Bastardos, capítulo 4.

Al volver de la asociación de rescate del setter inglés a casi dos horas en coche me sentí liberado. De hecho hasta me tomé el lujo de jugar un poco con la consola. Pronto llegó uno de mis compañeros de piso y se unió a la partida. Yo no era muy bueno en los juegos de carreras pero aún y todo era entretenido perder cuatro veces seguidas. Seguía siendo un buen día.

—Pues estoy pensando en comprarle un perro a mi novia —al menos hasta ese momento—. Tú eres veterinario. ¿Qué me recomiendas?

Me dejé vencer sobre el respaldo del sofá:

—Hablar con ella.

—Pero entonces no será una sorpresa. ¡Quiero que sea una gran sorpresa!

Paré el juego con el botón de “start” y lo miré:

—Se nota que no sabes qué es un perro. Tienes que hablar con ella. Al fin y al cabo los dos tendréis que cuidarlo.

—He pensado en uno pequeño. No sé… ¿Un terrier?

—Juguetones, saltarines, deportistas…

—¿Y uno pequeño de lanas?

—Dedicarle tiempo, cepillar, bañar, secar a conciencia los días de lluvia y si es blanco cuidar los lagrimales para que no se oxiden…

—Un chihuahua. ¿Tienes algo en contra de los chihuahuas?

Me sorprendí:

—No estoy diciendo nada malo de los otros. ¿Acaso lo parecía?

—Pues sí.

Solté el mando y lo dejé sobre la mesa. Estaba tan harto de todo lo que vivía a diario que llegar a casa y volver al fango me resultaba devastador. Mi compañero de piso no debía pagar por ello.

Traté de serenarme y me puse serio pero conciliador:

—Mira Rafael… Todos los perros necesitan unos cuidados básicos, principalmente salir todos los días.

—¿Salir? —preguntó contrariado.

—Si no deberías pensar en un gato.

—No es lo mismo… De todos modos lo sacaremos, por supuesto.

Asentí satisfecho:

—¿Ya has hablado con algún criador?

—¡Sí! He visto perritos por internet.

Las alarmas de mi cabeza se encendieron. Vi las llamas del infierno:

—¿Por internet?

Sacó su móvil del bolsillo:

—Mira qué bonito es este —Y me enseñó un beagle—. ¿Crecerá mucho?

—Es mediano.

—¿Cómo de mediano?

—Entre diez y veinte kilos.

Torció un gesto. Sin duda a diez kilos ya lo consideraba grande.

—Siempre puedes adoptar —comenté.

—Pero no te dicen cómo van a ser exactamente de adultos. Quiero un cachorrito para hacerlo a nosotros.

Como vi que no lo sacaría de esa línea le hablé como mejor pude:

—Cuando veas algún perro que te guste, por favor, pregúntale a quien los vende muchas cosas sobre los perros, ¿vale?

—¿Cómo qué?

Me encogí de hombros:

—Ve a verlos para empezar. Pregunta por los padres, por cómo los crían, que te enseñen fotos de cómo han ido creciendo… Solo así te asegurarás de que todos los perros de ese criador tienen buena vida.

—Hombre, si alguien cría perros será porque le gustan.

Me debatí entre hablarle o no sobre las fábricas de cachorros:

—¿Me dejas poner YouTube? Quiero enseñarte una cosa.

Y me di cuenta de una cosa…

Comparado con los vídeos que veíamos de organizaciones de rescate la calidad de vida en nuestra nave podría llegar a calificarse de benevolente.

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