LA MONEDA, capítulo 19.

–Un detonante…

Me había quedado solo en la habitación. Sola. Perdón.

Ese era un detonante. Alexandra no aparecía a menos que no estuviera con ningún conocido. Pero tenía que haber más… e ir al baño no valía, porque perdía la conciencia sobre mí mismo. ¡Misma, joer!

Me llevé las manos al estómago. Aún empastillada, dolía.

Entonces tuve una idea.

–¿Por qué le diste esa moneda al mendigo?

Se lo pregunté al cuarto vacío, pero era una gran duda. Alexandra estaba inquieta cuando yo tenía dudas. Entonces escuché la puerta de la habitación cerrarse.

–Me lo han contado todo –dijo Alexandra sentándose en el sofá que había para los acompañantes–. ¡Maldito Milos! ¿Estás bien?

No tenía el valor para quitar la vista de mis manos. ¿Sería la última vez que viera a esa Alexandra? No… No quería perderla. Al fin y al cabo tenía muchos recuerdos con ella. Aunque no existiera. Aún así tenía que hacerlo. Tenía que convencerme de alguna manera de que en realidad no existía.

–¿Andrei?

–No hay ningún Andrei…

–¡No seas tonto! ¿O es que te quieres cambiar de nombre?

Sonreí. Era la típica contestación de niña pequeña.

–Es posible.

–Pero ese nombre te lo pusieron nuestros papás –alcé las cejas y la miré. Era tan real…

–Los nombres significan el amor de nuestros papás –dijo preocupada–. No puedes cambiártelo.

–¿Los recuerdas?

–Claro, tonto. Me dijeron que cuidara de ti, que pasara lo que pasara te tuviera siempre a mi lado. ¡Por eso estoy en un aburrido hospital!

Ese era mi reflejo. Esa era mi voz interna. La culpabilidad de haberles fallado a mis padres.

Volví a sentirme taciturno. A. Taciturna.

–Y para estar juntos necesitábamos entrar aquí…

Alexandra no dijo nada. Se limitó a esperar acontecimientos.

–Y para entrar necesitábamos una moneda cada uno.

Ella ya no estaba tan contenta. Se había vuelto seria.

–Alexandra… Demuéstrame que me equivoco. Demuéstrame que todo lo que está pasando no es real.

–¿Qué tratas de decir?

–Enséñame tu moneda.

Todos teníamos una. Todos la habíamos necesitado para vivir. Todos aquellos que entraron la guardaron como oro en paño. Si Alexandra no tenía una moneda no podía haber entrado. No sería… real.

–Por favor…

No supe cómo comportarme tras lo que pasó. Alcé la palma de la mano. Si era cierto que todos necesitábamos una moneda para poder entrar en este lugar ella debía tenerla. Ella debía poder enseñármela. En su lugar, como si fuera un fantasma, se desmaterializó sin dejar rastro.

–Adiós… Andrei.

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