PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 30.

30 Tinta de sangre… ¿O sangre de tinta?

El jefe hizo que su secretaria lanzara el arma por el suelo hasta mis pies. No tenía intención de agacharme a recogerla, tenía dos mucho más cerca que esa: –Juan… ¿Sabe que podría haberme disparado y todo hubiera terminado? Es el camino fácil. Hágalo.

Sabía que ese viejo no había matado a nadie en su sarnosa vida y no iba a empezar ahora.

Hizo oídos sordos: –Adela, vete.

Reí sonoramente y en la confusión de ambos saqué las dos armas, me puse de perfil hacia nuestro jefe y los apunté a la vez: –Vosotros no habéis salido del cuento de hadas todavía. Os ayudaré a volver a él.

Y disparé.

Por supuesto, Juan disparó a la vez, como viejo sabueso que era.

En aquella batalla extraña dos balas impactaron; la mía en Adela y la de Juan en Adela también.

Cayó al suelo como un fardo.

No perdí más tiempo con la secretaria. No podía perderme la cara de desesperación que puso su jefe, con los ojos abiertos de par en par por la impresión. La barbilla le temblaba como las manos, que perdieron el arma, que rebotó en el suelo polvoriento y se dejó caer de rodillas.

Sonreí.

Miré el cuerpo de la chica entre una nube de polvo: –Ahí está el éxito de tu organización Juan Francisco Germán.

Se llevó las manos a la cabeza.

  –¡Ahí está! –le grité.

Caminé rápido hacia él y le golpeé la cabeza con la culata de mi pistola. Le agarré de la solapa de su raído suéter y aproveché para coger el arma huérfana del suelo: –Ese es el resultado de todas tus tonterías. ¿Estás orgulloso?

Traté de que esa pregunta lo rompiera por dentro. La verdad es que no hacía falta mucho más para hacerlo. Traté de obligarlo a andar, pero andaba más torpe de lo que nunca lo había visto.

Ahora no era esa fiera gritona que atormentaba al personal. Era un simple abuelo que había matado a una persona.

Quería que la viera allí tirada.

Quería que la viera muerta.

Muerta por su culpa.

Quería que eso fuera lo último que viera antes de seguir los pasos de su secretaria.

Al llegar lo tiré sobre una de las cajas que jalonaban al cadáver.

Pretendí decir algo. Algo hiriente, la guinda de un pastel finito. Aquello que Juan recordaría en la eternidad de su muerte cuando algo de esa escena no me cuadró.

Adela estaba cubierta de un rojo apagado… Pero no tan apagado como otras veces que había visto en otros cadáveres…

Para cuando me di cuenta de qué era lo que no era real ya era tarde para organizar las tres armas que tenía en las dos manos.

El cadáver se lanzó contra mí y noté algo frío en mi corazón.

Adela inyectó un enorme cartucho de tinta roja en pleno corazón de Román con la clara convicción de estar vengando a Basilio, llena de rabia.

Un disparo sonó cerca, pero Román no podía apuntar a nada concreto.

El jefe miraba la escena como fuera de ella, como en una sala de cine en tres dimensiones pero sin gafas, perdido totalmente.

Adela sacudió su ropa llena de tinta roja.

  –Puede que todos seáis idiotas, pero yo no lo soy tanto como para no llevar un chaleco anti-balas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s