LA MONEDA, capítulo 17.

Solo había algo más fuerte que Laila: Fivit.

Ese día Nancy y yo no trabajaríamos dos horas extras, pero Nancy llamaría a Milos para decirle que no podía ir a por la pequeña. Solo así Milos saldría de la habitación por un tiempo. No iba a dejar a su niña sola al salir de la guardaría…

Sonaba cruel, pero no me iba a dejar entrar en la habitación por las buenas.

Entré en el hospital y pregunté por Laila. Me dijeron que estaba en el tercer piso, la habitación trescientos treinta.

Asentí y me dirigí a los ascensores, desde donde le mandé el mensaje a Nancy, que estaría a punto para llamarle.

Justo cuando llegué al cruce del pasillo que era escuché la voz de Milos por el lado contrario, así que me escondí tras una torre de bandejas con la comida de los pacientes.

–No me puedes hacer esto Nancy… ¿Cómo no me has avisado antes?

Caminaba apresurado hacia los ascensores. Era la oportunidad perfecta.

El pasillo empezaba en la habitación trescientos. Calculando el número de puertas era una de las últimas.

Recorrí el pasillo digno de una animación de coste barato por lo monótono del fondo y me planté ante la puerta. Tomé aire antes de entrar. No sabía exactamente cómo se encontraba Laila.

La luz de la habitación estaba apagada. No necesitaba encenderlas porque la ventana estaba abierta de par en par y entraba tanta claridad que se veía todo perfectamente. El biombo blancuzco estaba plegado. Aunque era una habitación para dos personas en ese momento solo había una mujer de pelo largo y negro, tumbada con la parte superior del colchón bastante elevado. Vi en un carrito auxiliar la bandeja de la comida con solo el postre. Aunque hubieran subido a Laila a planta se la veía débil, con todos los goteros en sus brazos, con la piel ya amoratada de tanto tiempo asistida. Al menos sonrió al verme.

–Hola Laila –dije despacio y le acaricié la frente para darle un beso.

–A-al-ale-e-eanda.

Su forma de hablar me resultó desagradable. No esperaba que fuera así… No sabía si tenía tiempo suficiente. Tanto podía ir él a la guardería como podía pedirle ayuda a alguien…

–No… Andrei. Soy Andrei.

–Ale-eand-a.

Miré a mis espaldas, por si acaso, pero no había nadie.

–No Laila. Soy Andrei.

Me descorazonó verla tan perdida. Así no podría decirme qué era lo que quería decirme el día de su cumpleaños. Me parecía mal intentarlo.

Subió la mano izquierda. Se la agarré con cariño, pero quiso deshacerse de ella. La dejé. Me tenía muy intrigado. La puso sobre mi pecho y repitió a su manera el nombre de Alexandra muy trabajosamente.

Suspiré y agarré su mano. La apreté con fuerza: –No puedo estar mucho tiempo aquí. Milos se enfadará mucho.

–Al-anra.

Negué despacio con la cabeza: –Así no puedes decirme qué era lo que querías decirme…

–Está totalmente consciente.

Me sobresalté. Giré sobre mí mismo con rapidez. Milos había vuelto demasiado pronto. Más que enfadado estaba serio. Apretaba los puños tanto que se estaban poniendo blancos. Me pareció escuchar su teléfono crujir… Aún así no parecía tener intención de usarlos. Seguro que era porque se sentía tonto por haber abandonado su puesto.

–Perdona Milos. Es que…

–Querías saber, ¿no es cierto?

Me sorprendió el giro de los acontecimientos. Milos cerró la puerta tras de sí: –Ya te ha respondido, imbécil.

Negué con la cabeza: –Solo está repitiendo el nombre de Alexandra todo el rato.

–Es lo único que lleva diciendo días.

Milos seguía mirando la puerta, agarrando el pomo de la puerta. Siguió hablando así, sin mirarme.

–Por eso no quería que vinieras. Le he dicho varias veces que ya habíamos hablado contigo, pero es muy lista. No me ha creído ni una sola vez.

–¿Hablar conmigo?

Empezó a preocuparme el cariz que estaba teniendo la situación.

–Sí… Nancy te llevó al orfanato. ¿No te extrañó que faltara un expediente?

–Se lo habrán llevado. Además, era el de Alexandra, no el mío. ¿Por eso no la queréis ni ver?

–¡Te equivocas! –levantó la voz, girándose hacia nosotros– A quien estamos hartos de ver es a Andrei.

Las tripas se me removieron de súbito. Quería largarme de allí.

–Ben me ha dicho que te vio en Tailandia… ¿No sacas ninguna conclusión de eso?

–¿Qué?

–Berat me ha contado lo de tus sueños. ¿De verdad aún crees que son sueños?

–¿Qué otra cosa pueden ser? –pregunté con voz aguda. Estaba poniéndome muy nervioso.

–Ben acaba de decirme que no recuerdas haberte duchado nunca…

La respiración de Milos iba en aumento. Parecía estar controlando sus propias palabras.

Laila me agarró de la chaqueta con fuerza y tiró de ella. Aún no manejaba bien los dedos y se soltaron de la prenda.

–Al-e-andra.

–Eso es lo que lleva todo el tiempo intentando decirte.

–¿Alexandra?

Me señaló por debajo de la cintura: –Mira en tu teléfono. Las búsquedas de Alexandra deben estar ahí.

–¡Pero si usa su teléfono!

–Mira. El. Teléfono –gruñó.

Milos estaba tan tenso que obedecí. No iba a encontrar nada relacionado con Alexandra. Estaba seguro. Entonces…

–¿Soñar con naves espaciales? ¿El horóscopo?

Me sorprendió encontrar eso… ¡Yo no lo había buscado!

–¿Cuándo has buscado tú esas cosas?

–Debió cogerlo prestado.

–¡Por el amor del cielo! –aulló cogiéndome por las solapas de la chaqueta.

–¿Qué haces Milos?

–¡No existe! ¡Es parte de tu mente!

¡Acababa de decir que buscara las búsquedas de Alexandra! Se estaba contradiciendo. ¡No entendía nada! Además, había posteado la moneda. Si no lo hubieran borrado podría demostrárselo! Pero no había tiempo para eso. Podría más nervioso a Milos.

–¡Estoy harto! –gritó, y me arrancó el buff.

–¿Se puede saber qué estás haciendo? –dije cogiendo el pedazo de tela del suelo. Era uno de mis mejores buffs. ¡Milos estaba fuera de sí!

–¿Necesitas más? ¡Está bien!

No me dio tiempo a reaccionar. Me había agachado a por el buff roto y aún no me había enderezado. Tomó la chaqueta por el borde por detrás y la volteó, sacándomela por el cuello. Nunca lo había visto tan agresivo.

–¿Cuándo fue la última vez que te afeitaste, eh?

Su siguiente movimiento fue un puñetazo que me hizo darme de espaldas contra la pared.

–¡Ilos! –alzó la voz Laila.

–No Laila, no… –dijo de forma siniestra– hoy lo acabamos todo. ¡Aunque sea por las malas!

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