto a ese sueño que a veces esperaba a tenerlo, como si quisiera ver de nuevo una serie de la infancia. Muchas veces incluso era consciente de que estaba soñando y decidía en el propio sueño qué hacer. A veces ni siquiera tomaba la nave.

Eso sí, últimamente me entraba morriña. ¡Qué pequeños éramos en el sueño…!

Era probable que no hubiera dormido bien pero por suerte era domingo y podía vaguear en casa. Me llamó la atención que Ben hubiera puesto en la nevera una nota torpemente escrita diciendo que no iba a venir hasta tarde. Seguro que estaba haciendo una de las suyas pero, ¿por qué no mandarme un mensaje? Cogí un par de manzanas y entonces puse los datos del teléfono y vi el suyo sobre el sofá. ¿Se lo habría dejado olvidado? Era raro porque nunca se iba sin él.

Me encogí de hombros. Seguro que iba demasiado tocado del ala.

Me senté al lado, como si fuera una persona y no pudiera apartarlo sin más. Sobre la mesa de la sala había una revista en su tablet. Ben solía leer cosas de psicología. ¡Esa sí que era buena! Ni siquiera sabía organizar la merienda, como para organizar su vida.

Entonces sonó el timbre. Solo podía ser una persona a la que no le entraba el concepto de descanso semanal sin hacer nada fuera de casa. No erré en mi intuición. Alexandra se aburría. Me dejé llevar por ella con la condición de que solo estaríamos un rato a la mañana. Ella aceptó de buen grado y fuimos paseando hasta la estación del ultrarrápido hablando de nuestras cosas.

–Mira –dijo enseñándome el móvil–. Soñar con una nave extraterrestre significa que vas a tener un viaje espiritual de autoconocimiento y desarrollo personal.

Entorné los ojos. Solo ella podía tomar un sueño y volverlo todavía más loco: –No he dicho nada de OVNIs, Alexandra.

–¿No te parece interesante? No me lo digas… ¿Vas a hacerte vegano?

–Anda, caya y dime mi horóscopo, que lo estás deseando.

Ese era el tipo de cosas que le gustaban a Alexandra. Me resultaba cansina pero tenía que aguantarle de vez en cuando. Para eso era mi hermana. Aunque juraría que yo era mayor no era así.

–¡Mira! ¡Tailandia!

Paramos ante un cartel que era lo más colorido y elefantástico que había visto en mi vida. Los mandalas habían tomado un nuevo significado para mí en ese momento.

–¡Qué lejos va a llegar el ultrarrápido ¿verdad?!

Parecía una niña pequeña viendo un escaparate de dulces.

–Sí, es increíble.

–Será una extensión más de la línea ciento tres. ¡Qué emoción!

–Iremos en cuanto esté preparado.

–¡Vamos ahora!

–¿Ahora? –dije abriendo mucho los ojos.

Me agarró de la mano y tiró de mí. ¿Cómo podía funcionarle semejante treta de niña pequeña? Tiró con tantas ganas que me resbalé y caí al suelo de bruces.

Alexandra empezó a reír. Mi caída no había sido nada cómica.

–Au… –me quejé enderezándome un poco con los brazos.

Entonces me adelantó un pequeño objeto con la forma de un botón, pero de color envejecido y con un agujero en el centro.

–¿Qué es eso?

–Una moneda.

–¿Una moneda?

Me senté en el suelo y la recogí. Se me había salido del bolsillo de la chaqueta.

–No se usan monedas –dijo enfurruñada–. El móvil sirve para todo.

–Ya, lo sé… pero la tengo desde siempre. Es algo importante.

–¿Por qué?

–No lo recuerdo, solo sé que debo llevarla siempre.

–Eso es una tontería.

–¡Habló!

Reí un poco mientras me levantaba. Seguro que Alexandra creía en talismanes siempre y cuando brillaran. En otra vida debió ser un cuervo.

Entonces escuchamos ese sonido característico de algo que va muy rápido por un túnel o un espacio estrecho.

–¡Nos lo perdemos! ¡Vamos!

Alexandra daba saltitos de emoción a las puertas del ultrarrápido esperando impaciente a que subiera.

Por desgracia no había ni un sitio libre. Había muchos trabajadores, y se fueron sumando más a cada parada.

