Bastardos, capítulo 2.

Las luces titilaban y daban una ilusión gélida que bajaba dos grados la fría temperatura del lugar llegando casi al bajo cero. Aunque fueran tres mil metros cuadrados de nave industrial cerrada, al ser de metal y contrachapado, el calor en invierno era cosa de novela de fantasía. Mi sucia bata ondeaba mientras registraba todas y cada una de las unidades apuntando todo lo que veía incorrecto. O mejor dicho… todo lo que me habían dicho que era incorrecto porque de lo contrario la biblia se quedaría como un microrrelato.

En este lugar es difícil no dejarme llevar por el criterio propio cuando estoy deseando salir corriendo para ponerme tres chaquetas para alcanzar una temperatura normal y algo de tranquilidad para un alma que pierde poco a poco todo lo bueno que hay en ella.

Entonces vi una de esas cosas correctas dentro de lo incorrecto y apunté rápidamente en otra de las listas. Me quedaría mirando todo el rato esa jaula pero había otros catorce mil novecientos ochenta y nueve perros que auscultar. Y pronto serían uno o quince más.

Cerré tras de mí la fría puerta metálica. Ese día venía el socio inversor como todas las semanas y quería todos los informes de todos sus trabajadores.

Me senté en mi puesto y esperé a que todos llegaran. Sentí que el olor penetrante de la vergüenza no desaparecía nunca ni aunque me cambiara de piel. Odiaba esas reuniones en las que no había ni un asomo de corazón en ninguna parte en la que el hedor se hacía todavía más insoportable.

No éramos más que cinco y entre todos no conseguiríamos las buenas acciones para entrar en el cielo, pero sí más que las necesarias para comandar el infierno. Podría decirse que en rigor eso es lo que hacíamos.

—¿Ventas? —preguntó una sombra regordeta a contra luz. No parecía estar a la sombra… sino que la sombra siempre iba con él y lo acompañaba.

—Mil quinientos tres cachorros esta semana. Un total de mil trescientas veintiocho ventas correctas. El balance es de cuatrocientos sesenta y cuatro mil ochocientos euros. Quitando sueldos y gastos veterinarios los beneficios son de casi cuatrocientos cincuenta mil. Se nota que se acerca la navidad.

Un escalofrío recorrió mi espalda porque sabía que todo eso eran vidas. Caninas, pero vidas con el mismo derecho de existir dignamente.

—¿Qué razas quedan en stock? —me preguntó.

—Hay un poco de todo pero ya nos hemos quedado sin chihuahuas, sin yorkshires y border collies. Quedan pocos teckels y poco pastor alemán.

—Bien. ¿Y las perras? ¿Qué partos tenemos?

Ni siquiera me miró al preguntar aquello mientras consultaba sus cuentas: —Tenemos cuatro de parto ahora mismo y…

—¿Razas?

—Setter, dos chihuahuas y una yorkshire.

—¿Estarán listos para navidad?

—¿Para navidad? —ojeé mis apuntes para navidad— No. Imposible.

—¿Y para reyes?

—Para reyes aún necesitarán diez días para cumplir las ocho semanas.

—Pues cambia las cartillas. Pon que nacieron una semana antes y adelanta la puppy.

—Es arriesgado… —objeté con un hilo de voz.

Fue entonces cuando decidió mirarme directamente a los ojos. Los suyos eran blancos y fríos:

—Si el perro se muere se lo cambiamos por otro.

Asentí y tuve que sonreír falsamente:

—Sí. Para entonces tendremos más cachorros.

—Y hay que bajar el gasto veterinario —dijo sin esperar respuesta alguna, girándose inmediatamente al contable— Compra cachorros de las razas que no tenemos.

—Vendrán en menos de una semana —aseguró.

—Perfecto.

Su voz sonó como si le acabaran de extirpar un tumor en la tráquea y tragué saliva que tenía el mismo sabor del dolor que le hubiera ocasionado esa operación sin anestesia.

Fue el primero en marcharse. El contable lo siguió. Solo se quedó conmigo Jaime, de mantenimiento.

—Venga, anímate. Esos perros no podrían contar con un veterinario mejor.

—Ya… —susurré con tristeza— Vámonos. Aún nos queda trabajo que hacer.

—Sí. Hay que vigilar que las madres no se coman a sus cachorros.

Sí… Cuando una perra tenía cinco años y nunca había visto la luz del sol podía tener ese tipo de problemas psicológicos graves que se tratan de una forma agresiva… Con una extracción completa de dientes. En el mejor de los casos tendría pienso remojado el resto de su vida pero en este sitio ni siquiera en el posoperatorio tendría esa oportunidad.

Cogí la mesa metálica de ruedas recordando las llagas que se le formaron a aquella pobre perra y comprobé la balda baja.

Metí iodo y un rollo de papel de cocina de una sola cara. Hacía mucho que no teníamos gasas para las curas. Según los datos del contable gastábamos demasiadas gasas en la nave. Muchos perros se autolesionaban.

