PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 32.

32 Disolución

Muchos cargos se arremolinaban alrededor del jefe. Miraba ausente al juez que dictaba que la organización no volvería nunca más.

Tal como lo decía parecía que los malos éramos nosotros, y solo habíamos dado de baja al más alto cargo de la mafia y destrozado un edificio que tenían intención de tirar. Pero claro, ahora era la escena de un crimen y bla bla bla.

Todos estábamos allí.

Ángela…

Felipe…

Noa…

Adela…

Yo.

Escuchábamos cómo al jefe se le caía hecho añicos su gran orgullo por el deber cumplido. Sus años de lucha contra el destino inevitable que se le presentaba en ese momento al salir del juzgado. Realmente por todo eso, por todos los años cumplidos no lo enchironaban, pero para él como si fuera exactamente así, encerrado en el amplio mundo sin poder hacer lo que le había hecho vivir; esa pequeña organización que murió en el mismo momento en el que se vio obligado a firmar su disolución.

Caminó hacia la salida cabizbajo con pasos muy cortos y las manos en los bolsillos.

Todos los demás salimos detrás de él.

En la calle miró al cielo y luego se giró hacia nosotros.

Contra todo pronóstico sonrió.

Nos pilló de sorpresa cuando nos fue señalando y empezó a decir…: –Puede que esté loco pero… ¡puede funcionar!

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