LA MONEDA, capítulo final.

Me iban a dar el alta. Habían determinado que no era un loco peligroso. Loca. Aún no sabía exactamente qué tenía, pero con un seguimiento todo iría mucho mejor.

Eso sí, me negaba en rotundo a ponerme un vestido. Eso eran cosas de Nancy. De hecho le hice a Ben traerme una chaqueta y un buff.

Los dejé doblados sobre la cama y salí al jardín del hospital. Se llamaba jardín porque tenía césped.

Me senté en uno de los bancos rojos que había por una solera de cemento que había para pasear. Algunas sillas de ruedas campaban por allá. Algún que otro nieto quería correr con ellas y los padres y abuelos les dejaban. Total… no tenían fuerza suficiente para mover todo ese metal y todo ese convaleciente.

Noté una presencia a mi lado. Por un segundo pensé que era Alexandra, pero me equivoqué. Milos se sentó a mi lado.

–Andrei… –entrecruzó las manos y las estrechó entre ellas, nervioso– siento mucho lo que te hice.

Me apreté la tripa. Aún me dolía horrores. Menos mal que me había saltado quince años de esa tortura china. No me creía capaz de acostumbrarme a tener un rastrillo arrastrando sus púas por dentro de mi estómago unos cinco días al mes.

–No pasa nada –sonreí forzada– ¿cómo no me he dado cuenta todos estos años?

–Nosotros tampoco hicimos nada para ayudarte.

Miré al chico de semblante cansado. Entonces lo entendí. No estaba enfadado conmigo, sino consigo mismo por no haberme ayudado antes.

Miré el cielo por el que surcaba un avión falso: –Ahora que lo sé no puedo dejar de pensar en la gente de ahí fuera.

Milos enterró la mirada en el asfalto: –Yo no quiero que Fivit sepa nunca nada. Prefiero que no sepa que está en una jaula de oro.

–Pero eso no sería justo –dije, aludiendo a mi propia ignorancia.

–¿Qué no sería justo?

Un olor a sándwich inundó el lugar. No podía ser otra que Nancy.

–Este loco –dijo Milos sonriendo y señalándome–. Me da que algún día cogerá la maleta y saldrá ahí fuera.

–Exactamente –dije con convicción.

–No puedes hacer eso –escuché a Berat tras de mí–. Lo has visto. Sabes que ahí fuera todo está muerto.

–Me niego a creer eso –y saqué mi moneda. Hice que bailara entre mis dedos–. No es posible que este pedazo de intento de metal haya decidido quién vive y quién muere.

–Así fue –dijo Ben sentándose a mi otro lado–. Eso es exactamente lo que pasó.

–Aún hay alguien ahí fuera. Estoy seguro.

Todos se miraron entre ellos. Nancy me despeinó con fuerza: –¡Prefería el trastorno de antes!

Entonces alguien nos dio una gran sorpresa. Estaba haciendo eses y no atinaba muy bien, pero Laila, ante la atenta mirada de una enfermera, estaba andando “sola” en una silla de ruedas. Milos fue corriendo hacia ella y se arrodilló, muy contento por la mejoría tan grande que había hecho.

–¿Tres, dos, uno? –preguntó Ben en mi oído.

–Por supuesto –contesté.

Y a los tres segundos Berat sacó una tarta, otra enfermera le dio a Nancy a la pequeña Fivit y empezamos a cantar en alto para Milos. Estábamos seguros de que se había olvidado de su propio cumpleaños. Y ni nos lo agradeció. Trató de esconderse para no llamar la atención, pero con nosotros era imposible.

Y todos rieron, pero yo no podía evitar pensar en cómo hubiera sido aquella celebración si hubiéramos estado fuera. Tenía la convicción de que si nosotros estábamos vivos en cavernas “bonitas” bajo tierra, sin duda aquél hombre de la capa que decidió darnos las monedas no fue a costa de su propia vida.

Miré de nuevo los hermosos paneles que emulaban un cielo increíblemente limpio.

Había una razón.

Y yo la descubriría.

A costa de mi propia vida, si era necesario.

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