Agarrado a una varilla intenté centrarme en otra cosa. Empezaba a sentirme mal. Mi estómago empezaba a enseñarme el ticket de la compra del desayuno y quería una devolución.

–¿Y cómo vamos a llegar a Tailandia, señorita? –pregunté sonriendo forzado– Seguro que el tren aún no llega a esa línea.

–Igual sí. Solo tenemos que esperar a ver qué pasa al final del trayecto.

Entorné los ojos y miré el pequeño mapa luminiscente sobre la puerta corredera más cercana. No era más que una línea de color lila con puntitos que marcaban las paradas. Había una en blanco.

Llegamos a la última parada. Tanto ella como yo nos mantuvimos quietos agarrados a los postes. Esperábamos llegar solos, pero el vagón seguía lleno. No entendía nada.

–Arranca de nuevo… –susurró Alexandra.

Y era cierto. El tren había pasado la última parada. Nos dirigíamos al puntito sin nombre, y cuando digo nos dirigíamos me refería a todos. Las demás personas bajaron sin vacilar en esa estación. No era como las demás. Estaba en obras. Estaban haciendo un mural con telas de colores que simulaban diferentes tipos de flores tropicales.

–¡Qué guay! –susurró Alexandra avanzando con los demás. Sin proponérmelo los estaba siguiendo como si fuera una oveja más. Me extrañaba que no repararan en nosotros. Entonces vimos unas casetas de obra.

Alexandra me empujó hacia una de ellas: –Entra a cambiarte. Así no pareceremos sospechosos.

–Esto no está bien, Alexandra…

–¡Venga!

No sé por qué la estaba obedeciendo. Tal vez me podía la curiosidad. Entré en el cubículo. Eran unos vestuarios en el que había baños y duchas. El suelo estaba húmedo. Era imposible no pillarse una infección allí dentro. Hasta había taquillas y vestidores con trajes de currela. Toqué uno de esos trajes. Eran incómodos de tocar y pesados de llevar. ¿De verdad tenía que ponerme eso? ¿Dónde dejaba mi chaqueta? No me apetecía nada dejarla en una de esas taquillas sin llave. A saber de quién podían ser.

–Esto es una locura –dije para mí.

–¿Verdad que sí?

Me quedé helado. Era una voz rocosa y fuerte. No había comparación con la mía. Un hombre dos veces yo me puso la mano en el hombro y empezó a quejarse en confianza conmigo: –Mira que llamarnos a última hora del sábado para trabajar hoy. ¡Cómo se nota que son jefes y solo saben mandar!

Tuve miedo solo de pensar en ducharme y que se me cayera el jabón. Había visto demasiadas películas cómicas de cárceles…

–S–sí… –contesté dubitativo e hice como que me cambiaba de uniforme. Me quité la chaqueta y miré las taquillas. No sabía dónde dejarla.

–Dicen que necesitaban más currelas porque hubo un problema ayer. ¿Te lo puedes creer? ¡No merece la pena el plus de peligrosidad si estás muerto! Pero la familia… ya sabes. ¿Eh, Ben?

Mi cerebro se dio cuenta casi inmediatamente de por qué me había llamado así. La taquilla frente a la que sujetaba la chaqueta tenía ese nombre en una pegatina medio despegada.

–Sí, muchas bocas que alimentar –dije despegándome de él. Había traspasado mi barrera de confort. Era incómodo que me hablara por encima del hombro.

–¡Exacto! –y me dio una palmada en la espalda que casi me partió en dos. Entonces empezó a mirar entre los trajes de trabajo.

–¿Dónde habrán dejado los cascos? –preguntó a más decibelios de los permitidos– ¡Encima eso, cascos! Si nos cae una viga nos va a matar tanto con casco como sin él.

El hombre salió blasfemando. Pude oírle a pesar de que se había alejado hasta la otra punta de la obra.

Alexandra se asomó mientras me ponía el mono grisáceo.

–¿Sales ya?

–¡No puedes entrar aquí!

–Es que me aburro de esperarte. ¿En serio no te vas a quitar la braga?

–No –y me la calé todavía más.

Seguimos al grupo de obreros hasta la estación, que estaba muy avanzada en las obras y al salir a la calle…

–¿Dónde está la calle?

No entendí su pregunta hasta que salí tras ella.

