LA MONEDA, capítulo 11.

LA MONEDA, CAPÍTULO 11.

Como todas las semanas que trabajaba de mañana, me fui antes de que Ben apareciera.

Aquella noche soñé de nuevo con la entrada a la nave, pero en esta ocasión huíamos de un hombre con túnica y capucha puesta sobre la cabeza. Encontrarme con ese mendigo no me estaba haciendo bien…

En el trabajo todo pasó como siempre, muchas llamadas incómodas… Solo pensaba en volver a casa. Necesitaba que Ben me diera explicaciones. Conforme llegaba la hora de salir me sentía más ansioso. ¿Qué le preguntaría? ¿Qué le diría?

–¿Podéis quedaros un par de horas más?

Tanto Nancy como yo nos quedamos mudos y rotamos la cabeza con ademán inexpresivo hacia nuestro superior. Era como si nos hubieran quitado el alma.

–Solo hoy –dijo juntando las palmas en forma de rezo.

Generalmente era un tipo simpático, pero en ese momento se me antojó un tirano.

No reaccionamos de ninguna manera, pero nuestra cara le dio a entender que no estábamos nada contentos con la resolución.

–¿Oiga? ¿Me escucha? –pude oír desde mi terminal.

–Sí, sí, perdone…

Nancy colgó sin ningún miramiento a su cliente. No era la primera vez. Al fin y al cabo las llamadas solían cortarse… y marcó un teléfono.

–¿Milos? No… No puedo ir. Salgo dos horas más tarde. ¿En serio? ¡Qué mala suerte! Sí. Yo me encargo.

Quería preguntarle qué se traía con Milos, pero no coincidimos en ningún momento para hablar, así que al llegar la hora de marcharme cogí mi bandolera y me la puse atravesada. Fui hasta la puerta de salida de la sucursal.

–Hoy voy a cuidar de Fivit. ¿Te vienes?

Esa frase me hizo parar en seco. Miré hacia atrás. Nancy estaba sacando un sándwich de la máquina de la oficina, como si no acabara de decir aquello.

–¿La hija de Milos?

–¿Conoces a otra Fivit?

Miré a la calle. Mucha gente de cambio de turno estaba recogiendo sus patinetes eléctricos y otros tantos se dirigían a la estación subterránea de ultrarrápido.

Hice cuentas mentales. Era medio día. Ben seguramente estaría durmiendo. Si trabajaba de noche… supuse que tenía hasta primera hora de la tarde.

Corrí hacia Nancy y saqué otro sándwich: –Venga, vamos.

Prácticamente la empujé hasta la estación.

Llegamos enseguida al bloque de pisos de Milos. Fue Nancy la que llamó. Cuando subimos a su casa la puerta de la entrada estaba abierta y Milos saludó desde la cocina: –Gracias por ayudarme Nancy…

Nancy cogió a la pequeña revoltosa en brazos.

–Es un placer, Milos.

–La niñera también ha tenido un imprevisto… ¡Qué desastre!

No lo veíamos. Seguro que estaba preparando la merienda de la pequeña, que estaba enorme. En los primeros años crecían tanto que daba miedo.

Me sentí culpable de no haberme pasado más a menudo a verla y me sentí vagamente molesto de que Milos no confiara en mí para ayudarle. Luego recordaba que no entiendo gran cosa de bebés y se me pasaba. Además, seguía molesto conmigo.

Milos salió de la cocina secando un vaso de plástico con asas: –Aún queda bastante tiempo para que dejen salir a Laila. No sé qué haré con el trabajo porque… Oh.

Paró en el momento en el que me vio.

–Hola Milos.

Pese a mi saludo no conseguí que volviera a sonreír.

–Hola –repetí más inseguro.

Suspiró y se puso el trapo sobre el hombro: –¿Por qué no me has avisado, Nancy? Hubiera preparado algo más de merienda para vosotros.

–Tranquilo, está bien –contestó ella.

Él asintió y entró de nuevo a la cocina.

Se notaba que era una casa con críos, había cosas de colores de aspecto blandito y adorable por todo el suelo y enganches de plástico en todas las puertas de todos los armarios. Todos los enchufes estaban ocupados y las cosas peligrosas muy, muy lejos del suelo. Ignoraba todo lo que un paragüero podía ser de letal para un niño pequeño, pero según Nancy, las etiquetas de la ropa y los juguetes eran como una bala cerca del corazón.

