LA MONEDA, capítulo 14.

LA MONEDA, CAPÍTULO 14.

–¿Qué haces aquí, Andrei?

No tardé en ir a la oficina de Berat. Él pareció olerse algo. Al fin y al cabo no le había llevado un refresco.

–Necesito saber…

–Ah, sí. Ben me lo ha dicho. ¿Por fin te das cuenta?

–Quiero saber de dónde sacáis la energía, Berat.

Berat se tornó tan serio que no parecía el mismo: –Oh… Se trata de eso…

Se llevó una mano al mentón. ¿A qué otra cosa podía referirme?

–Esto se salta todos los protocolos de la empresa…

Sin mirar hacia atrás desenroscó una pequeña bombilla hasta que dejó de funcionar. Se levantó y tomó uno de los trajes blancos del perchero tras la puerta y me obligó a ponerme el otro que quedaba. Pesaba mucho más de lo que había imaginado y era condenadamente incómodo. Después me hizo seguirlo. Lo corriente era seguir uno de los pasillos insulsos de siempre, pero tomamos una bifurcación distinta. Las paredes blancas quedaron atrás al otro lado de una puerta metálica. Creí entrar en un pasillo de quirófanos por un instante hasta que vi el inicio de las escaleras mecánicas de color negro grisáceo y las paredes parecidas al papel de plata arrugado y desgastado. Las luces no se encontraban en el techo, eran amarillentas y se encontraban a los lados, cerca del reposabrazos.

–Toma.

Berat me tendió un casco como de astronauta.

–¿No querrás que me ponga esto? –increpé.

–Puedes irte, si quieres.

Tragué saliva y me puse la escafandra absurda. No entendía para qué tanta protección. Me sentía súper incómodo, y las cosas no iban a mejorar.

Montamos en las escaleras mecánicas. Eran interminables, claustrofóbicas… Nunca hubiera pensado tener más sensación de ahogo en unas escaleras que en un ascensor. Al llegar a lo más alto tuve que agarrarme a la pared. Estaba tan mareado que creí notar que me quemaba. Berat me agarró: –¿Quieres volver?

–N… no… –susurré evitando abrir demasiado la boca.

–Podemos seguir otro día.

Traté de respirar con tranquilidad. Me extrañaba tener esa sensación tan aplastante por todo el cuerpo. Mi mente me gritaba que huyera pero la curiosidad se había parapetado en la puerta. Tenía que seguir.

–No podemos seguir hasta que te encuentres totalmente bien –dijo Berat.

Me erguí y controlé mi respiración.

Berat asintió y sin soltarme el brazo seguimos hacia delante.

–No quiero seguir –dije al borde del jadeo. El traje me estrangulaba.

–Solo nos queda eso.

Berat señaló al final del pasillo oscuro una puerta que podría estar perfectamente en la cámara acorazada de un banco.

Un latigazo partió mi cerebro en dos: –Es mi sueño…

Sonreí forzado.

–Estoy soñando, ¿verdad? He debido quedarme inconsciente.

Berat no dijo nada. Me agarró con más fuerza del traje y tiró de mí. Yo me dejé llevar. ¿Qué de malo podía pasar en un sueño? Además, siempre acababa bien. Siempre… terminaba cuando… esa puerta…

Paré a un par de metros de la puerta. Berat tecleó un número absurdamente largo. En ese momento el sueño debía terminar. Nunca veía lo que había al otro lado.

Esperaba que no fuera como esos sueños en los que caes y si llegas al final mueres en la vida real. Sería triste decirles a los nietos que moriste por abrir una puerta.

Berat abrió con esfuerzo la puerta. De fuera entró una luz cegadora y caliente. Parecía que los chirridos del metal de los bornes rasgaban la luz, haciéndola más intensa.

Tuve que cerrar los ojos ante tanto brillo. Entonces mi cerebro se quedó completamente callado. El silencio lo cubrió todo, como la incertidumbre. No me atrevía a pensar qué estaba pasando.

Hice caso al gesto que hizo Berat para que lo siguiera, cosa que hice como un autómata, como una polilla que va hacia la luz.

–¿Qué…? –susurré dentro del traje.

–Este… es el mudo real.

Salí dando pasos pesados. Lo que tenía frente a mí era un largo pasillo de arena jalonado por kilómetros de placas solares. Traté de tocar una, pero Ben me disuadió. Al parecer hasta el traje se rompería al contacto con el intenso calor.

Lo seguí por otro gran pasillo que llegaba a un faro blanco y subimos por sus escalones uniformes. No podía imaginar qué vería desde ahí arriba. Tampoco era complicado. Era una gran explanada irregular de arena parda llena de rectángulos negros.

Me fallaron las piernas. Me tuve que agarrar al murete que nos rodeaba.

Berat se apoyó a mi lado haciendo un sonido mullido por lo gordos que eran los trajes para evitar las quemaduras.

–Esta es una de las zonas que llamamos “amables” –continuó haciendo unas comillas con los dedos de las manos, que con el traje eran ridículamente grandes–. Los desiertos de sal…Antiguos mares que quedaron sobre el nivel del mar porque el ser humano intentó crear artificialmente tierra habitable. El resto del mundo está prácticamente inundado. Realmente no queda nada aquí fuera, salvo sol y calor… Demasiado calor…

Era innegable. A pesar del traje ya estaba sudando.

–No puede ser… No hay inundaciones registradas desde hace más de…

–¿Treinta años?

–¡Sí! ¡Nos hubiéramos enterado de todo esto!

–No Andrei… Ahí dentro está todo climatizado. Lo único que puede llegar a nosotros son los terremotos y estamos lejos de las fallas de las placas tectónicas. Estamos en una llanura, por así decirlo.

–Pero… Llueve.

