LA MONEDA, capítulo 10.

LA MONEDA, CAPÍTULO 10.

Era de noche y hacía frío. Más de lo que era normal en esa época.

–Es por aquí…

La voz del mendigo era siniestra a la luz de las farolas, y su aspecto era similar a la muerte. Solo le faltaba la guadaña.

Éramos los únicos en la calle y además era muy tarde. A penas había luces en un puñado de ventanas. No me sentía en condiciones de dar una explicación lógica a por qué lo estaba siguiendo.

–Ah, no –dije plantándome a la entrada de una calle sin luz. Las farolas se habían fundido y no se veía nada en la noche sin luna.

–¿La señorita tiene miedo?

¡Ya estaba harto con él! Había tocado mi fibra orgullosa. Apreté los dientes y los puños y actué en contra de todo instinto y no solo me adentré en esa calle, sino que lo adelanté y tomé la iniciativa. Cuando estuve a mitad mis ojos se empezaban a acostumbrar y podía ver algunos detalles del suelo y los edificios, pero nada que me sirviera para nada. Paré y me froté los brazos para darme calor.

–Toma…

Sentí escalofríos al notar su aliento justo a mi lado. Sus pasos eran similares a los de un felino. Agarré algo de metal con forma de ocho y fui consciente de qué era.

–¿Unos prismáticos?

–Nocturnos. Puedes ver todo lo que te rodea sin necesidad de luz.

Me los puse. Era cierto. Todo se veía en escala de grises pero reconocía hasta los números más lejanos de los portales de las casas.

–Arriba. Fíjate bien.

Sin dejar de tener ubicado al mendigo alcé la vista esperando encontrar algo evidente, pero solo se veían los puntos blancos de las estrellas.

–¿Lo encuentras? Debe estar por ahí.

Di varias vueltas con los catalejos sin entender muy bien qué era lo que quería que viera. ¿Una prueba irrefutable? ¿De qué? Como no fuera de su imaginación no me daba por aludido con nada de lo que…

–Ben…

Fruncí los ojos para asegurarme. Sin duda era él. Seguía con el mono sucio y tenía entre las manos un destornillador en lo más alto de una grúa sobre un rascacielos. Unos compañeros le ayudaban a sujetar una placa enorme que estaban quitando de… del cielo.

Estaban sustituyéndola por una diferente.

Bajé poco a poco los binoculares y el frío se hizo más palpable.

–Por eso llueve y hace frío algunas noches… lo necesitan para trabajar y que nadie se dé cuenta… En especial los más pequeños. Sería una lástima que el ratoncito Pérez dejara de existir.

Me sentí muy extraño en ese momento. No era capaz de entender por qué era necesario aquello.

Yo no era un niño… aunque tal vez me estuviera comportando como uno o me trataran como uno, y eso no podía seguir así.

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