LA MONEDA, capítulo 18.

El médico me estabilizó. Al parecer no era tan grave como parecía. Al fin y al cabo la sangre es muy aparatosa. Eso sí, me dieron muchísimos calmantes. Nunca había necesitado tantos. Al fin y al cabo nunca había tenido la…

Fruncí el ceño mientras leía el diagnóstico. Estaba confuso.

–Confusa.

–Bueno… confusa –corregí delante de Nancy.

No fue por la patada de Milos que me ingresaron. Fue por otra cosa mucho menos visual. Al menos para mí durante muchos años.

–Recuerda que aún no es un diagnóstico definitivo –me dijo Ben, que había traído su tablet con todas esas revistas de psicología–, así que no te tomes en serio todo lo de los artículos ¿vale?

El primer diagnóstico que me habían dado era “menarquía”. Sonaba a algo muy político, pero no era otra cosa que la primera regla. Me dijeron que había sufrido “amenorrea”, otra palabra para el diccionario. Había que admitir que no podían encontrar una palabra que sonara más mal para referirse a alguien que no tiene la regla. Me estaban haciendo pruebas para saber el por qué. No era algo normal, pero entre los médicos decían que podía deberse a muchas cosas, entre ellas a alteraciones en la tiroides, a ovarios poliquísticos, al hipotálamo… pero lo que ganaba mucho peso era el estrés. De ahí el segundo diagnóstico…, “somatización debido a evolución de trastorno de estrés postraumático aún por determinar”.

Y ahí había estado yo, entre tres médicos y un psicólogo.

Suspiré y dejé caer mi torso sobre el colchón.

–¿Por qué nunca me dijisteis nada?

–Te tiramos indirectas –dijo Nancy.

–Creíamos que cuando llegaras a la adolescencia te darías cuenta… Era obvio –dijo Berat rascándose la nuca–. Al fin y al cabo…

Ben siguió la teoría: –Pero era Alexandra la que siempre lidiaba con eso. Es la forma que tiene tu cerebro de protegerte de un hecho traumático.

Yo seguía como en una nube. Era muy raro.

–¿Cómo es que hablo con ella si realmente no existe?

–Bueno… Ella existe.

–Ya me entiendes Nancy… –rogué.

Me había enterado en muy poco tiempo que antes de entrar en esta especie de salvación de la humanidad éramos dos hermanos, uno de ellos enfermo… Andrei. Mis amigos no sabían nada de mis padres, como era lógico. Nos habíamos conocido ya estando todos solos. Lo que sí era muy probable era que Alexandra, yo, al ser la mayor, me dejaran al cuidado de mi hermanos pequeño Andrei. Al menos ellos me decían que era muy protectora con él.

Por desgracia él murió poco antes de poder entrar aquí y eso me hizo sentirme tan culpable que no solo me quedé su rol, sino que Alexandra seguía apareciéndoseme en los momentos que me harían darme cuenta de que yo no era Andrei. Era imposible de creer…

Me miraron compungidos. Nancy se encogió de hombros dando a entender el estado general de la situación.

–Eso deberá explicártelo un especialista –dijo Ben–. Eso sí… Yo tendría otra “conversación” con ella, con Alexandra. Debe haber un detonante que la haga aparecer.

–Un detonante… –pensé en voz alta.

–Bueno –dijo Milos yendo a la puerta de la habitación, que hasta entonces no había dicho nada–, me voy a ver a Laila.

–¡Te acompaño! –dijo Nancy.

Eso nos dejó a Ben, a Berat y a mí solos.

–Es curioso… –dijo Berat mirando por la ventana– Eres una mujer, pero pasas por hombre tranquilamente. Esa voz tuya es tan extraña…

–Vaya, gracias –refunfuñé.

–Además pareces una tabla –sonrió Ben.

–¡Basta ya! Me dijeron que eso era normal.

Al parecer sin la regla las hormonas no hacían su trabajo.

–¿Si no paro qué? ¿Me pegarás con el bolso?

–¡Cállate! –y le intenté dar con la bandeja del desayuno. En broma, por supuesto, pero no me hubiera importado darle de verdad.

Berat empezó a reír. Aquello me tranquilizó. Me agradaba que las cosas no cambiaran entre nosotros. Era una de las cosas que más temía.

–¿Ahora te gusta ir de compras? –continuó Ben.

–Solo si es al súper a por cervezas.

–¡Esa es mi Andrei!

Berat ladeó la cabeza: –¿Te seguirás llamando Andrei?

Sí… Era posible que hubiera abierto los ojos… Pero eso no significaba que hubiera dejado de ser yo.

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