LA MONEDA, capítulo 13.

LA MONEDA, CAPÍTULO 13.

Miércoles. ¿Quién lo diría? De normal no podía quitarme a Ben de encima en ningún momento y ya llevaba días sin estar con él. Seguía dejando notitas en el frigo y dejando su móvil en casa. ¿Sería que “hacer Tailandia” era de verdad tan secreto?

Ese día no me iba a dejar engañar ni por Nancy para que me invitara otra vez a una fiesta de juegos infantiles infructuosa, ni con jefes que me prometieran un sobresueldo con horas extras. Iba a llegar a casa pronto. Si era necesario despertaría a Ben para que me diera explicaciones. Por suerte el ultrarrápido no sufrió ningún inconveniente y me llevó directamente a mi casa. Con la suerte que estaba teniendo no veía desorbitada la idea de que nunca más llegara a casa.

–Por fin te encuentro en casa.

Ben ocupaba su sitio en el sofá. Y con eso me refería a todo el sofá. Estaba tumbado leyendo su tablet. Cogí una silla de la cocina y me planté delante de él.

–Te han censurado. ¿Qué has hecho?

–¿Por qué me has estado evitando? –pregunté, yendo al grano.

–¿Yo?

–Desde lo de Tailandia no te he visto –mentí–. Me tienes que dar muchas explicaciones.

Se irguió y dejó la tablet sobre la mesa.

–¿Otra vez tus artículos de psicología?

–Deberías leer alguno. ¿Te suena de algo los sueños recurrentes?

–Eh…

–Tener que vigilar a cada momento todo lo que pasa a tu alrededor.

–Eh…

–¿Hablas mucho con Alexandra?

–¡Para ya! No cambies de tema. Dime qué era eso de reconstruir un país.

–Y lagunas de memoria… Esos ya son muchos ítems –dijo por lo bajo. Luego me miró directamente a los ojos–. ¿En serio aún crees en los reyes magos?

Fruncí el ceño: –Que sea el menor de todos no significa que sea tonto.

–Es como cuando a un niño le dicen que los reyes magos existen –continuó sin hacerme caso–. Eso es lo que hacemos los adultos, nos aseguramos de que sigan existiendo poniendo regalos bajo el árbol.

–¿De qué estás hablando?

–Me contrataron para colocar pantallas led por todo el techo del diorama.

–¿Diorama?

–En nuestra jerga los llamamos así. Dioramas. Instalaciones… países. ¿Entiendes?

Nuestra cuidad… nuestro barrio… ¿también era un diorama? ¿Algo creado por nosotros mismos?

–¿Por qué hacéis eso? El ultrarrápido puede llegar a cualquier parte del mundo. ¿Por qué no hacer uno hasta Tailandia y punto?

Ben se tapó la cara con la palma abierta.

–¿De verdad crees que el ultrarrápido va tan rápido?

Empezaba a no gustarme Ben.

–Yo pensaba que sabías algo más. Por eso tienes la moneda, ¿verdad?

–Espera… –susurré, y la busqué en mi chaqueta.

–Sabía que no podías haberla perdido…

Y sacó una moneda de entre los pliegues de su chaqueta y me la mostró. Tenía un agujero en el centro y ponía 25 en números desiguales.

–¿Ahora te cuadra tu estúpido sueño?

–¿En el que somos niños y montamos en una nave espacial? –pregunté confuso.

–¿Nave espacial? Piensa en pasado… –refunfuñó entornando los ojos.

–Vete a ver a Berat –dijo al verme atascado–. Es el único que te abrirá los ojos de una vez. Todo el mundo quiere olvidarlo, por eso solo unos pocos pueden trabajar como Berat. Es prácticamente imposible entrar en esa empresa, e imposible del todo trabajar ahí y ser feliz.

Retrocedí como si sin querer hubiera abierto una puerta y un tigre me observara como si fuera un bocata de chope. Todo se estaba volviendo demasiado siniestro.

Ben volvió a encender la tablet y se tumbó de nuevo, ignorándome.

Miré el reloj. A penas le quedaba una hora, como mucho dos, para ir a lo que yo pensaba que era irse de fiesta. Ahora entendía por qué me ocultaba un trabajo como el suyo. Sin embargo, ¿por qué me negaba a creer lo que ya había visto con mis propios ojos?

Porque…

Porque no lo había visto todo.

Si lo que Ben había dicho era cierto, había un mundo que no habíamos visto. Si todo lo que estaba sobre mí no era más que un techo con pantallas de televisión debía haber algo más, algo sobre eso, algo que…

–Berat…

Tenía miedo de hacer caso a Ben e ir a pedirle explicaciones a Berat, pero él trabajaba con paneles solares, y me negaba a creer que pusieran paneles enfocados a unas bombillas. Era un contrasentido. La energía salía de algún lado, y quería ver de dónde.

Estaba anocheciendo. Aún así no podía esperar al día siguiente. Me estaba comiendo a mí mismo por dentro.

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