Por fin Milos salió de la cocina con la intención de ir a comprar algo más para nosotros. Nancy estuvo casi diez minutos tratando de convencerle de que no era necesario, que nos las apañábamos. Finalmente se despidió de nosotros y se fue al hospital.

–Milos no se ha alegrado nada al verme… –dije entristecido sentándome en el suelo sobre una alfombra llena de carreteras.

–Lo que pasa es que no se alegra ante los imprevistos. Solo tienes que verle la cara. Hasta que no le digan el día y la hora exacta del alta de Laila, no podrá ser feliz. Los cambios de horario lo hacen muy irascible.

Conocía la forma cuadriculada de pensar de Milos… era fácil. Solo tenías que fijarte en un calendario. Él era así, un día era un día, con su rectángulo y su número en una celda con siete columnas y de cinco a seis filas. Seguramente él hubiera inventado algo para que todos los meses tuvieran el mismo número de filas. Aún así no me parecía suficiente excusa para que me diera de lado. ¿Qué podía haber hecho para descuadrarlo?

–Me encantaba esta basura.

Nancy tenía entre sus manos un libro desplegable. Si tirabas de algunas lengüetas los muñequitos de los libros se movían, incluso un gran castillo se alzó al abrir determinada página, aunque estaba bastante destrozado… De hecho Fivit se lo quitó de las manos y se lo metió en la boca.

–Está bueno el papel, ¿eh?

Y rió. No sabía si era bueno dejarle usar sus primeros dientes para eso, pero quién era yo para opinar al respecto. Nancy me contó cosas extrañas del orfanato. Algunas las recordaba, otras no. Estaba nostálgica. De hecho, me contagió. Estuvimos rememorando las cosas de críos mientras jugábamos con Fivit.

–Eras el primero siempre en ducharte. Para cuando todos íbamos tú ya volvías.

–¿Sí? No recuerdo eso.

–Bueno… éramos peques.

Fivit balbuceaba muchas palabras. Según Nancy, las pronunciaba muy bien, pero yo no entendía ni papa. Eso sí, me ponía nervioso cuando se acercaba a los cajones de la cocina. Tenía tanta fuerza que temía que los abriera a pesar de tener todos unos seguros que temblaban a cada envite de la pequeña. En cambio Nancy parecía una balsa de aceite.

–¿Cómo es que no tienes críos? –solté de sopetón. No me lo esperaba ni yo.

–¿Cómo es que no los tienes tú? –creí haberla herido, pero empezó a reír– ¿Acaso tú has encontrado a tu media naranja? No, ¿verdad?

Tuve que admitir que me puse rojo, lo que la animó todavía más.

–¿Ah…? ¿Tienes algo por ahí?

–¡No!

–¡Tienes algo por ahí! Cuenta, cuenta –insistió Nancy.

Un llanto detuvo la conversación en seco. Fivit se había hecho daño con algo.

–¿Qué ha ocurrido?

Me puse nervioso. Eso era precisamente lo que necesitaba para que Milos me tuviera en mejor estima.

–Solo se ha dado un golpecito. Trae su peluche favorito. Está en la cuna, en el cuarto de Milos y Laila.

Asentí y miré en todas las habitaciones hasta dar con ella. Tomé el peluche de unicornio que en sus tiempos debió ser blanco y al irme de la habitación vi la mesilla de noche de Laila. Había una foto de su boda. Ella y Milos sonriente, con todos nosotros a los lados. No fue una boda multitudinaria… De hecho todos salvo ellos vestíamos prácticamente de calle, en un nivel más elegante. Yo llevaba puesto mi mejor buff. Entonces vi el marco. Tenía un pequeño hueco en la parte de abajo, donde debería estar una inscripción que dijera algo estilo “el día de nuestra boda” o la fecha. En su lugar había algo que fue básicamente lo que hizo que tomara la foto entre mis manos en primer lugar, dejando caer al équido.

En ese huequecito, protegidas por un cristal, había dos monedas con un agujero en el centro.

–¿Andrei?

–¡Ya voy!

Cogí el unicornio y se lo llevé. Fivit no volvió a llorar en toda la tarde.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s