LA MONEDA, capítulo 6.

LA MONEDA, CAPÍTULO 6.

Lunes… De normal llegaba cansado a los lunes, pero en esta semana estaba totalmente roto. Menos mal que mi trabajo lo hacía sentado. Era lo único que me aliviaba. Sin embargo no entendía por qué. Había estado descansando toda la tarde tranquilamente.

–Soy un flojo…

Tenía que ducharme, pero no me apetecía, y eso que no recordaba la última vez que me había duchado.

Tenía que desayunar, pero mi estómago aún recordaba el sabor de la cena de anoche.

Duchar o colonia, desayunar o llevar un buen almuerzo, eran decisiones difíciles típicas de los lunes. Solía ganar la segunda opción.

No fui consciente de cómo llegué al trabajo. Había ido por mera rutina. Solo tras un par de cafés de la máquina empecé a darme cuenta de lo malos que estaban. No se parecían a los de la oficina de Berat.

Nos habían dado unas nuevas ofertas para intentar venderlas a los posibles clientes. Por primera vez me convencieron hasta a mí, al menos hasta que llegaban al punto de la permanencia. Aprendías a desconfiar en un trabajo como este. Aún así conseguí que diez personas se interesaran y cuatro lo contrataran. No era una mala cifra para media mañana y con la consciencia anulada por el sueño.

Nancy estaba justo a mi lado y parecía que nunca necesitaba dormir. Su voz era mucho más enérgica que la mía. Dobló las ventas que yo tenía esa mañana. Si cobráramos por eso sin duda estaba en la oficina equivocada. Casi siempre iba con ropa ajustada. Le encantaban las camisetas de tirantes y tenía tantas pulseras y collares que mucha gente se apartaba de su lado por si de repente les intentaba vender una. Sus orejas tampoco distaban mucho de ser un gran escaparate de pendientes en forma de aro.

Los dos colgamos a la vez el teléfono. Ella sonrió de medio lado: –Desearía que la tierra se tragara a la gente. ¿A ti no?

Nancy era ese tipo de personas que yendo a su tranquilo trabajo de ocho horas escuchaba música sobre destrucción, muerte y ajustes de cuentas.

Me encogí de hombros: –A mí me ha tocado una ancianita adorable.

–A mí un triste indeseable que lo mejor que va a tener el día de hoy será haberme llamado zorra.

Ambos miramos los teléfonos. No nos estaban pasando llamadas. Era una grata novedad.

–Vaya… ¿Podré abrir un videojuego en línea o eso desatará la locura telefónica?

Para Nancy jugar mientras hablaba con los clientes no era nuevo, siempre que no hubiera jefes. Como yo, tenía tan interiorizado el monólogo de ofertas de la empresa que podía hablar sobre las geniales oportunidades para conseguir un nuevo terminal que muchas veces se encontraba con que le habían colgado el teléfono hacía minutos.

Vi su piel tintada. Lo que había sido una piña ahora era un tribal de cuerpo entero. Los días especialmente duros se lamentaba porque eso le cerraba muchas puertas laborales.

Era la mejor enfermera que había visto, pero tampoco había visto que las enfermeras fueran con la cara llena de piercings.

–¿Te hace un café? –me preguntó.

–Siempre.

–Pues ve a por dos. Yo me encargo de tu teléfono si suena.

No era la primera vez que nos adelantábamos al descanso para el café. A veces nos turnábamos para sacar algunos de la máquina siempre que no hubiera supervisores, y la mujer de la limpieza nunca soltaba prenda sobre nuestras basuras, ya que debajo de informes desfasados siempre había una fila de vasos de papel. Era cierto que ese café no era bueno, pero siendo café, el peor del mundo seguía siendo aceptable. Cuando volví Nancy tenía los dos teléfonos conectados a su auricular. No sabía cómo podía hablar con dos personas a la vez y que ninguno de los dos se diera cuenta de que estaba siendo atendido como segundo plato. Nancy colgó mi teléfono y me hizo la señal de unas tijeras. Se suponía que habían colgado.

Inmediatamente después sonó de nuevo. Eso ya me parecía más normal. Lo descolgué y automáticamente escuché a un señor insultándole a la máquina que nos precedía. Eso era un día normal en la oficina, sí señor…

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