Bastardos, capítulo 3.

Con esa sensación de asco salía siempre del trabajo con ganas de que la tierra se me tragase y no despertar al día siguiente y enfundarme de nuevo la bata blanca que precedía a las desgracias de todos aquellos perros hacinados como una simple fábrica. O mejor dicho… peor que una simple fábrica. Un lugar alejado de toda cordura como si fuera un lugar en el que Dios se limpiaba los zapatos como si fueran un enorme felpudo peludo.

Con esa sensación de ahogo encontré a la setter doce. Tristemente me había acostumbrado a verla así siempre, con los ojos tan abiertos y jadeando tan sonoramente que siempre estaba sumida en un ataque de pánico al borde del síncope. Los demás perros solían estar resignados e incluso algunos se asustaban si por un casual un rayo de luz solar les mostraba a sus raquíticos cuerpos que había otra vida diferente tras esas puertas metálicas y ese tejado de contrachapado.

Busqué el estetoscopio en la bandeja bajera del carrito y abrí la puerta. La perra se retiró a lo más alejado de la jaula, que no era más de cincuenta centímetros de fondo y me dejó ver una enorme mancha de sangre bajo las rejas que ya habían pelado todo el faldón de la perra. Me acerqué a ella y le toqué la tripa. No sé por qué cogía el estetoscopio para esas consultas si desde incluso la punta de la oreja se podía notar con claridad todos y cada uno de los latidos.

—Otro aborto…

Lo apunté. Apuntarlo no era lo que más temía, sino la reacción de los jefes. Seguramente la setter y yo nos enfrentaríamos a una situación desagradable y dolorosa.

Cerré la jaula y suspiré apesadumbrado.

—Es tu tercer aborto… Bueno, al menos dejarás de tenerle miedo a existir.

Cuando le puse el capuchón al bolígrafo fue cuando mi cerebro y mi corazón hicieron contacto. Suelen tener una lucha interna que desemboca en un dolor intenso de estómago. Ya era el proceder habitual de esos tres órganos… Como cuando dos amigos que te importan llegan a las manos y tú eres el imbécil que recibe todos los golpes por estar en medio. Sin embargo, esta vez el estómago observaba atento la discusión.

—No podemos seguir así —latía el corazón con furia.

—¿Qué quieres que haga? ¿Dejar el trabajo? ¡Nos pegarán un tiro en el mejor de los casos para no decir nada! Esto es una jodida mafia.

No le faltaba razón al cerebro. Sin embargo, el corazón seguía insistiendo metiendo todos sus ventrículos y aurículas en el combate:

—Mira a esa perra. ¡Mírala! Solo tiene dos años y esa es la única sensación que conoce. ¡No es justo!

—¡Claro que no es justo! Pero ¿qué quieres que hagamos con ella? Esa perra ya no tiene remedio.

—¡Pero todos esos perros sí! Pueden tener una vida.

—Son casi quince mil. ¿Acaso quieres llevártelos todos sin que se den cuenta?

Entonces el estómago se interpuso:

—No le hagáis mucho caso a mi ácido clorhídrico, pero… ¿Y si ella paga el plato por otra que sí pueda aprovechar la oportunidad?

No solo el cerebro y el corazón se quedaron en silencio sino que yo en general me quedé esperando rodeado de ladridos y jadeos una respuesta ilusoria.

Cogí una correa, cambié a la setter por otra y apunté el aborto. A última hora de la tarde, después de que pidieran el recuento de camadas y cachorros ya disponibles, metí a la setter diez en mi maletero y cerré con llave. Entré a la nave y apunté el deceso de una perra de dos años que no valía para criar.

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