Bastardos, capítulo 5.

Era la una de la madrugada.

Llegaba una furgoneta llena de cachorros. Odiaba cuando llegaban esas furgonetas así que podía decirse que odiaba mi trabajo porque venía una por semana. Lo que me removió las tripas era que en esta ocasión la furgoneta era la misma pero el número de perros se había multiplicado debido a la época navideña. Esta vez el inversor también había venido.

Le dediqué una mirada inquisitiva:

—Pedimos cincuenta perros, ¿no?

—Hemos cambiado de proveedor —Y subió a por una jaula de conejos en la que había a ojo unos veinte perritos—. Son más baratos. Aquí los venden prácticamente por kilo.

Pronto entendería qué significaba comprarlos por kilo. Si hasta entonces habíamos gastado, por ejemplo, una media de sesenta euros por perro, en este caso podían comprarse diez perros por sesenta euros y en el mismo espacio de transporte. Por supuesto llegaron muchos muertos, aplastados, deshidratados, enfermos…

—Toma.

En mis manos aparecieron acreditaciones.

—Quiero que lo ordenes todo y los clasifiques ¿vale? Y los papeles de los fallecidos los usas para los nuestros. Así ahorramos en las vacunas.

—Los cachorros necesitan sus vacunas —insistí—. Nos las venden muy baratas a granel.

Me atravesó con la mirada:

—Increpas mucho últimamente…

—Soy veterinario. Es mi trabajo.

—Pues es posible que pronto no necesitemos un veterinario.

Y cargó con dos jaulas llenas de carne de cañón al interior de la nave.

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