Y volví a entrar en el infierno esperando que al abrir la puerta ya nada existiera. Sin embargo no solo me encontré todo tal cual ya estaba antes, sino que peor.

¿Cómo era posible encontrar peor una nave de tres pisos metálicos con filas y filas de perros hacinados? Los partos habían salido sin complicaciones, eso era cierto… Pero una de las chihuahuas había tenido dos cachorros y no eran de raza. Jaime estaba limpiando una unidad adyacente. Me miró en confidencia:

—¿Recuerdas cuando se nos escapó un lhasa apso durante la noche? Qué pillo…

Me eché la mano a la cabeza: —¿Qué harán con esta perra? Primeriza y de dos cachorros… Además mestizos.

Se encogió de hombros:

—Seguramente los vendan como chihuahuas de pelo largo. Si piden pedigrí les darán de otro chihuahua de pelo largo que haya muerto y nadie se dará cuenta jamás.

“Yo me daré cuenta…”

Saqué a la perrita de la jaula y la puse sobre el peso:

—De un kilo doscientos a novecientos gramos…

Busqué su cartilla. Por supuesto era una hoja con un número, sin nombre ni código de chip. Solo un nombre, un par de vacunas, unas desparasitaciones y una fecha de nacimiento. No necesitaba buscar el documento para saber que esa perra era una simple cachorra. Una vida de tan solo siete meses. Apunté en la lista de partos dos cachorros. Dos machos.

—¿Recuerdas con quién la cruzaron?

—¿Eso importa? Es del lhasa.

—Ya, pero con quién más.

—Con su padre y abuelo, el marrón con raquitismo. Da cachorros muy pequeños.

“Y enfermos.”

Guardó a la madre y sacó a los pequeños que pesaban la friolera de cincuenta y sesenta gramos.

Se agachó a ver la unidad de abajo. Sí. Unas jaulas estaban sobre otras. Abajo los perros grandes y arriba en dos hileras las de los perros pequeños. Tres pisos con suelo y techo de papel de periódico en el caso de los más afortunados.

—¿Qué le pasa a ese bóxer? —preguntó Jaime.

—Úlcera ocular. Algo grave… Pero con crema tres veces al día seguro que conseguimos salvar el ojo.

Empecé a rebuscar en el carro. No supe por qué la temperatura había bajado mientras buscaba la pomada ocular, pero al erguirme lo tuve muy claro.

—Quítale el ojo —me dijo una silueta negra con los ojos tan claros que parecían…

—Se puede curar con…

—Si no tiene ojo no necesitará que se lo curemos —me cortó el inversor con voz hierática.

En eso tenía razón. Ese bóxer ya nos había dado problemas oculares antes pero podía curarse. No necesitaba una intervención tan radical.

—Podemos perderlo —insistí—. La última crisis epiléptica que tuvo fue muy grave.

“Y sin embargo sin la medicación que necesita no sé cómo sigue vivo…”

Me miró despectivo:

—¿Jaime?

El encargado de mantenimiento se giró hacia nosotros rápidamente: —¿Sí?

—¿Tenemos otro bóxer macho?

—Sí. El “bonito” de las visitas. También tenemos otros dos de cuatro y siete meses que aún no se han vendido y los trajeron de la tienda.

En todo el rato no había apartado sus ojos de mí:

—Tenemos sustituto. Eutanízalo.

No pude disimular mi cara de espanto.

Craso error.

Si el inversor estaba allí era precisamente porque pensaba que algo andaba mal y no podía ser otra cosa que desconfianza hacia sus trabajadores. Concretamente hacia mí.

En un momento como aquél en el que ambos sabíamos las cartas que tenía el otro solo podíamos esperar unas tablas. Y así es como se compensaban las cosas mientras todo seguía su danza lúgubre.

—Sí. De acuerdo.

Hice el apunte en mi cuaderno mientras aquél hombre apartaba el carro metálico de la fila de jaulas y abría la del bóxer. Cogió con total libertad una de las correas que colgaban de uno de los cajones y ató al animal:

—Ven. Quiero mostrarte el nuevo procedimiento.

Hasta la tinta de mi bolígrafo se quedó congelada, pavorosa de salir del cilindro plástico hacia una hoja que pronto se iría por el sumidero del olvido.

Le seguí hacia el final del pasillo e intenté convencerlo:

—Pero el procedimiento que seguimos actualmente es el más reconocido para…

—Ven.

Guardé mi bolígrafo en el bolsillo de mi bata. Seguro que notó los latidos de mi corazón acelerados que deseaban no escuchar lo que mi razón le gritaba. En la facultad de medicina aprendes no solo los métodos más corteses para dormir a un perro. Los aprendías todos. Y dentro de esos “todos” estaban los más costosos y los más económicos. Generalmente no tenía por qué ser así, pero según disminuía el importe bajaba el nivel de humanidad…

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