LA MONEDA, capítulo 7.

LA MONEDA, CAPÍTULO 7.

–Deberías ir al récord guinness –me dijo Nancy mientras abandonábamos el trabajo–, no sé cuántos cafés te has tomado ya. ¿No necesitas ir al baño? No debes ni tener hambre.

No tenía ganas de ir al baño, pero en que no debía estar hambriento era cierto.

–He tenido unos días muy raros… –dije removiendo el vaso– Milos no me deja ver a Laila, Berat está trabajando demasiado, Ben está “construyendo” Tailandia y Alexandra está más inquieta que nunca. Además hay un hombre…

Recordé al borracho. Solo se podía describir de una forma.

–No me hagas caso –me corregí–. Solo decía tonterías, pero no sé por qué me llamaba la atención. Eran cosas que me gustaría preguntarle a nuestros mayores pero ¡sorpresa! Nosotros somos los mayores.

Nancy sonrió: –Es cierto. Es curioso la poca gente que hay mayor que nosotros ¿verdad?

Nunca me había parado a pensar en eso hasta que vi a ese señor.

–Así que construyendo Tailandia…

Me giré con curiosidad a Nancy. Parecía pensativa. Se acariciaba el mentón mientras miraba al cielo. Yo la imité. Entonces algo desagradable pasó por mi mente. Recordé el supuesto cielo de la Tailandia que Ben estaba… construyendo, en busca de una palabra mejor, y me di cuenta de que no conocía ningún aeropuerto. En ese momento estaban pasando unas nubes que tapaban parcialmente el sol del medio día. La brisa era calma y solo se oían los siseos de los patinetes eléctricos y el hablar de la gente, incluso algunos que llevaban la música baja al caminar. Yo prefería los auriculares.

Entonces Nancy me hizo un gesto para que la siguiera.

–¿Adónde vas?

Nancy dejó de mirarme: –Verás… Laila quería decirte algo el día de mi cumpleaños.

No me gustaba su tono de voz. Tenía mucho miedo de seguir preguntando, así que caminamos hasta la estación del ultrarrápido en silencio. Nancy solo continuó hablando cuando ambos pagamos el billete sencillo.

–El caso es que Milos estaba de acuerdo con ella.

–¿No está celoso de mí entonces?

–¿Celoso? ¡Ja, ja, ja!

La risa de Nancy fue tan natural que daba vergüenza ajena. Hubo personas que dejaron de prestar atención a sus teléfonos para no perderse el chiste.

–¿De dónde has sacado semejante idea? –preguntó comprando un sándwich de una máquina.

–Ya te dije que no me deja acercarme a Laila desde que ingresó… ni que le ayude ni nada.

Nancy se encogió de hombros con su típica mirada pasota: –Ya sabes lo metódico que es Milos. No quiere que le ayudes hasta que tú no pidas ayuda.

–¡Yo no necesito ayuda! –dije sobresaltándome. Ahora era yo el centro de atención– Ahora eres tú la que dices tonterías –dije entre dientes, avergonzado.

Esperaba una contestación que me diera la razón. En su lugar tuve una Nancy que me señalaba el tren: –Montemos en este.

–¿En qué puedo necesitar ayuda, eh? –gruñí por lo bajo mientras nos sentábamos cerca de la puerta de salida.

–Tú, Alexandra… vais en el mismo saco.

–Que yo sea el único que me sigo llevando bien con ella no es un problema que necesite ayuda –dije enfadándome todavía más– ¡Además es mi hermana! No puedo dejarla sola.

Nancy dejó de sonreír: –Bueno… espera a que lleguemos ¿vale? No está lejos. Espero que lo entiendas después.

No sabía cómo reaccionar a eso. Sentí gran curiosidad por lo que Nancy tenía que enseñarme. Suponía que no era nada bueno y menos si tenía que ver con Alexandra.

–Es esta parada. Las ventanas seguían mostrando un paisaje opaco bajo el suelo, pero la parada siguiente tenía un nombre muy claro dibujado con los leds de la pantalla luminosa. Hacía muchos años que no pasaba por allí.

–El orfanato…

–¿Te acuerdas de él?

–¡Claro! Estuvimos más de diez años ahí metidos.