Miré al cielo. Era cierto que habíamos estado bastante rato en el ultrarrápido, pero aunque así fuera no era el suficiente como para creerme que fuera de noche en Tailandia, y si mis conocimientos de primero de primaria eran ciertos, el núcleo del planeta era pura lava imposible de atravesar.

El cielo estaba totalmente negro. De hecho, había escaladores amarrados sin caerse. Había máquinas que llegaban hasta él, más altas que los edificios que acariciaban el marrón oscuro, porque el cielo, si te fijabas bien, era marrón.

No se parecía a nada que hubiera visto antes. No estaba entendiendo nada. Ahí arriba había líneas negras, que a simple vista parecían ser cables. Miré una parte que no tenía cables y comprobé que eran largas placas de algo parecido a cristal o metacrilato. ¿Eran pantallas de led? Estaban demasiado lejos como para estar seguro de ello. Sacudí la cabeza y empecé a caminar tratando de buscar una salida a la calle que no fuera por la estación, pero los edificios eran un trampantojo creíble y funcional. Podía vivirse en esas casas que parecían llevar años ya construidas.

–¡Eh, tú! ¡A trabajar! –y me dieron un puñetazo en el estómago con un casco. No era caso desobedecer a un completo desconocido y me lo puse.

Por los nervios tropecé de nuevo, pero no me caí. El suelo era desigual, como si la obra se hubiera reanudado a partir de ese punto muchos años atrás. Nada tenía sentido. ¿Qué estaba pasando?

Otra vez tuve la suerte de enfrentarme a la delicadeza del sector de la construcción y alguien me agarró con fuerza del brazo y me llevó hacia sí.

–¿Qué haces aquí?

Mi corazón se detuvo en seco: –¿Ben?

Llevaba el mismo mono que todos pero considerablemente más sucio y con los bolsillos llenos de herramientas castigadas por los años.

–Sal de aquí ahora –dijo soltándome y empujándome hacia la estación.

–¿Qué haces aquí?

–Soy chispas, ya lo sabes. Vete de aquí.

–Pero… ¿Qué es todo esto?

Ben me empujó de nuevo y nos metimos dentro de otra caseta de obra. Parecía una oficina. La verdad es que esas cosas servían para todo. Solo tenías que saber qué uso querías darle. Estaba convencido que en medio de un solar podías hacerte una casa de campo si te lo proponías.

Ben se quitó el casco y cruzó sus brazos sobre su pecho: –¿Qué haces aquí?

–He… seguido a Alexandra. Quería conocer Tailandia y… ¿Qué era todo eso de ahí fuera? No parecía otro país, no he visto la calle, ni…

–¿Has quitado la ubicación de tu teléfono?

–Sí, Alexandra la quitó en el ultrarrápido. Por eso de si nos pillaban y así…

–Apágalo.

No tenía ninguna buena razón para discutir con él, así que lo saqué del bolsillo y lo apagué mientras Ben se sentaba en la silla de plástico para las visitas y hundió los hombros antes de taparse la cara. El escritorio estaba lleno de papeles y planos. Ben tomó uno de forma despistada y lo volvió a dejar.

–Estamos construyendo Tailandia –dijo al fin.

–¿Construyendo?

–Sí.

–¿Y la de verdad?

–No existe.

–¿Cómo que no existe?

Ben miró con nerviosismo la puerta de la oficina.

–Te lo explicaré en casa. Sal de aquí cuanto antes.

Los dos salimos del estudio y no se despegó de mí ni en el vestuario.

–¿De verdad te has puesto el buzo con la bufanda?

–¡Es un buff!

Ben negó con la cabeza y cerró su taquilla. Al salir de la caseta lo llamaron por su nombre y apellidos.

–¿En serio? –pregunté.

–Sí, soy encargado… ¡con lo bien que estaba de chapas! –me señaló una dirección– la salida está por ahí, por si no te acuerdas.

Iba a negarme porque necesitaba encontrar antes a Alexandra, pero por suerte nos había visto y se había dado por vencida en la incursión, aunque ya había visto más de lo que hubiera querido. No tuvo inconvenientes en deshacer el camino. Se hizo un poco de rogar, pero solo por picarme.

–Vaaale, volvemos. Pero espera, que tengo que ir al baño.

–¿En serio tienes que ir al baño? ¿No has ido en los vestuarios? –me quejé pensando que usaría la excusa para volver a la ficticia Tailandia, pero salió enseguida.

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