LA MONEDA, capítulo 16.

Para cuando pude ponerme mi chaqueta y el buff para salir a la calle, el portazo que Ben había dado al irse a trabajar era muy lejano. Ignoraba si había superado una hora de tiempo. Lo que sí era palpable era que la calle estaba bañada por la luz de las farolas. Era de noche de nuevo. Habían puesto una luna creciente muy finita. Caminaba despacio en dirección a la estación para ir al hospital, pero era lo más rápido que podía moverme en esos momentos…

–Qué mala pinta tienes. No puedo llamarte preciosa.

Me senté en un banco. No tenía las fuerzas para recriminar a alguien y estar de pie a la vez.

–Sí… ese es un buen banco. Yo entiendo de bancos. A veces duermo en algunos. Cuando llueve, sobre todo.

Y el mendigo se sentó a mi lado.

–Nada de esto es cierto… –dije como en un suspiro. Mis decibelios se habían ido de vacaciones a un lugar menos irritado que mi garganta. Las cuerdas vocales les hubieran acompañado si no fuera porque no podían moverse del sitio.

Él sonrió. Tenía los dientes amarillos y torcidos. Cada vez que lo veía era más desagradable.

Se metió la mano en un bolsillo interno de la túnica descolorida. Mi corazón se aceleró. Mi cerebro me gritaba que iba a sacar un arma, pero no fue así.

Era un pequeño círculo, una cosa metálica.

–¿Te suena?

–Otra moneda…

–Con su agujerito y su grabado intacto, sí…

Empezaba a tener un ataque de ansiedad, lo intuía. Me faltaba el aire aunque hinchara los pulmones hasta los topes, doliéndome como si me estuvieran comprimiendo el corazón. Si todo lo que habíamos hablado Berat y yo era cierto… ¿Cómo le habían dejado entrar a alguien como él? ¿Quién era realmente?

–¿Adónde ibas? –me preguntó.

–A ver a alguien al hospital.

Él sonrió: –¿Con esas pintas? No soy el más indicado, pero yo que tú me iría a casa, dormiría en condiciones y con la cabeza despejada, actuaría.

Un mendigo inmundo me estaba dando lecciones… y eran aconsejables. No era el mejor día de mi vida.

–Recuerdo cuando tu hermano murió ahí fuera…

–¿Hermano? –pregunté confuso con un hilo de voz– ¿Yo tenía otro hermano?

Él pareció confuso. Como buen gurú descarriado que era me sorprendió verlo sin saber qué responder.

Miró de nuevo la moneda como lo que era, un tesoro que valía una vida.

–Me recuerda que millones murieron en mi lugar… pero también que una niña me regaló estos treinta años. Es el mejor regalo que he podido tener aunque no lo haya aprovechado para nada. Solo he podido pensar en el pasado…

Se levantó trabajosamente. No entendía qué había dicho ni por qué.

–Cuando la conozcas dale las gracias.

Se marchó bamboleándose con su capa negra. Solo entonces lo vi como el anciano débil que era.

–¿Las gracias? –pregunté al vacío y esperé a recuperar un poco de fuerza para volver a casa a descansar. O eso pensaba. Lo único en lo que descansé fue en estar en posición horizontal, porque mi cabeza no dejaba de vagar. Empecé a dibujar en mi mente el verdadero escenario por el que me movía, porque no era otra cosa que un circo montado. Nada era verdaderamente real… Por eso no había desastres naturales, porque todo estaba pasando fuera de estas cavernas. Por eso en la empresa de Berat no contrataban a nadie nuevo, porque los nuevos jóvenes no sabían la verdad sobre el estado del planeta. Por eso solo los policías tenían perros, porque muchos de ellos gastarían los recursos. Ignoraba de dónde sacábamos la comida, pero seguramente había “dioramas” destinados solamente para eso. Al menos nunca nos faltaría energía, la tierra por fuera siempre estaba al sol en un interminable desierto.

Empecé a fascinarme sobre cómo se abrían nuevas cavernas y se volvía a usar toda la tecnología para hacer nuevos ambientes. Era una gran obra de ingeniería, eso sí que había que admitirlo.

Pero todo eso no era lo que quería decirme Laila, ni por qué nadie aceptaba a Alexandra.

No había otra opción. Quería saber qué tenía que decirme Laila. Tenía que colarme en el hospital en algún momento en el que Milos no estuviera.

No podía vacilar, no había margen de error. No podía esperar más para saber qué era eso tan importante.

Para cuando fui consciente del tiempo que gasté en toda esa ensoñación ya estaba despuntando el sol. El cuerpo me seguía doliendo, sobre todo la parte baja del abdomen. Era una sensación horrible, hasta tenía náuseas. No fue hasta media mañana que pude tomarme un café. Nancy se extrañó de que no llevara ya media docena. Se preocupó por mí. No tenía buen aspecto, pero parecía ser que me había arreglado un poco, sin recordarlo. Traté de no pensar en eso, tenía otras prioridades.

–Necesito que me ayudes –le dije al colgar los dos los teléfonos a la vez. A veces pasaba. Era más común de lo que podía parecer a simple vista. Estábamos todo el día haciendo el mismo movimiento repetitivo.

–Claro. ¿Qué quieres?

–Que despistes a Milos el tiempo suficiente –fruncí el ceño–. Tengo que ver a Laila.

–¿Sabes lo que me estás pidiendo? Además, Laila apenas puede hablar todavía.

–Llevaré una pizarra.

–No mueve la mitad del cuerpo.

–Llevaré un rotulador para zurdos.

–¿Te estás oyendo?

Sí. Lo estaba haciendo. Y reconocí la forma infantil que tenía Alexandra de contestar.

–Necesito intentarlo. Tengo que hablar con Laila. Dime al menos cuándo no está Milos.

Como sospechaba Milos estaba prácticamente todo el día al lado de Laila. Incluso había agotado los días de vacaciones y asuntos propios y había pedido una excedencia.

Solo había una forma de hacerle salir de esa habitación… y era usando a Nancy.

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