–Son aspersores. Está todo mecanizado. Aunque algunas veces es que hay fugas y tenemos que repararlas. Hemos creado un patrón idealizado de las estaciones que antes tenía el planeta. Al menos todo el calor que hace aquí fuera nos da la energía necesaria para hacerlo.

Yo seguía negándomelo.

–Pero… ¡El cielo! Yo veo…

–Sabes que son placas de led, lo que pasa es que están tan lejos que no los distingues bien. Bajo nuestros traseros ahora mismo hay miles de personas pensando que realmente ese es su mundo y que de alguna manera se salvó. Somos humanos domesticados en una jaula de oro. Estamos encerrados.

–Pero… ¡He estado en Turquía, en Alemania, en…!

–Dioramas. Como instalaciones de un zoo. El ultrarrápido no es tan rápido. Solamente conecta diferentes territorios acondicionados que no están al otro lado del mundo. Solo se han hecho copias convincentes.

Caí a plomo a su lado. Tenía tanto calor que estaba tentado a quitarme el traje. Berat se asustó cuando me llevé las manos a la cabeza y me disuadió de quitarme el casco.

–¡Los rayos UVA son letales! En pocos minutos te quemarían.

–No… ¡no me lo puedo creer!

–Siento que te enteres así…

Toda mi vida estaba siendo una farsa. Laila debió intentar decírmelo cuando le dio el ictus.

Berat pareció leerme la mente.

–No era esto lo que Laila quería decirte.

–¿Qué?

Berat miraba el horizonte como un viejo lobo de mar.

Le agarré de las solapas del traje: –¿Qué quería decirme?

No le podía ver bien la cara a Berat porque hasta los cristales del traje estaban tintados. Me retiró la mirada y siguió hablando.

–Quieren que en el futuro nadie ajeno sepa lo que pasó con el mundo. No es necesario revivir ese dolor del pasado. Por eso mi empresa es tan estricta contratando gente. Cualquier persona ajena a la empresa energética no debería recordar nada de lo que había vivido antes de llegar aquí. Al fin y al cabo es muy traumático saber que gracias a una absurda moneda los que estamos aquí dentro estamos vivos.

Entonces me fijé… Pensaba que el traje tenía botones porque eran adornos, una especie de estilo extraño, pero no era así. Berat llevaba cosida en la solapa de uno de los bolsillos del pecho una moneda con un agujero en el centro.

–Eso…

Él asintió con dignidad: –Es prácticamente lo único que te piden para entrar en la empresa. Enseñar la moneda y saber exactamente por qué la tienes. Muchos saben que tienen que venir con ella… pero pocos saben de dónde salió. Ahí suspenden.

Todo mi sueño apareció como si fuera un punto. Todas las imágenes en la misma centésima de segundo y poco a poco se colocaron en el orden inverso.

–Mi sueño está al revés…

Berat me miró. No podía reconocerlo bien por el traje, pero me estaba escuchando y seguramente esperaba a escuchar aquello.

–No salíamos de un aeropuerto… ¡Entrábamos! Dejábamos el mundo atrás…

Un solo registro, todo metálico, nosotros de pequeños… tenía sentido.

–¿Por qué no me dijisteis nada?

–Ben nos dijo que lo negarías todo y te cerrarías en banda. De hecho ya lo hiciste.

–¿Qué ya lo hice?

–De pequeño negabas todo lo ocurrido fuera de los dioramas… así eras feliz.

Suspiré. No era descabellado del todo.

–Lo único que no tenías que hacer era perder la moneda.

Un latigazo de recuerdos recorrieron mi espalda, dándome un escalofrío en aquél lugar árido. A menudo tenía que enseñar la moneda a los policías cuando venían a hacer inspección en el orfanato. ¿Era posible que su trabajo fuera echar a gente que se había colado? Aquello hizo que mi pensamiento corriera en la dirección más desagradable. Me daba muchísimo miedo preguntar cuántas personas habían muerto ahí fuera de forma injusta. Berat mantuvo silencio. Eso no me gustó en absoluto.

–Nuestros padres… –susurré al fin.

Berat se relajó: –Murieron antes, en la guerra que se libró por las monedas. No consiguieron ni siquiera ver una.

–¿Cómo conseguimos las nuestras?

A través del casco había estado viendo el semblante de Berat parcialmente. En ese momento la poca nitidez que había vislumbrado, desapareció: –Nos las dio un hombre con una capa negra… nos las dieron a cambio de algo…

Eso nunca apareció en mis sueños.

–¿A cambio de qué?

Una brisa calentó nuestros trajes.

–Es hora de irnos, Andrei. Estos trajes no son eternos.

Y descendimos el faro, vuelta a nuestro… diorama.

***

Todo estaba siendo tan irreal… Seguía sin poderlo creer aunque lo hubiera visto con mis propios ojos. Mi mundo se estaba derrumbando y los escombros desaparecían a mi alrededor. No sabía por qué, pero eso me hacía sentir incómodo.

–Estoy sudando… –suspiré al descubrir mi cabeza.

–Muchas veces pasa –dijo Berat imitándome quitándose el casco–. Tenemos unas duchas acondicionadas. Tienes toallas. Las reponen a diario.

Asentí en estado febril y fui a la puerta que Berat me señaló mientras él volvía a su oficina. Fue un gran alivio quitarme ese traje opresivo. Nunca me había sentido tan agradecido de quitarme el buff y la chaqueta. Mi pulso flaqueó al desabrocharme los pantalones. Mis dedos no me obedecían. Tuve que apoyar la espalda en las baldosas de la pared. Me agarré con fuerza a los bordes de la camiseta, como si de una barandilla se tratase.

–No…

Intenté levantar los brazos, pero no me obedecían. ¿Qué me estaba pasando?

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