Nancy sonreía con tristeza al salir del tren y ver la calle. Sin lugar a dudas el edificio del orfanato no había cambiado en absoluto. Solo había una diferencia fundamental, y eran los niños que estaban jugando en el patio. No éramos nosotros. Tampoco había tantos como en nuestra época. Eso me hizo sonreír con sinceridad.

Nancy y yo entramos. Muchos niños se nos quedaron mirando con curiosidad al otro lado de la valla metálica. Parecía una perrera. Era como si trataran de llamar la atención de algún adoptante… luego estaban los que pasaban de todo y seguían con sus juegos. Me sentí identificado con esos que nos ignoraban. Sentía que hacían lo mismo que hicimos nosotros en su día. Ninguno quería ser adoptado porque eso hubiera significado separarnos y no lo podíamos permitir. Tuvimos esa suerte dentro de esa desgracia.

Nancy saludó efusivamente a una señora mayor. Luego se apartó y dijo: –Andrei… ¿recuerdas a Rosa?

–Rosa…

La morriña acudió como una oleada cálida. La señora bajita me abrazó. Esa sensación me reconfortó como si no hubiera pasado el tiempo, pero al separarnos vi lo irreal de aquello.

Al parecer Nancy era de las pocas que iban de vez en cuando a jugar con los niños. El pasatiempo preferido de los más pequeños era colorear sus tatuajes.

–Rosa nos va a enseñar algo. ¿Vienes, Andrei?

Las seguí al interior del edificio. Seguía siendo algo oscuro y el ambiente estaba un poco cargado.

Entramos en una oficina llena de ficheros. Yo no había visto ese lugar antes.

–¡La de veces que Milos ha estado aquí por vuestras perrerías…! –exclamó Rosa abriendo un fichero– Aquí están. Os dejaré un rato, no puedo dejar a esas fierecillas solas por mucho tiempo.

–Gracias –dije mientras salía por mi izquierda.

Rosa cerró la puerta a mis espaldas. No me hacía especial ilusión.

–Por si no lo sabes, esto es lo más ilegal que vas a hacer en tu vida –dijo Nancy con una sonrisa. Todo lo cuestionable le hacía feliz.

–¿Esto es lo que querías enseñarme? –pregunté lacónico. Unos informes no me iban a “ayudar”, si eso era lo que esperaba.

–Míralos –dijo señalando el fichero como si fuera un cofre que solo el elegido podría abrir. Me acerqué con desconfianza y posé mi mano sobre el tirador. En ese momento sonó algo muy fuerte y la habitación se oscureció. Salté hacia atrás tropezando y cayendo de culo. Miré rápidamente alrededor pero nada había cambiado, solo la risa de Nancy.

–Solo ha sido un balón en la ventana, ¡ja, ja, ja!

A mí no me había hecho ninguna gracia… sin dudar más me levanté con decisión, agarré el tirador y estiré con fuerza, como si me quitara una tirita.

Cuando Nancy subió de nuevo la persiana que andaba bastante floja para haberse desplegado por un simple balonazo, vi los nombres de los ficheros. Estaban muy bien rotulados.

–Milos… Ben… Nancy…

Nancy controlaba su respiración, como si esperara que tuviera que cortar un cable y no sabía de qué color.

–Esto no va a explotar…

–Perdón. Sigue.

–Laila también está. Berat, Andrei…

–¿¡Andrei!?

–Sí.

Me apartó de un empellón y sacó mi historial.

–¡Eh! ¿Qué estás haciendo?

–Esto no debería estar aquí.

Cuando lo abrió se lo quité de las manos: –¿Te has vuelto loca? ¿Qué te pasa?

Me ignoró y miró el resto de los informes.

–No falta el tuyo… falta el de Alexandra.

–¿Qué?

Entonces todo tomó interés de repente. Debería estar. Todos nos criamos en ese lugar.

Entonces fue cuando yo busqué con más ganas. Nancy solo se movía como para aparentar que estaba haciendo algo. A pesar de eso Nancy y yo estuvimos buscando incluso en otros años, pero no apareció en ninguno.

Por suerte, cuando Rosa llegó todos los cajones estaban cerrados y no parecíamos sospechosos. No demasiado. Me recoloqué el buff tapándome parcialmente la cara.

–¿Os a ayudado?

–Sí Rosa, muchas gracias –dijo Nancy adelantándose a mi respuesta. Era la primera vez que me arrepentí de llevar la boca tapada.

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